
52. “Echaréis de delante de vosotros a todos los habitantes del país, destruiréis todos sus ídolos de piedra y todas sus imágenes de fundición, y destruiréis todos sus lugares altos.
53. Echaréis a todos los habitantes de la tierra y habitaréis en ella, pues yo os la he dado para que sea vuestra propiedad”.
Números 33.
Se cumplen los 40 años en el desierto, e Israel llega a la frontera de Canaán. Pero Aarón muere en el monte Hor, sin poder entrar a la Tierra Prometida, por haber desobedecido al mandato de Dios junto a Moisés (Nm. 20:10-12).
Moisés recuerda la travesía de Israel por el desierto y la muerte de Aarón, para enseñar al pueblo las consecuencias de su desobediencia. El pueblo ha desobedecido con frecuencia a Dios, desde su éxodo de Egipto, dudando de Sus bondades en el desierto. No obstante, Dios los guardó fielmente con la columna de nube y de fuego desde Egipto, hasta los campos de Moab, aunque a veces, ha tenido que castigarlos por su incredulidad. Nosotros también pasamos por el desierto, y debemos obedecer a la voluntad de Dios.
La tierra de Canaán no será dada sin costo alguno; tendrá que ser conquistada. Dios habla a Moisés en los campos de Moab, junto al Jordan, frente a Jericó (Nm. 33:50). Israel echará a todos los habitantes de Canaán; destruirá sus ídolos y sus lugares altos. Solo así, no se contaminarán con la idolatría. Después, echarán suertes para repartir la tierra según el número de los habitantes por tribus.

Será el cumplimiento del pacto y una bendición de Dios. La conquista de Canaán conlleva una guerra física y espiritual que tiene como fin la purificación espiritual. Si no lograran echar fuera a los moradores de Canaán, ellos serán como aguijones en sus ojos y como espinas en sus costados. Es menester pelear la guerra espiritual para guardar la pureza.
El pueblo de Israel, que finalizó 40 años de vida en el desierto y está a punto de ingresar a Canaán, debe desbordar sus expectativas, temor, fe y desconfianza. Para ocupar la Tierra Prometida se necesita obediencia y confianza absoluta en Dios. Él quién protegió a Israel, proveyéndolo con el pan del cielo en el desierto, nos guía y se hace responsable de nosotros, Sus hijos.
El peregrinaje de la fe es un proceso de memoranza y confianza constante. El fiel debe quitar todo mal que pueda llegar a ser un problema en la vida.
Como pueblo de Dios, debemos obedecer la voluntad de Dios, recordando la gracia que recibimos, y esperar, confiando en la promesa de Dios, que se cumplirá sin falta.
Veremos que la promesa de Dios se consuma cuando obedezcamos la Palabra, recordando la gracia de Dios, en el peregrinaje de la vida, que es como un desierto.
Dios les guarde.






