Edicion febrero 1, 2026

La nueva Venezuela y el discurso chimoltrufesco

La nueva Venezuela y el discurso chimoltrufesco
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Columnista - Abel Antonio Medina Sierra – Investigador cultural
Columnista – Abel Antonio Medina Sierra – Investigador cultural

Si en un ámbito de la vida los odios se tornan más pasajeros y deleznables, es en el de la política. Eso lo demuestra el giro quirúrgico del discurso chavista tras el secuestro y el posterior enjuiciamiento de su presidente, Nicolás Maduro, por parte del gobierno de Donald Trump. De un momento a otro, el régimen pasó de enemigo histórico de Estados Unidos a aliado pragmático. Para Chávez, los presidentes del país del Norte “olían a azufre”; ahora, el pirata global gringo como que seduce con su fino perfume a los epígonos que juraban lealtad al fallecido padre de la “revolución”. 

Venezuela estrena con Delcy Rodríguez no solo una vicepresidenta que reemplaza al depuesto Maduro, sino una subpresidenta de Donald Trump; alguien dispuesta a seguir fielmente “la plana” que le imponga el veleidoso y megalómano mandatario estadounidense. Si alguien me hace recordar la nueva versión de Delcy Rodríguez, es al caricaturesco personaje de la Chimoltrufia, creación del genial Roberto Gómez Bolaños e interpretado por su pareja, Florinda Meza. La Chimoltrufia, una mujer sin hijos, pareja de un ladrón de poca monta, Botija, de sectores lumpenizados, chimuela y desaliñada, encarna ese tipo de persona con disonancia cognitiva, incoherente en sus opiniones, pusilánime y acomodada a las circunstancias. Su talante se refleja bien en su famosa frase: “Yo, como digo una cosa, digo otra”. Esa es precisamente la frase que mejor le calza hoy a Delcy Rodríguez, a su hermano Jorge, presidente de la Asamblea Nacional, y a Diosdado Cabello, el poder en la sombra de Venezuela.      

La captura del expresidente venezolano Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses el 3 de enero de 2026 marcó un antes y un después, no solo en la realidad política venezolana, sino también en el discurso del oficialismo que, hasta entonces, había construido su legitimación a partir de una narrativa de soberanía, patriotismo y odio contra “el imperialismo yankee”.  Si había un gobierno con principios sólidos, irrenunciables y arraigados de no negociar su soberanía, sus recursos petroleros y su ideología socialista, era el venezolano. De pronto, con Maduro capturado, “todo se derrumbó”, como dice la canción; recogieron las viejas opiniones y emergieron otras que les garantizan, no se sabe por cuánto tiempo, mantener algunos privilegios del poder.   

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Se volteó la arepa: de rechazo a cooperación

Ahora se vive un proceso de contradicciones públicas, giros retóricos y ajustes estratégicos que evidencian las tensiones internas entre un nacionalismo antiimperialista ya enquistado y una urgencia pragmática de sobrevivir políticamente.

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Esta retórica antiimperialista se mantuvo firme incluso en los momentos más tensos posteriores a los sucesos de 2026. Un ejemplo claro fue expresado por Delcy Rodríguez el 3 de enero de 2026, pocas horas después de la operación estadounidense: insistió en que Maduro era “el único presidente de Venezuela”. Rechazó con vehemencia la agresión contra la soberanía del país. En un discurso en televisión estatal, Rodríguez dijo que Venezuela no sería “colonia de nadie” y exigió la liberación de Maduro, calificando la acción como un “secuestro ilegal”. Agregó que: “Lo que está siendo hecho a Venezuela es una barbarie… lo que estamos presenciando es una agresión a la soberanía y a la autodeterminación de nuestro pueblo”. Muy pronto, el “bárbaro” se volvió confiable, aliado y garantía de éxito para el proyecto de “patria”.

La captura de Maduro y su esposa fue el evento que no solo significó un choque de poder sin precedentes, sino también un shock discursivo para el oficialismo chavista. La narrativa de defensa patriótica se vio diluida desde que Delcy Rodríguez asumió la presidencia interina con el respaldo formal del Tribunal Supremo de Justicia venezolano, el 5 de enero de 2026.  

Pero detrás de su discurso, aparentemente tranquilizador, encendido y encubridor, la realidad práctica del nuevo escenario comenzó a agrietar la retórica: la Chimoltrufia venezolana, así como decía una cosa ante sus connacionales, al parecer, en sus conversaciones con Marco Rubio, decía otra. Así como antes, solo destinaba odio a “el imperio”; ahora ve en ellos los nuevos mejores “amiguis”, sacando “de taquito” a los rusos, chinos, iraníes y cubanos.   

