Edicion enero 27, 2026

Juancho Rois, un genio del acordeón

Juancho Rois, un genio del acordeón
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Columnista - Alcibíades Núñez Manjarres
Columnista – Alcibíades Núñez Manjarres

En San Juan del Cesar, un municipio ubicado en el sur de la Guajira y la región Caribe, una vivienda, ubicada en el marco de la Plaza Francisco de Paula Santander, donde el viento soplaba cálido y el aroma a arepas recién hechas por la señora cuio, llenaba el aire, vivía un joven llamado Juancho Rois. Desde niño, Juancho había soñado con ser un gran músico, inspirado por las historias de los maestros del vallenato: Emiliano Zuleta, Leandro Díaz, Alfredo Gutiérrez y Rafael Escalona. Cada tarde, se sentaba bajo la sombra de un frondoso árbol de mango, escuchando a su abuela Rosa María de Rois, contar anécdotas de los grandes del acordeón.

El primer profesor de Juancho fue el Sigifredo “Sige” Jiménez, quien además de ejecutar el acordeón, sabia tocar, la caja, la guacharaca y cantar, Juancho se iba a escucharlo en la casa de Herbecio Deluquez, que era la casa donde residía el Sige, allí le explicaba y entrenaba a Juancho todo lo relacionado con la ejecución del acordeón, los cuatro aires musicales el son, el merengue, la puya y el paseo.

Un día, mientras recorría el mercado, recordó que, en Bogotá, en casa de su tía Nelly Rois y su padre de crianza, Purito Canova, quienes le regalaron su primer acordeón, con la cual el interpretaba “La Piña Madura”, con el que comenzó a emular a su ídolo Alfredo Gutiérrez, su corazón latió con fuerza. Con cada nota que tocaba, recordaba las melodías que su amigo Sigifredo le había enseñado. Decidido a seguir el legado de sus ídolos, Juancho comenzó a practicar día y noche.

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El Cesar y la Guajira, son unos departamentos, conocido por sus festivales de música vallenata, Juancho se preparaba para la gran fiesta de del festival vallenato, decidió participar en el concurso de acordeoneros profesionales del vallenato en 1991. Con su acordeón en la mano, se presentó en la plaza Alfonso López, donde el bullicio y la alegría eran contagiosos. Los colores de las sombrillas y los trajes típicos llenaban el ambiente, mientras los aromas de la comida caribeña hacían que todos se sintieran en casa.

Cuando llegó su turno, ese 30 de abril, Juancho sintió que el corazón le palpitaba con fuerza. Recordó las enseñanzas de Emiliano, quien siempre decía que el acordeón debía tocarse con el alma. En esa fecha tocó varias canciones como el son “Cata” de Alejandro Duran, la puya “La Zoológica” de Nafer Duran, el merengue “De la Junta pa´ la Peña, de Colacho Mendoza y el paseo “Lucero espiritual” de Juancho Polo Valencia.

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A medida que las notas vibraban en el aire, el pueblo se detuvo. Todos escuchaban con atención, embelesados por la dulzura de su interpretación. Juancho, sintiendo el apoyo de su comunidad, dejó que la música fluyera sin restricciones. En ese momento, se sintió como un verdadero artista, como Rafael Escalona, cuando contaba sus historias a través de la música.

La presentación culminó en un estruendo de aplausos. El jurado, compuesto por Emiliano Zuleta Diaz, Beto Villa y el Orangel el Pangue Maestre, acordeoneros expertos del vallenato, desgraciadamente no le otorgaron el primer lugar, resultando ganador Julián Rojas, pero para Juancho, el verdadero premio fue el reconocimiento de su gente y la conexión que había creado a través de su música.

Esa noche, mientras el pueblo celebraba con baile y alegría, Juancho comprendió que el vallenato no solo era un género musical; era la voz del Caribe, un reflejo de su identidad. Con el acordeón en su mano y el corazón lleno de pasión, se prometió seguir el legado de sus ídolos y llevar la música del Caribe a todos los rincones del mundo.

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