
17. Por tanto, así dice Jehová: “Ya que vosotros no me habéis escuchado para promulgar cada uno libertad a su hermano y cada uno a su compañero, he aquí que yo promulgo libertad, dice Jehová, a la espada, a la pestilencia y al hambre; y os pondré por afrenta ante todos los reinos de la tierra”.
Jeremías 34.
Debemos cumplir las promesas con Dios, aunque nos cause algún perjuicio. Ante el peligro de perder su nación debido a la invasión de Babilonia, el rey Sedequías y todo el pueblo de Jerusalén establece un pacto con Dios de dejar en Sedequías y todo el pueblo de Jerusalén establece un pacto con Dios de dejar en libertad a los siervos hebreos y no sujetarlos más como esclavos, conforme a la ley que indica que esto se debe hacer al séptimo año.
Pero, en cuanto dejan de ver la invasión de los caldeos como una posibilidad, vuelven a sujetar a los siervos como esclavos, profanando el nombre de Dios. Lo que el Señor busca no es una obediencia a medias o por conveniencia, sino “fidelidad” hacia Él y hacia el prójimo; porque el que cumple fielmente con el pacto, agrada a Dios.

En el Medio Oriente Antiguo, un pacto se celebraba partiendo por la mitad los animales y la persona caminaba entre las mitades. Era un acto simbólico; en caso de incumplimiento, se respondía con la vida. Juicio es decretado contra el rey Sedequías y el pueblo de Jerusalén por volver a tomar cada uno a su siervo después de libertario.
Jeremías anuncia que serán entregados en manos de los caldeos y dispersados por las naciones; sus cuerpos serán comida de las aves del cielo y de las bestias de la tierra. Ciertamente será destruido Judá por su desobediencia. *La salvación no es para el indeciso o el que se resiste al cambio, sino para los que están comprometidos y demuestran con sus obras que han recibido la gracia redentora.
Dios es fiel al pacto, pero Israel no lo es. Solo se arrepiente y se vuelve a Dios cuando se enfrenta a dificultades, y en cuanto Él muestra Su misericordia y soluciona sus problemas, regresa al camino del pecado. Dios nos dio la Ley para que la cumplamos, y alcancemos la vida y la bendición.
No obstante, si ignoramos el pacto y descuidamos la Ley, nos espera el juicio. Por eso, la oportunidad para arrepentirnos es cuando Él nos señala nuestro pecado. Para eso, debemos lamentarnos con todo nuestro ser y no solo de palabra. Solo entonces podremos caminar por el rumbo correcto sin regresar a nuestra antigua vida.
Si no respetamos la Palabra de Dios, nos espera el juicio.






