Edicion junio 12, 2026

El ingenio figurado del habla popular

El ingenio figurado del habla popular

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Columnista - Abel Antonio Medina Sierra – Investigador cultural
Columnista – Abel Antonio Medina Sierra – Investigador cultural

Cuando el común de las personas alude al lenguaje figurado, lo circunscribe al ámbito retórico de la literatura. Un caso concreto es el de la música vallenata, donde muchos melómanos se quejan de la falta de “figuras literarias” que tanto caracterizaban al vallenato lírico que se impuso en los años 70 y 80 y que, según estas personas, está totalmente ausente en las canciones de la nueva ola. Lo cierto es que ni en las letras vallenatas ni en el lenguaje popular se han extinguido estos recursos retóricos, solo que se visten con un ropaje menos lírico y evocador; menos frac y más camiseta y chancleta.

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En el castellano hablado en Colombia, por ejemplo, la metáfora, el símil, la hipérbole y la personalización no solo son adornos para embellecer el lenguaje, sino que también forman parte del modo cotidiano de pensar, discutir, bromear y nombrar la realidad. El símil y la metáfora son figuras de comparación que hacen parte de una misma figura llamada “imagen”, solo que en la primera la comparación incluye un conector (como, parece) y en la segunda es más directa, sin conector. Por su parte, la hipérbole es una exageración de la realidad y la personificación es la atribución de propiedades, acciones o sentimientos humanos a cosas o animales.  

“Similando” la vida

En el lenguaje popular colombiano, la figura del símil abunda mucho más que la metáfora, pues requiere menos elaboración.  Cuando decimos que alguien está “fresco como una lechuga”, que dos personas “se parecen como dos gotas de agua” o que nuestros chicos se “pelean como perros y gatos”, estamos ante símiles en los que la comparación no busca precisión, sino impacto expresivo.

En el habla del Caribe colombiano, existe una particularidad en la construcción de símiles. Es un caso recurrente en el que se usa la conjunción copulativa “ni” como conector de comparación. Este tipo de símiles, además de plantear una comparación, aporta un matiz hiperbólico o exagerado.  Es notable en frases como: “los bigotes ni paredilla llena de goleros”, “las piernas ni cuchara de menear mondongo”, “la barriga ni iguana harta de cogollo”, “la cabeza ni bola de billar”, “los talones ni jaguey en verano”, “el cabello ni muñeca de basurero”. Esto refuerza la idea de que, en la práctica y en el habla popular, el símil no solo compara, sino que también dramatiza, sobredimensiona, exagera.

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La metáfora desliteraturizada

La gente cree encontrar siempre la metáfora en las sublimes alturas de la poesía, sin sospechar, a veces, que campea libérrima desde la boca del vendedor de verduras del mercado hasta la del mecánico o el mototaxista. La metáfora opera cuando una palabra o expresión se traslada a otro campo de sentido; se convierte en un tropo: decimos algo para aludir a otra cosa.

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Existen expresiones muy reconocibles del habla colombiana, como “ella es mi uña y mugre”, “tengo tremendo chicharrón”, “le solté los perros”, “eres mi llave”, “ese niño es mi motor”, “mi mujer es una grúa”, “el tiempo es oro”, “ese man está miando fuera del tiesto”, “la familia va a tirar la casa por la ventana”, “esa tarea en pan comido”, “ese tipo es un balín”, “eres una caspita” que son claros ejemplos de metáforas y de la creatividad lingüística como parte de la identidad colectiva.

Es que tanto los símiles como las metáforas populares nacen de lo concreto: la cocina, el cuerpo, los animales, el mercado, el trabajo y la calle. Decir “dar papaya” no se refiere literalmente a una fruta; en cambio, sugiere facilitar que otro aproveche la ocasión.  Lo que le escuché decir una vez a un compadre que su mujer tenía “los ojos enguarapados” no es sino una forma muy creativa de comparar lo salobre de las lágrimas con el almíbar de un guarapo en una contundente metáfora.

