
El actual gobierno está perdiendo una oportunidad histórica para encaminar al país hacia una verdadera transición energética. El discurso del cambio ha sido contundente, pero la estrategia carece de realismo. Sustituir los combustibles fósiles no es un acto de conciencia global ni una muestra de madurez ambiental: es una consecuencia de su baja rentabilidad y del impacto de las sanciones e impuestos que las potencias imponen para proteger sus propios mercados. Pensar que el mundo avanza por altruismo es, sencillamente, desconocer cómo funciona la economía global.
Colombia, en lugar de diseñar una ruta sólida y sostenible, parece improvisar entre anuncios y símbolos. Una transición responsable no se logra instalando paneles solares o turbinas eólicas sin planificación técnica ni respaldo financiero. Se requiere una hoja de ruta seria, capaz de equilibrar las metas ambientales con la estabilidad económica. Y en eso, lamentablemente, el país se está quedando corto.
Durante años, los combustibles fósiles han sostenido gran parte del presupuesto nacional. Pretender cerrar yacimientos sin una alternativa productiva clara equivale a desmontar el techo mientras aún vivimos dentro de la casa. El camino más sensato habría sido aprovechar, de forma acelerada y responsable, la riqueza minera del país, sin sacrificar el agua ni los ecosistemas, pero sí reconociendo que esos recursos pueden ser el puente financiero que permita costear la transformación energética.

Las reformas tributarias no pueden ser el motor de un cambio de esta magnitud. En un país con altos niveles de pobreza y una economía que apenas cubre las necesidades básicas de la población, cargar la transición sobre el ciudadano común es un error estructural. La transformación energética debe financiarse con una política extractiva moderna, regulada y ambientalmente rigurosa, pero no con improvisaciones fiscales.
La transición energética de los próximos 50 años no se define por modas ni discursos, sino por decisiones técnicas y económicas bien fundamentadas. Si Colombia no aterriza pronto en esa realidad, volverá a ser espectadora del progreso mundial. No se trata de negar el cambio, sino de hacerlo viable.
El verdadero desafío no está en soñar con un futuro verde, sino en construirlo con los pies en la tierra. De lo contrario, la transición energética terminará siendo otro capítulo más de las oportunidades que dejamos escapar.






