Edicion septiembre 28, 2026
Luis Liñán Barros.

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Columnista - Hernán Baquero Bracho
Columnista – Hernán Baquero Bracho
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Hay despedidas que duelen más que otras, porque hay seres humanos cuya partida deja un silencio tan profundo que parece que hasta los árboles se quedan callados. Así fue el adiós a Luis Liñán Barros, conocido cariñosamente como “Lucho”, un hombre que no solamente perteneció a Urumita y a Villanueva, sino que dejó afectos sembrados en muchos rincones de La Guajira. El día de su sepelio eñ lunes 21 de septiembre, la Iglesia Santo Tomás de Villanueva resultó pequeña para contener tanta tristeza, tanto cariño y tantas personas que llegaron a decirle, por última vez, adiós a un amigo entrañable.

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Lucho Liñán fue un profesional formado en la Universidad Nacional, como arquitecto, servidor público y exsecretario de Obras de La Guajira. Fue un hombre que conoció el lenguaje de los planos, de las obras y de los proyectos, pero que también aprendió algo mucho más importante: el lenguaje del corazón. Su vida estuvo dedicada a construir, y quizá por eso su verdadera obra no quedó solamente en las construcciones materiales, sino en las personas que tocó con su amistad, su generosidad y su manera especial de relacionarse con los demás.

Su hija Liza Liñán Fuentes, ingeniera civil y compañera de vida del artista villanuevero Junior Santiago, pronunció unas palabras que parecían salir directamente del alma. “Papi, tú fuiste un hombre que construyó”, dijo, recordando que construyó obras, caminos, proyectos y sueños, pero también una familia. Y esa frase resume quizá la dimensión más hermosa de Lucho: detrás del profesional estaba el padre; detrás del servidor público estaba el esposo; detrás del hombre de carácter estaba el amigo; y detrás del arquitecto estaba un ser humano profundamente sensible.

Desde noviembre de 2021, la familia comenzó un largo camino de lucha. Fueron casi cinco años de tratamientos, preocupaciones, noches difíciles, oraciones, lágrimas y esperanza. Sus cuatro hijas —Ángela María, Loly Luz, Julia María y Liza Marieth— permanecieron a su lado, unidas por ese amor que ni siquiera la enfermedad pudo quebrar. Liza lo expresó con una verdad conmovedora: aquellos años también fueron una oportunidad para decirle muchas veces cuánto lo amaban.

Hoy, cuando Lucho ya emprendió el último viaje, esas palabras adquieren otra dimensión. Porque existen padres que se van físicamente, pero que permanecen viviendo en las costumbres, en las conversaciones, en los consejos y hasta en los silencios de sus hijos. Lucho seguirá presente en cada una de sus cuatro hijas, en sus nueve nietos y en sus dos bisnietos, quienes llevarán consigo la memoria de aquel hombre que construyó una familia con cimientos fuertes.

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Al lado de Lucho estuvo Mireya Fuentes, su compañera de vida, la mujer con quien conformó un hogar feliz y a quien sus hijas llaman cariñosamente “Mire”. Juntos levantaron una familia de la que Lucho se sentía orgulloso: Ángela María, Loly Luz, Julia María y Liza Marieth, cuatro profesionales que fueron parte fundamental de su vida. Ahora ellas tienen una misión todavía más grande: continuar caminando juntas, acompañando a su madre y manteniendo encendida la memoria de ese hombre que fue el centro afectivo de sus vidas.

Luis Liñán Barros.
Luis Liñán Barros.

Pero Lucho no fue solamente un hombre de ciudad, de oficina, de proyectos y de responsabilidades públicas. Su corazón tenía raíces profundas en el campo. Amaba Los Manantiales, su potrerrito, el río Marquezote, los bosques, el paisaje y aquella tranquilidad que lo conectaba con sus orígenes. Su hija Liza recordó precisamente ese amor por la naturaleza, imaginándolo ahora caminando nuevamente por sus campos, sin dolor ni enfermedad.

