
El hambre y la pobreza son los indicadores que se globalizan y nos recuerdan el manejo inadecuado que damos a la cadena alimenticia. Para nadie es un secreto la cantidad de alimentos que se desperdician; se convierte en titulares de diarios y medios de comunicación, una verdad que se cuenta a medias. Pero los datos estadísticos demuestran que el desperdicio de alimentos es una tragedia mundial. Según investigaciones y el informe del PNUMA (Programa de las Naciones Unidas), elaborado por la ONG internacional WRAP, en la gran mayoría de hogares de todo el continente se arrojan a la basura 1.000 millones de comidas, mientras 783 millones de personas padecen de hambre. Problemática social que afecta a millones de personas en todo el mundo, y Colombia no es la excepción. La falta de comida es un problema que afecta la salud y el bienestar de nuestras familias y, por ende, el desarrollo cognitivo y psicomotriz de nuestra niñez.
Me permito iniciar esta nota con una pregunta que dispare opiniones y genere conciencia: ¿Qué acciones haces posible para ayudar a erradicar el hambre en el mundo?
La Guajira es el departamento con mayor inseguridad alimentaria. Según informes, el 59 % de la población está afectada. Las zonas rurales muestran mayor inseguridad debido a la falta de ingresos o eventos climáticos, zonas dispersas y de difícil acceso. La falta de alimentos nutritivos afecta el desarrollo y crecimiento de la niñez y adolescencia, con consecuencias psicológicas y emocionales. Las deficiencias nutricionales causan problemas de salud. En este contexto, este artículo es inspirado por ABACO, el Banco de Alimentos de Colombia. Ellos presentan una solución innovadora y efectiva para abordar estos desafíos. El Banco de Alimentos es una organización sin ánimo de lucro que se dedica a recolectar, almacenar y distribuir alimentos para las comunidades vulnerables. Su objetivo es reducir el hambre y la pobreza, y promover la seguridad alimentaria en las regiones más necesitadas.

El capítulo Guajira fue creado gracias al apoyo de la empresa Chevron en el año 2019, con la incansable misión de monseñor Héctor Salah Zuleta. Ha tenido un impacto significativo. Junto a la Diócesis de Riohacha han logrado, con su programa de distribución de alimentos, reducir el hambre y la mala nutrición en la niñez y los adultos, mejorando la calidad de vida de las personas y familias beneficiadas. Fomentan la solidaridad y la colaboración entre las comunidades, promoviendo conciencia sobre la importancia de la seguridad alimentaria. Los beneficios para estas comunidades en situación de pobreza extrema, para las familias y sus niños y niñas en edad escolar de comunidades indígenas wayuu y afrodescendientes, personas en condición de discapacidad y adultos mayores, son evidentes. Sus estrategias son innovadoras y la creación de unidades productivas ha generado transformaciones para crear una cultura de dar, servir y recibir como la retribución más valiosa al servicio de las entidades que promueven espacios para garantizar la alimentación de las familias que se benefician de este gran proyecto.
Enfrentan desafíos por la falta de recursos para el financiamiento, la logística para distribución de alimentos en áreas de difícil acceso, la falta de conciencia de la población sobre la importancia de la seguridad alimentaria. Pero cada día nace una nueva esperanza: empresas y personas naturales que le apuestan a la vida por dejar en esta tierra la siembra que nuestro Dios nos ha regalado, una semilla para la vida. Su reto más importante es conseguir padrinos para cada programa; su mayor fortaleza, la manera de generar la posibilidad de cambiar los entornos comunitarios con centros interactivos y socioproductivos. Una alternativa que conecta la capacidad, la economía y la productividad de los territorios, y cuyos pilares fundamentales son las familias, garantizando un enfoque educativo, social y sostenible.
Han logrado avances significativos. Están ubicados en los municipios de Dibulla, Riohacha, Maicao, Uribia, Manaure, Albania, Hatonuevo y Barrancas. Su directora, la señora Rebeca Judith Badillo Jiménez, junto a monseñor Francisco Ceballos Escobar, conforman un equipo que tiene constancia para avanzar y la visión clara de cumplir a cabalidad tres de los 17 ODS (Objetivos de Desarrollo Sostenible): 2. Hambre Cero, 12. Consumo y Producción Responsables, y 17. Alianzas Estratégicas, ofreciendo una garantía equilibrada en la distribución de alimentos en la lucha contra la desnutrición infantil en el departamento de La Guajira.
El Banco de Alimentos es un ejemplo de cómo la solidaridad y la colaboración pueden hacer la diferencia en la vida de las personas y comunidades vulnerables. Ellos, junto a la Diócesis de Riohacha, realizan en el departamento de La Guajira un trabajo fundamental para seguir nutriendo la niñez. Promueven iniciativas para construir un futuro más justo y equitativo para todos, garantizando seguridad alimentaria y transformando territorios vulnerables en comunidades con soberanía alimentaria.
Estoy convencida de que la generosidad es el puente que une la abundancia con la necesidad. Cada acción, cada donación, es un paso hacia un mundo donde nadie se quede sin comer. Actuemos hoy con gestos de humanidad, con sentimiento cultural y de pueblo.






