
12. Pero Jehová dijo a Moisés y a Aarón: “Por cuanto no creísteis en mí, para santificarme delante de los hijos de Israel, por tanto, no entraréis con esta congregación en la tierra que les he dado”.
Números 20.
Han transcurrido 38 años desde el reconocimiento de la tierra de Canaán, y la segunda generación del éxodo tomará un rol protagónico en la historia. Se trata del primer mes (Nm. 20:1) del año 40 del éxodo egipcio. El pueblo de Israel cruza el desierto de Sinaí y llega a Cades (Nm. 33:36). Allí muere y es sepultada Maria la hermana de Moisés. Pero al no hallar agua para beber, el pueblo pelea con Moisés. Se queja de las dificultades del desierto y acusa a Moisés de haberlos sacado de Egipto para verlos morir en el desierto. Moisés y Aarón oran a Dios en el tabernáculo. Entonces, Dios los manda a reunir a la congregación y hablar a la peña. Dios sigue concediendo Su misericordia pese a las quejas constantes del pueblo.
Moisés tomó la vara de delante de Dios, símbolo del poder divino, que dividió el Mar Rojo. Después de haber reunido a la congregación frente a la peña, dijo: ”¡oíd ahora, rebeldes!” (Nm. 20:10) y golpeó la peña con su vara dos veces, y desde allí brotó agua en abundancia. Israel fue un pueblo muy quejoso y murmurador, no obstante, Dios le concedió Su misericordia.

Pero Moisés no acató el mandato de Dios, sino conforme a su temperamento, no lo santificó. El castigo de Dios fue que no entrará a la Tierra Prometida, debido a su temperamento e incredulidad. El líder no debe actuar según sus emociones, sino conforme a la Palabra de Dios. Debemos glorificar a Dios con nuestro accionar y palabras, y manifestar Su santidad en todo momento.
Ante la falta de agua, el pueblo de Israel, responsabiliza a sus líderes, Moisés y Aaron, provocando una discusión. Así, descargaron su descontento, culpándolos de intentar matarlos, olvidando la devoción con que los guiaron desde el Éxodo. Dejándose llevar por su arrebato de ira, Moisés hace y dice lo contrario a lo que Dios había ordenado.
Por más injusto que parezca y enojados que estemos, no podemos subestimar la santidad y la gloria de Dios. A pesar de desobedecer a sus líderes, Dios le ofrece a Su pueblo, que atraviesa dificultades, una solución. Por tanto, siempre debemos confiar en Dios, que siempre es bueno y está en lo correcto, y ser fieles, que es un ejemplo de la obediencia.
Dios desea que quitemos los arrebatos de ira y vivamos una vida de fe y obediencia.
Dios les guarde.