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Y Los Manantiales fue mucho más que un predio para Lucho. Fue una declaración de amor a la naturaleza. En sus más de doscientas hectáreas encontró un tesoro ambiental de bosques primarios que quiso preservar incluso después de su muerte. Por eso, hasta la última semana de su vida, le pidió a Liza que llamara a su amigo Samuel Lanao Robles, director de Corpoguajira, para insistir en que la entidad adquiriera Los Manantiales, una propuesta que ya había formulado anteriormente. Era como si Lucho quisiera dejarle a su tierra un último regalo: un bosque convertido en legado.

Ese gesto dice mucho del hombre que fue. Mientras otros piensan en lo que pueden llevarse cuando parten, Lucho estaba pensando en lo que podía dejar. Quería que aquellos bosques continuaran respirando, que sus manantiales siguieran hablando con el agua y que las futuras generaciones pudieran conocer ese pedazo de naturaleza que tanto amó. Su última voluntad ambiental fue, de alguna manera, otra forma de construir.

Lucho fue también un hombre de profundas raíces urumiteras. Urumita lo vio nacer, crecer, luchar y convertirse en profesional; Villanueva se convirtió en su tierra adoptiva y en uno de los lugares donde cosechó afectos inolvidables. Su vida fue un puente entre dos pueblos hermanos que el día de su partida se encontraron nuevamente para acompañarlo. Urumita y Villanueva lloraron juntos a uno de sus hijos queridos.

Y tenía que ser así, porque Lucho fue un hombre de amigos. De esos amigos que no se cuentan por cantidad, sino por profundidad. Uno de ellos fue Rodrigo Socarrás Sánchez, con quien construyó una amistad que terminó transformándose en verdadera hermandad. Por eso sus hijas Margarita y María Xilena lo lloraron como a un padre. Margarita, además, estuvo pendiente de cada detalle durante sus exequias, demostrando que los lazos verdaderos no necesitan apellidos compartidos para convertirse en familia.

También existió una especial amistad con su pariente Ospicio Baquero Herrera. Fueron afectos nacidos de la sangre, pero fortalecidos por la convivencia, la confianza y el respeto. Porque Lucho tenía esa virtud: sabía convertir una relación en un vínculo y una amistad en una hermandad.

Quizás por eso el día de su funeral el lunes 21 de septiembre se produjo aquel impresionante río humano de cariño. La Iglesia Santo Tomás de Villanueva no pudo contener a quienes llegaron a acompañarlo. Había gente de Villanueva, de Urumita, de Riohacha, de Uribia, de Maicao y de otros lugares donde Lucho había dejado una palabra amable, una amistad, una historia o un gesto de solidaridad. Aquella multitud fue el verdadero homenaje que ningún diploma, ninguna placa ni ningún reconocimiento podría superar.

Las campanas parecían tocar aquella tarde lunes 21 de septiembre por un hombre que había sabido ganarse el afecto de su gente. No era solamente el sepelio de un arquitecto, de un exsecretario de Obras o de un ciudadano reconocido. Era la despedida de Lucho, del amigo, del hermano, del padre, del esposo, del abuelo y del ser humano que consiguió algo que no se compra ni se hereda: el cariño sincero de quienes lo conocieron.

Su hija Liza lo definió también desde sus raíces. Recordó al hijo de un carpintero y de una mujer dedicada a su hogar; al mayor de nueve hermanos; al joven que tuvo que superar dificultades, estudiar y abrirse camino hasta convertirse en profesional. Fue una historia de sacrificio, esfuerzo, servicio, creatividad, amistad y amor por la familia y por la tierra.

