
6. Cuando Jesús lo vio acostado y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo: “¿Quieres ser sano?
Juan 5.
Jesús es verdaderamente Dios y hombre. Él conoce nuestras debilidades y dolencias. Al leer el pasaje, nos podemos sentir identificados con los que se encuentran junto al estanque de Betesda, cerca de la puerta de las ovejas en Jerusalén. Es increíble cómo en la misma ciudad, en donde se encuentra el templo de Dios, yacen tantos enfermos con toda clase de dolencias, como ciegos, cojos y paralíticos.
Por otro lado, están los líderes religiosos que priorizan los mandamientos del día de reposo, las tradiciones y toda clase de estatutos que impiden que estos hallen alivio para sus enfermedades. Sin embargo, Jesús sale a su encuentro y los mira con compasión. El es nuestro Creador, Soberano que se compadece de nuestras debilidades y es poderoso para restaurar nuestra imagen original.
Las señales son milagros que provienen de un ser divino. En Juan, Jesús restaura con su poder el diseño creacional que fue desvirtuado por el pecado. Con su Omnipotencia y Omnisciencia, corrobora el deseo que tiene el enfermo de recibir sanidad y declara la restauración con su Palabra, así como lo hizo cuando creó los cielos y la tierra.

El enfermo obedece a su Palabra e inmediatamente recibe sanidad. Los judíos buscan ocasión para tentarle, culpándole de haber sanado en el día de reposo: “Es sábado; no te es permitido cargar tu camilla” (v. 10b), olvidándose de que se trata del Creador del día de reposo. La sanidad es la continuidad de la obra creacional. Si obedecemos la Palabra de Jesús como lo hizo el enfermo, seremos protagonistas de un nuevo milagro.
El estanque de Betesda es como el mundo actual, donde hay una cruda competencia y solo sobrevive el más fuerte; y el paralítico nos recuerda a los hombres modernos que se esfuerzan por hacerlo todo en sus propias fuerzas. Jesús, que llegó a este mundo lleno de desesperanza y fracaso, trae fe y esperanza genuina a quienes deciden confiar solo en Él, a pesar de la angustia y la desesperación.
De este modo, la sanación, tanto interna como externa, y la restauración comienzan cuando rendimos nuestras fuerzas humanas y nos entregamos al Señor, renovando nuestra fe y obedeciendo por completo a la Palabra del Señor.
Jesús es el Señor que sana al que sufre en medio de la desesperanza. Dios les guarde.






