
La Guajira y los guajiros saben que las regalías sostienen hasta el alumbrado público, el carbón no es solo un mineral, es columna vertebral, es empleo, es presupuesto, es comida en la mesa pero este año el Gobierno Nacional decidió que ya no más, que el carbón es suicida, que exportarlo es inmoral, y que las regiones que viven de él deben aprender a respirar aire limpio, aunque no tengan cómo pagar el recibo de la luz.
Pero además, lo más curioso o lo más triste, según cómo se mire es que esta decisión no cayó del cielo, no fue sorpresa, algunos lo dijimos en campaña, lo escribimos, lo advertimos, lo gritamos en columnas, foros y redes; yo mismo publiqué un artículo en plena contienda presidencial, alertando sobre los riesgos de votar por un modelo político que desprecia la economía extractiva sin ofrecer alternativas reales, hablé de lo que pasaría si se cerraban las minas sin transición, sin inversión, sin presencia institucional y vaya que me llovió.
Un minero, con casco en mano y rabia en el teclado, me escribió un mensaje grosero, lleno de insultos y frases que no se pueden repetir aquí, me dijo que yo no sabía lo que era trabajar, que el carbón era su vida, y que el nuevo gobierno iba a dignificar su oficio; un familiar cercano, convencido de que el “cambio” era la única salida, me dejó de hablar, me bloqueó en redes, me sacó de los grupos de WhatsApp y me acusó de “elitista”, como si no fuera poco, un político ferviente defensor del nuevo modelo, me dijo en público que yo no sabía nada de política, que estaba desinformando, y que el pueblo ya había decidido.

Hoy los tres están desempleados, el minero fue despedido tras la caída en exportaciones, mi familiar busca trabajo en una alcaldía que ya no tiene presupuesto porque las regalías se evaporaron y el político, que antes hablaba de justicia social, ahora ruega por una cita en Bogotá para pedir que no cierren el último frente de trabajo en su municipio; los tres tienen compromisos pendientes, deudas acumuladas y una nueva visión del “cambio”.
Mientras tanto, el Gobierno brilla por su ausencia, en La Guajira y Cesar, los proyectos de energía solar y eólica avanzan a paso de tortuga, sin empleos masivos ni ingresos equivalentes; las oficinas de transición energética están llenas de papeles, pero vacías de soluciones y los municipios, que antes recibían millones en regalías, ahora hacen malabares para pagar la nómina; la reconversión productiva suena bien en los discursos, pero aquí en el Caribe, lo que se necesita es inversión, presencia estatal y respeto por la realidad local.
Porque sí, el carbón contamina, nadie lo niega pero también alimenta, por eso para su despedida debe irse con alternativas claras, con planes concretos, con justicia territorial, no con decretos sorpresivos, ni con discursos moralistas que ignoran la economía real; no se puede apagar el carbón sin encender algo más, pues hasta ahora, lo único que se ha encendido es la indignación y las promesas de justicia social incumplidas.
Así que aquí estamos, con el carbón en caída libre, con las minas cerrando, con los votantes arrepentidos y con los críticos reivindicados, no por tener razón, sino por ver cómo la realidad les dio la razón; por mientras tanto, seguimos esperando que el Estado aparezca habiendo que la llamada transición sea algo más que una palabra bonita para que el Caribe deje de ser paisaje y se convierta en prioridad.
Porque si algo nos ha enseñado esta historia, es que votar sin entender las consecuencias puede salir caro, hoy es el carbón, aunque oscuro, iluminaba más que muchas promesas.






