El impresionante triunfo de Abelardo de la Espriella en primera vuelta sacude el tablero político, desnuda los errores de las castas tradicionales y deja un reclamo histórico al Caribe: es hora de deponer resentimientos y unirse para salvar la democracia.

(Negrindio)
No hay otro nombre para la gesta democrática del pasado domingo: el soberano habló. Millones de ciudadanos votaron por el futuro del país en una elección clara entre la democracia y el socialismo; entre la libertad de empresa y el estatismo comunista. Se eligió la familia frente a la agenda de género en menores, y la seguridad y la Constitución frente a las pretensiones de Cepeda de destruir las instituciones.
El ciudadano ya no es ingenuo: consciente del peligro de la izquierda, el pueblo votó con firmeza para defender una libertad que no podemos permitirnos perder. Más allá de este fervor popular, Abelardo de la Espriella se erige como el verdadero fenómeno político de la jornada. Sin castas tradicionales, maquinarias ni clientelismo, conectó con el país a través de un discurso frontal y soluciones contundentes: frenar la inseguridad, recuperar el territorio, enterrar la fracasada “paz total” y reactivar la economía.
De cara al mapa electoral, resulta imperativo analizar hechos cruciales. El primero es el desplome de la aspiración de Paloma Valencia, a quien le costó caro elegir a Juan Daniel Oviedo como fórmula vicepresidencial. Oviedo, un personaje que llegó imponiendo condiciones y exigiendo distancia frente al doctor Álvaro Uribe, encarnó la renuncia a los principios fundacionales del Centro Democrático en una vana búsqueda por el voto de centro. Esta alianza provocó la estampida de militantes históricos —entre los que me incluyo— que jamás compartimos la designación de un candidato que basó su campaña en la mofa, y que más tarde confesó su consumo de cocaína; una ligereza que terminó por espantar al electorado tradicional.

El segundo hecho es la paradoja geográfica del voto: mientras Antioquia y el centro del país respaldaron con fervor a Abelardo, la Costa abandonó a su propio hijo. Esto demuestra que los fortines uribistas ya no siguen ciegamente a un expresidente Uribe divorciado de sus bases. Ante la marea de votos por “El Tigre” en el resto del país y el exterior, a Uribe y a Paloma Valencia —los grandes derrotados— no les quedó más remedio que replegarse y anunciar su apoyo a De la Espriella para la segunda vuelta.
Duele que el Caribe haya actuado como una mala madre, dándole la espalda al candidato que pudo romper el centralismo bogotano que nos somete desde los tiempos de Rafael Núñez. Es inconcebible: vivimos quejándonos del abandono y la pobreza, pero rechazamos en las urnas la oportunidad real de poner a uno de los nuestros en el poder. Qué profunda tristeza que ni Córdoba, su tierra natal, ni Barranquilla, el faro del Caribe, le hayan dado el respaldo que merecía.
Por otra parte, la reacción del oficialismo ante el preconteo desnudó su talante tiránico. Esa misma noche sembraron dudas sobre un sistema electoral eficiente y transparente; para ellos, la democracia solo es legítima si les favorece. Afortunadamente, el país ya conoce esa máscara. Ante este panorama, y asumiendo el realismo político, la consigna de cara al próximo 21 de junio debe ser la sentencia de Paloma Valencia: “Colombia no caerá en las manos del comunismo de Petro y Cepeda”.
Salvar al país es un deber patriótico que exige, para el balotaje, construir alianzas y deponer resentimientos del pasado. Es momento de cerrar filas en torno a Abelardo. La segunda vuelta está allí, y con ella, la Costa tendrá una nueva oportunidad histórica para reivindicarse con su hijo.






