Edicion marzo 24, 2026

Distorsión perceptiva: cuando el relato devora a la realidad

Distorsión perceptiva: cuando el relato devora a la realidad
Publicidad

Comparte

Columnista - Arcesio Romero Pérez
Columnista – Arcesio Romero Pérez

En psicología, la distorsión perceptiva ocurre cuando nuestro cerebro interpreta la información sensorial de manera errónea, creando una realidad que no coincide con los hechos objetivos. Vemos líneas rectas donde hay curvas, o movemos objetos estáticos. En la política, este fenómeno no es un accidente neurológico, sino una herramienta de ingeniería social. Y en la Colombia de hoy, esa distorsión se ha convertido en la moneda de cambio de una campaña que no busca solo gobernar, sino perpetuarse en una hegemonía que amenaza con cerrar el círculo de la libertad.

La teoría del engaño político no se basa en mentir descaradamente —aunque eso ocurre—, sino en saturar el entorno hasta que la mentira se vuelva más cómoda que la verdad. Es lo que los expertos en comunicación llaman “narrativa hegemónica”. Se trata de construir un espejo cóncavo donde el ciudadano solo puede verse reflejado si acepta la imagen que el poder le devuelve. Si la realidad económica duele, se culpa al pasado; si la inseguridad aumenta, se culpa a la conspiración; si las promesas no se cumplen, se culpa a la “resistencia” de las estructuras antiguas.

En este escenario, la izquierda que aspira a la perpetuación del poder ha perfeccionado el arte de la distorsión. No vende planes de desarrollo, vende redención. No ofrece gestión, ofrece lucha de clases. El populismo, ese viejo conocido de nuestra historia republicana, regresa con un traje nuevo pero la misma costura: la promesa de un paraíso terrenal a cambio de la entrega de las garantías institucionales.

Publicidad

El peligro radica en la “ceguera voluntaria” de un electorado cansado. Cuando el discurso político se centra más en el enemigo imaginario que en la solución concreta, estamos ante un síntoma de autoritarismo. La hegemonía no se consolida con votos, se consolida con el control de la percepción. Se trata de hacer creer que no hay alternativa, que el pensamiento crítico es traición y que la disidencia es un obstáculo para el “proceso histórico”.

En nuestra región, donde las necesidades son tangibles y urgentes, esta distorsión es particularmente dañina. Mientras se debaten ideologías en los altos círculos del poder central, el comercio local se asfixia, la inversión huye y la clase media se desdibuja. Sin embargo, bajo el efecto de la distorsión perceptiva, se nos pide celebrar la escasez como un sacrificio necesario para la utopía. Se nos invita a aceptar que la realidad es maleable si el relato es lo suficientemente potente.

Publicidad

La teoría del engaño nos enseña que el primer paso para la manipulación es la fatiga cognitiva. Un pueblo cansado, emocionalmente exhausto por la polarización, tiende a aferrarse al líder que le ofrece certezas simples, aunque sean falsas. La perpetuación en el poder depende de mantener ese estado de ansiedad constante, donde el ciudadano necesita al líder no como un administrador, sino como un salvador.

Colombia se encuentra en una encrucijada perceptiva. Podemos seguir mirando a través del lente empañado por el populismo, donde las promesas valen más que los resultados y la lealtad al partido más que la ley, o podemos limpiar el lente. La democracia no es solo ir a votar cada cuatro años; es la capacidad colectiva de distinguir entre el relato y la realidad.

Publicidad

La hegemonía perpetua es la antítesis de la democracia. Esta requiere rotación, crítica y, sobre todo, verdad. Si permitimos que la distorsión perceptiva se convierta en la norma, no solo habremos entregado el poder a un grupo político, habremos entregado nuestra capacidad de juzgar lo que es justo y lo que es conveniente. Al final, la cuenta de la ilusión siempre llega, y la paga con intereses la suele dar el mismo pueblo que, enceguecido, aplaudió la magia del ilusionista.

Es hora de exigir que la política vuelva a tratar sobre hechos, no sobre fe. Porque un país que pierde la capacidad de ver su propia realidad está condenado a tropezar una y otra vez con la misma piedra, mientras le dicen que el camino es plano.

Publicidad

úLTIMAS NOTICIAS

Noticias Más Leídas

Publicidad
Publicidad