Edicion marzo 2, 2026
Cuba: el próximo objetivo
Publicidad

Comparte

Columnista - Fabio Clareth Olea Massa (Negrindio)
Columnista – Fabio Clareth Olea Massa (Negrindio)

Lo ocurrido recientemente en Venezuela proyecta una sombra larga sobre Cuba. La caída del dictador Nicolás Maduro no solo altera el equilibrio político regional, sino que produce un efecto colateral evidente: coloca en la mira de Estados Unidos a la isla gobernada durante décadas por el castrismo y hoy encabezada por Miguel Díaz-Canel, que empieza a perfilarse como el próximo objetivo estratégico.

Cuba es el siguiente objetivo del binomio Donald Trump–Marco Rubio, y el presidente estadounidense no lo oculta. Por el contrario, el pasado viernes afirmó que “el gobierno cubano está en conversaciones con nosotros y quizás logremos una toma de control amistosa (friendly takeover) de Cuba”.

La sola referencia a un “control amistoso” descarta cualquier operación de carácter militar. No habrá, en el caso cubano, un libreto similar al venezolano. Estados Unidos no irá tras Díaz-Canel ni contra otros miembros del régimen por la vía de la fuerza.

Publicidad

En la isla, Trump juega otra partida: la de la presión económica combinada con negociación política. Tras la caída de Maduro, Cuba dejó de recibir el petróleo que Venezuela le suministraba en condiciones prácticamente subsidiadas. A ello se suma la advertencia de Washington de imponer aranceles a los países que continúen abasteciendo de crudo al régimen cubano, entre ellos México.

El resultado ha sido un desabastecimiento severo de combustible que explica el colapso que hoy vive la isla: no hay energía, no hay movilidad y buena parte del país está paralizada. Sectores estratégicos como el turismo han entrado en estado crítico. Miles de turistas canadienses y europeos han abandonado Cuba mediante vuelos especiales organizados por aerolíneas de sus propios países, mientras otras compañías permanecen en tierra, incapaces de operar por falta de combustible.

Publicidad

¿Y cómo sería esa negociación? No es difícil imaginarla si se conoce el espíritu empresarial del señor Donald Trump, un hombre que concibe la política exterior como un negocio en el que siempre hay que ganar. Cuando la situación llegue al límite para el régimen cubano, este tendrá que ceder, dejar a un lado el orgullo revolucionario y optar por negociar antes de que el malestar social termine desbordándose en las calles.

Trump, entonces, estará allí, como quien ya ha impuesto las reglas del juego, para decir: vengan, nosotros los ayudamos, pero…. Y es en ese “pero” donde aparecerán las condiciones. Porque para Trump —como para cualquier negociante— todo tiene un precio y nada es gratis.

Publicidad

Lo que sigue será un trabajo de carpintería política, similar al aplicado en Venezuela: una negociación gradual con el régimen cubano para forzarlo a introducir cambios políticos, económicos y sociales en la isla. Donald Trump ya dio una primera señal en esa dirección al flexibilizar sus restricciones a las exportaciones de petróleo, pero eso no será suficiente.

Marco Rubio, poderoso secretario de Estado y principal aliado político de Trump, no se conformará con gestos parciales y declaró que “Cuba necesita un cambio radical”. Cubano-americano, hijo de padres exiliados, irá por todo. No desaprovechará la oportunidad histórica para desmantelar un régimen de facto que considera opresivo del pueblo cubano y empujar, de una vez por todas, una salida que libere a Cuba del sistema que la ha gobernado durante más de seis décadas.

Antes de 1959, Cuba era una de las economías más dinámicas del Caribe. Con altos niveles de alfabetización, una clase media sólida y una intensa actividad comercial, La Habana se había consolidado como un centro financiero, turístico y cultural de primer orden en la región. A pesar de sus desigualdades y de un sistema político cuestionado bajo el régimen de Fulgencio Batista, el país mostraba indicadores de prosperidad y modernidad que lo situaban por encima de muchos de sus vecinos latinoamericanos.

Antes de la llegada de Hugo Chávez al poder, Venezuela era una de las naciones más ricas de América Latina. Su industria petrolera sostenía una economía robusta, con una amplia clase media, estabilidad institucional y una fuerte capacidad de atracción para migrantes de toda la región. Caracas simbolizaba modernidad y oportunidades, y el país figuraba como un referente de crecimiento y bienestar en el continente.

La historia, al parecer, empieza a moverse en una dirección distinta para Cuba. La posibilidad de la libertad comienza a asomarse al final del túnel tras décadas de oscuridad marcadas por la negación sistemática de los derechos humanos.

Dos regímenes dictatoriales, arropados por el socialismo, destruyeron dos países que hoy deben ser reconstruidos con democracia. El dicho popular de que “a cada puerco le llega su San Martín” se cumple para los líderes cubanos. Este momento marca el principio de su fin; y para su pueblo, largamente sufrido, cobra sentido aquel otro refrán de que “no hay mal que dure cien años”.

Cuba y Venezuela enfrentan ahora una encrucijada histórica. La reconstrucción democrática no será automática ni gratuita, ni dependerá exclusivamente de un liderazgo externo. Pero la presión internacional, encabezada hoy por Donald Trump y su entorno político, ha reabierto un escenario que durante décadas parecía clausurado. El desenlace dependerá, en última instancia, de la capacidad de sus pueblos para aprovechar esa oportunidad y transformar el colapso en un punto de partida.   

Publicidad

úLTIMAS NOTICIAS

Noticias Más Leídas

Publicidad
Publicidad