El dato es sagrado; la opinión, libre. Informar exige rigor; opinar, honestidad. No hay neutralidad posible, solo transparencia: hechos limpios y convicciones expuestas.

Si uno es honesto consigo mismo, no puede negarse a expresar libremente lo que piensa. El periodismo moderno, con frecuencia, utiliza la neutralidad como una máscara elegante de la tibieza. Bajo el pretexto de mostrar objetividad sin criterio, muchos comunicadores renuncian a su capacidad de discernir entre lo que construye y lo que destruye a una sociedad.
El periodista no debe ser un espectador gélido, desprovisto de valores, que observa el incendio sin atreverse a denunciar al pirómano. La verdadera honestidad intelectual no radica en la inexistencia de una postura, sino en el valor de mostrar las cartas sobre la mesa.
Existe, por supuesto, una frontera técnica infranqueable: el rigor del dato. En la información, el contraste y el respeto por los hechos son el ABC innegociable del oficio; es lo que construye confianza entre el lector y el medio. Pero cuando se cruza al territorio de la opinión —y especialmente al de la política— exigir “imparcialidad” al periodista no es más que una trampa retórica diseñada para censurar a quien decide pensar con independencia.
Como bien dice Jaime Bayly: “No me pidan imparcialidad política, porque sencillamente no la tengo”. Negar la propia inclinación ideológica es, en última instancia, una forma de deshonestidad con el público. La transparencia, incluso cuando incomoda, es siempre más ética que la simulación.
Tomar partido
Opinar implica asumir una posición. En mi caso, esa posición es clara: la derecha. En un ecosistema cultural que intenta imponer un “pensamiento único” progresista, defender el orden legal, la libertad, la economía de mercado y la propiedad privada no es un sesgo caprichoso; es una apuesta ética por la supervivencia de la institucionalidad.
La indefinición suele ser síntoma de conveniencia. Muchos temen ser encasillados y prefieren la comodidad del centro gris para no incomodar con su opinión. Yo prefiero la claridad de la convicción, incluso cuando tiene costo.
Desde esa perspectiva y en la actual coyuntura política, coincido con la tesis del candidato Abelardo de la Espriella: ser de “extrema derecha” es, en realidad, un ejercicio de extrema coherencia. No se trata de radicalismos vacíos, sino de la defensa irrestricta de los pilares fundacionales de la sociedad occidental: la familia como núcleo protector, la fe como brújula moral, la seguridad jurídica y la libertad de empresa como motor real del progreso.

Las lecciones de la historia
Creer en la democracia obliga a señalar con claridad sus amenazas más letales. No es un secreto que el proyecto de izquierda socialista, encarnado hoy en figuras como Iván Cepeda bajo la sombra de la administración de Gustavo Petro, busca conducir al país hacia un modelo comunista que desdibuja la dignidad humana.
La historia no es una cuestión de opiniones; es un veredicto sustentado en hechos. Si el comunismo fuera un modelo de sociedad superior, Cuba no sería una cárcel de hambre tras décadas de totalitarismo; Nicaragua no perseguiría a la Iglesia; y Venezuela no sería un Estado fallido que ha expulsado a millones de sus hijos. Bajo la falsa promesa de una igualdad ficticia, el comunismo solo ha logrado democratizar la miseria. La realidad es terca: allí donde el Estado intenta suplantar al mercado, el resultado es el colapso económico y la pobreza estructural.
El giro de la región
No es casualidad que Chile, Argentina, Perú o Ecuador hayan girado nuevamente hacia liderazgos de derecha tras experimentar el fracaso de la izquierda. Es la respuesta natural de sociedades que decidieron recuperar la seguridad y la estabilidad económica.
En Colombia, la intención de voto hacia figuras que representan firmeza frente al caos confirma que el ciudadano común anhela recuperar el rumbo. La encuesta más reciente de AtlasIntel sitúa en primer lugar a Abelardo de la Espriella, señal de que la coherencia empieza a ganarle terreno al populismo.

Escribir es un acto político
El compromiso con la libertad implica aceptar la controversia, pero rechazar el fanatismo que anula la razón y precede a la tiranía. Mi posición es inamovible porque nace de la observación del fracaso del comunismo como sistema político y de la valoración profunda de la libertad individual.
Colombia posee una tradición democrática que debemos proteger con voto responsable y vigilancia permanente de la institucionalidad. Votaré y escribiré por quien defienda estas banderas; por quien entienda que el país no necesita nuevos experimentos de ingeniería social, sino la firmeza de un Estado de Derecho donde la ley se aplique sin distinciones. El candidato que me representa es Abelardo de la Espriella.
En política no soy tibio porque la honestidad no admite ambigüedades. Mi pluma y mi voto apuntan al mismo lugar: la defensa de la vida, la libertad y la democracia. Al final, será el lector quien decida si coincide o disiente. Eso —y no la simulación— es la esencia del juego democrático.






