
“El silencio ayuda a la limpieza del cerebro” — Nazareth Castellanos
Las ciudades no solo se construyen con cemento: también con memoria, deseo y lenguaje. Son un tejido de voces, un intercambio continuo de palabras y recuerdos. Pero también —como advierte Italo Calvino— pueden volverse invivibles cuando el ruido sustituye toda forma de sentido.
Desde el viernes 18 de abril de 2026, temprano en la mañana, en la calle 17, algo se abrió. No fue una puerta visible, sino una grieta sonora: un ruido que comenzó a expandirse, a buscar otras superficies donde resonar. Y las encontró.
Música a alto volumen, sostenida no solo por parlantes, sino por una necesidad más honda: pronunciarse ante la vida, aunque sea de mala manera. El sonido rebotaba en algunos locales comerciales, se adhería a las paredes de mis inflamados oídos, mientras encontraba complicidad en una inquilina que, hasta el día domingo, entre el lavado de ropa y el trajín doméstico, parecía sacudirse algo más que el cansancio.
Porque lavar, en ese contexto, no era solo limpiar. Era desprenderse. Dejar que la suciedad se disolviera en el aire y que, junto al agua y al sonido, se fueran también la fatiga, la soledad, la frustración. Una forma de liberación mínima, pero insistente.
La ropa ondeaba en el balcón del tercer piso del edificio, expuesta hacia la calle, oreándose al viento mientras el ruido subía sin tregua: música a alto volumen, motores, voces. Como si en cada sacudida intentara expulsar no solo la humedad, sino el residuo invisible de la jornada.
Ni siquiera allí había resguardo. La queja de una propietaria —molesta, pero impotente— apenas lograba rozar el exceso. “La chocantería con música resuena”: más que una queja, una constatación.
“Qué importa si alguien se incomoda”. “En mi casa mando yo”. Frases que no solo justifican el volumen, sino que revelan una ética: la del límite borrado. Y entonces el ruido llama al ruido.

Se suma el proveniente de la carrera 7 —zona comercial altamente ruidosa y muy cercana al comando de policía central—, y también desde cierto e ignorado punto de la carrera 8: algún vehículo estacionado regalando su algarabía a todo un barrio.
En el concierto diario, el espeso tráfico vehicular: carros de tracción animal con altoparlantes, vendedores ambulantes, motocicletas y automóviles con escape libre. El aire acumula presencias que no dialogan: se imponen.
Lo que emerge no es solo contaminación acústica. Es una forma de relación: historias que proclaman una rebeldía semiótica —en negociación constante con los significados— que no cuestiona el orden, sino que simplemente lo ignora.
Un fin de semana saturado. Porque el sonido no es neutro. No es solo un fenómeno neurológico: es una carga que se deposita en el cuerpo. Y el silencio —ese bien escaso— es el único que repara lo que el ruido desgasta. Pero el silencio incomoda. A muchos les pesa. Les recuerda la ausencia. Les devuelve una interioridad que no siempre se quiere habitar. Por eso el ruido se vuelve compañía: una prótesis emocional que simula presencia. La música —no como arte, sino como relleno— se asocia entonces con alegría. Y entre más alta, mejor: para ser vistos, para no desaparecer. Así, el ruido construye una ilusión de multitud. Y en esa multitud, una forma de consuelo. De ahí que quien elige el silencio sea leído como ajeno, como distante, incluso como infeliz.
Sin embargo, el costo es real. El ruido urbano —música, construcción, industria, comercio, tráfico, bullicio— debe asumirse como una característica negativa de toda cultura. Es el caso de Riohacha, donde el bullicio no es atendido como problema, sino que se integra a una cultura en crescendo de su producción sonora. Allí, las autoridades —administrativas, ambientales y policivas— permanecen ajenas a entender que el ruido es uno de los problemas más serios y tan perjudicial para la salud como los gérmenes, el polvo o el humo.
El ruido enferma: a quien lo produce y a quien lo recibe. Es un contaminante ambiental, aunque se le disfrace de costumbre, y como tal exige ser reconocido. La Ley 2450 del 4 de marzo de 2025 no hace más que nombrar lo evidente. Pero entre la norma y su cumplimiento, lastimosamente, persiste un vacío donde todo se diluye. Por ello, es imprescindible que las políticas públicas contra el ruido sean asumidas como un recurso necesario, con efectos reales.
Una sociedad que normaliza el ruido no aporta desarrollo y termina por desatenderse a sí misma. Confunde progreso con estridencia. Civilización con volumen. En ciudades como Riohacha, el bullicio deja de ser problema para convertirse en paisaje. Y en ese tránsito, lo que se pierde no es solo el silencio, sino la posibilidad misma de escucharse.