Solo días después, la presidenta interina dio un giro significativo en su enfoque. En una declaración pública difundida el 5 de enero de 2026, Rodríguez escribió que: “Consideramos prioritario avanzar hacia una relación equilibrada y respetuosa con los Estados Unidos. Extendemos una invitación al Gobierno de EE. UU. UU. para trabajar conjuntamente en una agenda de cooperación orientada al desarrollo compartido.”  Esta frase marca un punto de inflexión en el discurso oficial: de ver a Washington como enemigo irreconciliable, el gobierno venezolano pasó a invitar a una “agenda de cooperación”. Aunque, de vez en cuando, como este 25 de enero, ante trabajadores petroleros en Puerto de la Cruz, “La Chimoltrufia” quiere enviar un “patriótico” mensaje al que ya nadie le cree, diciendo: “Ya basta de las órdenes de Washington sobre políticos de Venezuela”, en realidad sigue precisamente la agenda que le trazan desde el Norte. La soberanía y la dignidad patriótica se transformaron, al menos discursivamente, en una apertura pragmática hacia el gobierno que solo días antes lanzó cientos de misiles contra sus bases y secuestró a su presidente y a su primera dama.

 Diosdado Cabello: A recoger sus palabras

Pero el discurso chimoltrufresco no solo viene de Delcy Rodríguez; Diosdado Cabello se mantuvo, al menos inicialmente, en una línea más agresiva.   El histórico segundo hombre fuerte del chavismo pronunció un discurso de confrontación frontal contra Estados Unidos tras la captura de Maduro. El 7 de enero de 2026, en un acto público, Cabello arremetió contra la administración estadounidense por su acción militar y afirmó: “Sabe el imperialismo que ha cometido un terrible crimen… tiene un prisionero de guerra secuestrado en territorio extranjero.”

Estas declaraciones reflejaban la continuidad de décadas de discurso antiestadounidense que el chavismo utilizaba como columna vertebral de su legitimidad interna: resaltar la soberanía, denunciar intervenciones y posicionar a Estados Unidos como enemigo externo permanente. Con los días, Cabello dejó de ser esa figura prepotente, burlona y amenazante que solía aparecer en pantallas.

Tras su retórica pública, también surgieron evidencias de comunicaciones con representantes estadounidenses tanto antes como después de la captura de Maduro. Según informes periodísticos, funcionarios del gobierno de Estados Unidos mantuvieron conversaciones con Cabello meses antes de la operación militar, en las que se abordaron cuestiones de seguridad y sanciones. Lo anterior demuestra que Nicolás Maduro y su esposa, los guardaespaldas cubanos, los soldados y civiles que murieron y los recursos bélicos y de infraestructura que se perdieron durante los ataques eran solo “fusibles” que había que quemar para que otros se mantuvieran en el poder.  

El nuevo enfoque energético: petróleo como vector de cambio

Más allá del discurso, el aspecto energético ha sido quizás el terreno más profundo de la transformación. Hasta principios de 2026, la política petrolera venezolana estaba marcada por sanciones, la nacionalización de los recursos y el rechazo frontal a las empresas estadounidenses. El discurso chavista tradicional afirmaba repetidamente la soberanía absoluta sobre los hidrocarburos como símbolo de independencia nacional. “Ni una gota de petróleo para Estados Unidos”, solían gritar con vehemencia Maduro, Diosdado y los hermanos Rodríguez. Eso contrasta con la rapidez con que lograron cambiar, sin oposiciones internas, la política petrolera venezolana, antes estatizada, que obligaba a la intervención directa e indirecta de Pdvsa para ceder terreno al sector privado internacional.

El 20 de enero de 2026, Rodríguez anunció que Venezuela había recibido 300 millones de dólares derivados de las ventas de petróleo bajo acuerdos con Estados Unidos, utilizando un volumen de crudo previamente acordado tras la intervención. Una verdadera transformación de la política petrolera venezolana tradicional.

Chimoltrufias por allá

Aunque del lado contrario, el gobierno de Trump tampoco ha sido tan coherente y muchas salidas chimoltrufescas desnudan ese desatino. De exigir la llegada al poder de Edmundo González y María Corina Machado a desecharlos por una supuesta incapacidad de liderazgo; de tratar a Delcy Rodríguez como “una persona terrorífica” a considerarla como “una persona estupenda”. De una apuesta por la libertad y la democracia de Venezuela a secuestrar el poder y hacerlo extraterritorial; de poner el foco en las lanchas cargadas de drogas al usufructo del petróleo; de la narrativa del Cártel de los Soles al rápido cambio de concepto jurídico que desestimó su existencia. Trump, así como dice una cosa, también dice y hace otra.

Entonces, el paso del discurso antiestadounidense a la cooperación abierta es una paradoja fundamental. En ocasiones, el discurso oficial sigue oscilando entre elementos de rechazo (“no seremos colonia de nadie”) y llamados a la negociación (“trabajar conjuntamente en una agenda de cooperación”). Se nota el desespero por preservar una base política interna con retórica nacionalista y, al mismo tiempo, por responder a las realidades de poder que hoy se manejan desde la oficina oval.  El pragmatismo oportunista que vive el chavismo traiciona todo principio y toda solidez ideológica. A rey depuesto, rey puesto; aunque huela a azufre. “No nos hagamos los tarugos”, diría la Chimoltrufia.

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