
17. “De cierto os digo que el que no recibe el reino de Dios como un niño, no entrará en él”.
Lucas 18: 17.
Dios reconoce como justos a los que se arrepienten humildemente de sus pecados. Los fariseos eran líderes religiosos reconocidos, como piadosos como piadosos; mientras que los republicanos eran pecadores, catalogados como traidores. La oración del fariseo se jacta de su propia justicia, porque el sujeto es siempre yo. Pero la oración del publicano es de arrepentimiento, en la que se golpea el pecho; y el sujeto es Dios.
Los fariseos dicen con énfasis que no son como los demás pecadores, y en especial, como los publicamos. Sin embargo, los recaudadores miran solamente a Dios y piden su misericordia. Respecto a estas dos personas, Dios reconoce como justa la oración del publicano y no la del fariseo.
Los que confiesan ser pecadores con humildad y buscan la gracia de Dios, son dignos del reino celestial.
Muchas veces, en nuestra manera de tratar a los niños, reflejamos la relación que tenemos con Dios. Sin un corazón humillado, no podemos honrar a los niños.

Los discípulos menosprecian a los niños, en cambio, Jesús los honra, los valora y los cita como ejemplo de vida. Si no recibimos el reino de Dios como un niño, no entraremos en él. Como niño porque debemos ser dependientes, con un corazón limpio. Así como un niño confía y depende enteramente de sus padres para su supervivencia, nosotros también debemos creer y confiar enteramente en Dios para nuestra salvación.
Cuando oímos y obedecemos con un corazón íntegro, somos dignos del reino de Dios.
Si bien, los hombres se fijan en la apariencia, Dios se fija en el corazón (1 Samuel 16:7). Como Él desea un corazón sincero, detesta la fe y la oración hipócrita. Esta actitud falsa del fariseo comienza a partir de la soberbia. Jesús aseguro durante el sermón del Monte, que los “limpios de corazón, verán a Dios” (Mateo 5:8). O sea, quienes tengan un corazón puro e inocente como un niño.
Por eso los cristianos debemos estar atentos a nuestra vida de fe, asegurándonos de no ser hipócritas como los fariseos, porque la gracia y la presencia del Espíritu Santo solo llenan los corazones humildes, que se arrepienten y confían con la inocencia de un niño.
Solo quien se humilla y busque al Señor con un corazón puro, como un niño recibirá la gracia. Dios les guarde.