Hay una imagen especialmente hermosa en las palabras de sus hijas: la del muchacho que salió a coger algodón y que después se fue a Valledupar, Bogotá y Medellín para alcanzar sus sueños. Aquel joven que partió con humildad y dificultades terminó construyendo una vida, un nombre y una familia. Fue, como ellas mismas lo dijeron, el primer profesional de unos padres que no sabían leer, pero que le enseñaron algo más valioso que cualquier libro: el amor y la importancia de la familia.

También fue un hombre creativo. Le gustaba pintar, tomar un pincel, un lápiz y dejar que sus manos expresaran aquello que llevaba dentro. Le gustaba bailar, escuchar música y disfrutar de esos instantes sencillos en los que la vida se vuelve celebración. Esa sensibilidad explica, quizás, por qué podía mirar un paisaje y encontrar en él algo que otros no veían.

Ahora queda su recuerdo. Quedan sus conversaciones, sus ocurrencias, sus historias, sus consejos y esa manera particular de hacer sentir importantes a quienes estaban cerca. Quedan sus amigos, sus hermanos, sus sobrinos, sus hijos, sus nietos y todos aquellos que alguna vez compartieron con él un momento de alegría. Porque la vida, como bien lo expresó Liza, también se mide por las personas que uno deja en el camino. Y Lucho dejó muchas.

Quizás por eso su despedida no fue solamente un funeral. Fue una manifestación colectiva de gratitud. Un pueblo acompañando a un hombre que durante 81 años caminó por esta tierra dejando huellas. Un río humano de cariño avanzando detrás de un féretro, mientras en cada rostro podía leerse una historia diferente con Lucho.

Hoy sus hijas lloran, y tienen derecho a llorar. Lloran porque lo amaron, porque lo extrañarán y porque habrá momentos en que querrán llamarlo, pedirle un consejo o contarle algo y descubrirán que ya no podrán hacerlo como antes. Pero también tienen la esperanza que nace de la fe: la certeza de que la muerte no tiene la última palabra y de que algún día volverán a encontrarse.

Y entonces aparece aquella frase que seguramente quedará grabada para siempre en la memoria de su familia: “Papi, hasta aquí te podemos acompañar”. Qué manera tan dolorosa y hermosa de despedir a un padre. Hasta aquí llegó el paseo de LULIBA. Hasta aquí llegaron sus hijas tomadas de su mano. Ahora comienza para él otro viaje, mientras ellas se quedan con el corazón lleno de amor, recuerdos y gratitud.

Adiós, querido Lucho. Adiós al urumitero de cepa, al villanuevero por adopción, al arquitecto, al servidor público, al defensor de la naturaleza, al hombre de Los Manantiales, al amigo de tantos amigos y al padre que construyó la más importante de sus obras: su familia. Hoy la tierra recibe tu cuerpo, pero tus huellas quedan sembradas en ella. Quedan en Urumita, en Villanueva, en tus bosques, en tus amigos y, sobre todo, en el corazón de tus hijas.

Que Los Manantiales sigan guardando tu memoria; que el río Marquezote siga cantando entre sus paisajes; que los árboles que tanto amaste continúen elevándose hacia el cielo y que el viento lleve por esos caminos el eco de tu nombre. Porque los hombres buenos no desaparecen completamente: se convierten en memoria, en ejemplo y en raíces.

Hasta luego, Lucho. La estación de este viaje llegó a su final, pero la historia que construiste continuará viajando de generación en generación. Tu familia seguirá caminando, tus amigos seguirán recordándote y tus pueblos seguirán pronunciando tu nombre con cariño. Y mientras alguien recuerde tu sonrisa, tu amistad, tu amor por la tierra o alguna de tus historias, seguirás aquí.

Adiós a mi caro amigo, Luis Liñán Barros, “Lucho”. Hasta aquí te pudimos acompañar. Ahora te toca continuar el viaje. Nosotros nos quedamos aquí, con el corazón lleno de nostalgia, pero también con la inmensa gratitud de haberte conocido. Descansa en paz, querido Lucho.

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