
Hay cosas que uno da por eternas hasta que un día empiezan a desaparecer sin pedir permiso. Para nosotros, los que crecimos en San Juan del Cesar y en toda La Guajira, una de esas cosas ha sido siempre la nieve de la Sierra Nevada de Santa Marta. Ese sombrero blanco que vemos a lo lejos no es solo paisaje: es identidad, es orgullo, es parte de lo que somos.
Pero hoy no escribo desde la nostalgia ni para repetir el cuento bonito de siempre. Escribo desde la preocupación. Desde una que, siendo honesto, ya no se puede disimular.
Decidí revisar por mi cuenta qué está pasando realmente con la nieve de la Sierra. No desde rumores ni percepciones, sino usando herramientas tecnológicas que hoy nos permiten ver el territorio con una claridad impresionante. A través de imágenes satelitales, analicé el comportamiento de la cobertura glaciar desde 1990 hasta este año. Y lo que encontré no es una impresión subjetiva: es un dato frío, claro y contundente.
La Sierra se está quedando sin nieve. Y se está quedando rápido.


A principios de los noventa, la cobertura glaciar superaba las mil quinientas hectáreas. Durante algunos años hubo pequeñas variaciones, incluso un repunte importante hacia 2010 que pudo haber dado la sensación de recuperación. Pero fue un espejismo. Desde entonces, la tendencia ha sido una sola: caída libre.
Hoy, en 2026, estamos hablando de apenas unas quinientas cincuenta hectáreas. En poco más de una década y media hemos perdido cerca de dos terceras partes del glaciar. Dicho así suena fuerte. Pero verlo en una gráfica es aún más alarmante.

Esto no es percepción. No es romanticismo. No es exageración. Es evidencia.
Y frente a esa evidencia, hay una verdad incómoda que ya no podemos seguir esquivando: el cambio climático no es un discurso lejano ni un debate abstracto. Está ocurriendo aquí, frente a nosotros, y está transformando uno de los ecosistemas más importantes de nuestra región.
La Sierra Nevada, por su fragilidad, es de las primeras en resentir el aumento de la temperatura global. Lo que sentimos como “más calor de lo normal” en nuestros municipios tiene un impacto directo allá arriba. Y ese impacto se está viendo en la desaparición progresiva del hielo.
Ahora bien, el problema no es únicamente paisajístico. No se trata solo de perder una postal bonita. El verdadero riesgo es mucho más profundo: estamos perdiendo una de nuestras principales reservas de agua dulce.
Los glaciares cumplen una función vital regulando el suministro hídrico, especialmente en épocas de sequía. Son, en la práctica, una especie de ahorro natural que libera agua de forma gradual. Sin esa reserva, ríos como el Ranchería o el Cesar podrían enfrentar disminuciones críticas en sus caudales, afectando directamente a comunidades enteras, especialmente al sector rural.
Y aquí es donde la discusión deja de ser ambiental para volverse social, económica y, sobre todo, urgente.
Porque mientras esto ocurre, seguimos actuando como si nada pasara. Como si el problema fuera de otros. Como si todavía hubiera tiempo de sobra.
No lo hay.
El cambio climático ya no es una advertencia futura: es una realidad presente. Y lo mínimo que deberíamos estar haciendo es reconocerlo con seriedad. Exigir políticas públicas coherentes, fortalecer la gestión ambiental y, también, asumir nuestra responsabilidad individual y colectiva en este problema.
Ignorar los datos no los hace desaparecer. Al contrario, nos deja más expuestos.
Tal vez lo más duro de todo esto es pensar que, si seguimos así, la nieve de la Sierra podría terminar siendo solo un recuerdo. Una imagen en fotos viejas. Algo que las próximas generaciones conocerán únicamente por historias.
Y si eso llega a pasar, no será por falta de señales.
Será por no haber querido verlas a tiempo.