Ese recurso verbal de comparación implícita tiene una ventaja comunicativa: el oyente no solo entiende, sino que también visualiza, lo cual, en las culturas populares, enfatiza la construcción de sentidos. Por eso expresiones como “estar en las nubes” o “no se deje montar” funcionan con tanta eficacia en el habla corriente.

La hipérbole y su exceso

Usamos la hipérbole para exagerar o intensificar deliberadamente una emoción, un juicio o una situación. “Cuando Matilde camina, hasta sonríe la sabana”, dijo Leandro Díaz; “Cuando el Guatapurí se crece, al sentir mi pasión, se calma”, exageró Fredy Molina; o “No brota más la flor, la primavera, que versos de mi alma para ti”, cantó Rosendo Romero. Sublimes ejemplos de metáforas en la canción vallenata.

En el plano del habla popular colombiana, esta figura también suele desempeñar una función humorística. “Más largo que una semana sin carne” no pretende medir el tiempo con exactitud; busca comunicar una espera interminable o el cansancio. Del mismo modo, “más contento que marrano capado” no describe una felicidad, sino una euforia desmedida que hace sonreír por su propia desproporción.

En muchas expresiones, como ya hemos visto, las expresiones hiperbólicas tienen cierta carga de símiles como en los siguientes ejemplos: “más traga´o que pantaloncillo de torero” o “más traga´o que guayuco de indio”, “más feo que pegarle a la mamá”, “más emproblema´o que cucaracha en baile de gallinas”, “más resbalosos que un pescado enjabonado”, “más perdido que jabón en agua honda”, “más perdido que calilla en boca de vieja”, “más azuza´o que perro en misa”.

La hipérbole también sirve para fijar la memoria. Expresiones como “más aburrido que un mico en una ferretería” o “más flojo que un pedo de cura” producen una imagen tan exagerada que se recuerda fácilmente, incluso cuando tienen un tono algo bizarro o irreverente. Es una manera que tiene el pueblo de darle gracia, picardía, “pimienta” a la expresión. No siempre es una vulgaridad; es una estrategia retórica con profundas raíces en culturas populares como la costeña.

La personificación

Es común escuchar frases en las que se le atribuye una cualidad, rasgo o capacidad humana a algo que no lo es. Esa figura, tan presente en la fábula y la poesía, también tiene su correlato en el habla popular. Hay versos en la música vallenata que emplean esta figura retórica: recordemos el río Cesar, que se pone “celoso” cuando Hernando Marín admira a una “Sanjuanerita” que se baña en sus aguas, o cuando “el sol se moría de celos” ante Rafael Manjarrés, como lo describe en “Benditos versos”.

Lo encontramos en frases como “amaneció bien bravo el sol hoy”, “oye, esa camisa te va a hablar”, “ese cabello tuyo es bien rebelde”, “este computador me está molestando”, “la silla está bailando mucho”, “ese helado me está picando el ojo”.  Una muestra más de la recursividad y la creatividad lingüística en el habla callejera. Usa los mismos recursos connotativos que los poetas, pero en otro nivel del lenguaje.

La lengua de la calle

Estas figuras no siempre se encuentran en los diccionarios ni en los textos escolares. Circulan en conversaciones familiares, en el trabajo, en las conversaciones de comadres de la tienda o del salón de belleza y en la oralidad urbana y rural. No solo cumplen una función comunicativa, sino también social. Incluyen, además de la transmisión de un mensaje, una valoración, una focalización y una representación social clara de la realidad. Se usan para evaluar conductas, aconsejar, advertir, ironizar y generar empatía. Frases como “de eso tan bueno no dan tanto” o “las cuentas claras y el chocolate espeso” condensan una sabiduría popular y práctica en las que el hablante no explica demasiado; resume con una frase certera y aguda que se integra al repertorio de dichos, refranes y paremias de la región. Por eso siguen vigentes, no solo dicen algo, sino que lo dicen con sabor, ritmo y una marca local muy reconocible.

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