Edicion febrero 27, 2026
EL HONOR DE LA LENTITUD
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Columnista - Gonzalo Raúl Gómez Soto
Columnista – Gonzalo Raúl Gómez Soto

Yo también viví corriendo. Durante años pensé que estar ocupado era sinónimo de éxito, que llegar agotado a la noche era una medalla de honor. Me gustaba decir “no tengo tiempo”, como si fuera una prueba de que estaba avanzando. Hoy lo sé: confundí velocidad con sentido. Confundí movimiento con dirección.

Y no soy el único. Vivimos acelerados. Corremos como si alguien nos persiguiera, aunque no sepamos quién ni hacia dónde. Miramos el reloj más que los ojos de las personas. Respondemos mensajes incluso en los semáforos. Comemos apurados, dormimos inquietos, trabajamos consumidos por la urgencia. Y cuando aparece un momento libre, en lugar de respirar, buscamos más tareas. No vivimos: sobrevivimos.

Las cifras lo reflejan con claridad. Nueve de cada diez personas sufrieron estrés el último año, casi la mitad de forma constante. La Organización Mundial de la Salud lo llama “la epidemia del siglo XXI”, y junto con ella crecen la ansiedad, el insomnio y la depresión. La prisa está enfermando cuerpos y rompiendo hogares.

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Pero la prisa no solo enferma: la prisa deshumaniza. Un estudio demostró que, cuando una persona siente que llega tarde, la enorme mayoría no se detiene a ayudar a alguien que necesita asistencia urgente. No es que seamos personas crueles: es que la velocidad anestesia la empatía. Nos vuelve ciegos al dolor ajeno.

Hemos convertido el acelere en un símbolo de estatus. Llenar la agenda parece un triunfo. Presumimos el agotamiento como si fuera una virtud. La modernidad nos vendió la idea peligrosa de que mientras más rápido, mejor; que descansar es perder el tiempo; que ir lento es fracasar. Y así sacrificamos salud, familia y sentido en nombre de segundos que no significan nada.

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Hace poco escuché un ejemplo que me atravesó. Imagina un trayecto de 30 kilómetros, cualquiera de los que recorremos en nuestras carreteras colombianas. Un conductor va a 130 km/h, tenso, haciendo luces para que los otros se aparten. En el carril contrario —o en la misma vía angosta que todos compartimos— otro va a 100 km/h, tranquilo, escuchando música. ¿Sabes cuál es la diferencia real de tiempo al llegar al destino? Apenas cuatro minutos.

Cuatro minutos que se evaporan esperando un semáforo, en un peaje, en una curva cerrada o buscando dónde parquear. Sin embargo, insistimos en correr como si fuera cuestión de vida o muerte, cuando en realidad es cuestión de muerte y nada de vida. Cada año miles de colombianos mueren o quedan con secuelas irreversibles en siniestros viales provocados por el exceso de velocidad. Creemos que acelerar nos hace más vivos, cuando en realidad nos está matando más rápido.

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Pero hay algo aún más grave que estamos perdiendo: la capacidad de disfrutar lo esencial. A veces olvidamos que el ser humano no fue creado solo para producir y resistir. También fuimos hechos para juntarnos alrededor de una mesa, para reír sin prisa, para compartir con amigos sin que el reloj nos gobierne, para tener conversaciones que no corren, sino que reposan. La amistad, la recreación y el ocio no son lujos en tiempos de aceleración: son necesidades vitales, medicinas silenciosas para una sociedad enferma de urgencia.

Crear espacios gratuitos, sin utilidad económica ni exigencias de rendimiento, es recuperar la dignidad de vivir. No se trata únicamente de frenar los pies, sino de recuperar el alma. La vida es más plena cuando se habita acompañada, despacio y con sentido. Sin esos espacios de humanidad compartida, lo que se erosiona no es la agenda: es el corazón.

La filosofía estoica enseña que la sabiduría comienza cuando distinguimos lo que depende de nosotros de lo que no. Y una de las pocas cosas que realmente dependen de nosotros es cómo elegimos vivir el tiempo que tenemos. Nadie nos va a devolver las horas vividas en piloto automático. Nadie nos regresa las conversaciones aplazadas ni los abrazos postergados.

Por eso hoy creo que pausar es un acto de rebeldía. Frenar no es rendirse. Es recuperar el derecho a respirar. La lentitud no es torpeza: es profundidad. Es presencia. Es intensidad. Es volver a un ritmo donde el corazón no llega jadeando.

En tiempos donde todos aceleran, quien se atreve a ir más despacio no es lento: es libre.

Y entonces me pregunto —y te pregunto a ti, lector, a quienes conducen, a quienes dirigen empresas, gobiernos y familias, y a quienes creen que correr garantiza llegar primero—:

¿De verdad vale la pena sacrificar la vida y lo que amamos por llegar cuatro minutos antes?

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