
Empiezo 2026 con una convicción serena y profunda: la unidad de la sociedad civil no es un eslogan, es una forma de resistencia democrática. La viví en carne propia en un espacio donde jóvenes y mujeres dejaron de ser espectadores para convertirse en protagonistas de su destino. En un departamento acostumbrado a promesas rotas, este encuentro fue un recordatorio luminoso de que la transformación empieza cuando la gente se organiza, se forma y se escucha.
Lo que ocurrió no fue un acto protocolario. Fue un ejercicio de ciudadanía viva. Un proyecto que decidió apostar por lo que muchas veces se subestima: la capacidad de incidencia de las organizaciones sociales cuando cuentan con herramientas, acompañamiento y propósito. El fortalecimiento de organizaciones de jóvenes y mujeres para defender el derecho a la participación y la gobernanza democrática es, hoy, una de las rutas más claras para construir paz en el Caribe colombiano.
Este proceso es posible gracias a una alianza que honra lo mejor de la cooperación y de la Iglesia social: el Secretariado de Pastoral Social de Riohacha, el Secretariado Nacional de Pastoral Social / Cáritas Colombiana, y el respaldo de la cooperación internacional de la Generalitat Valenciana y Cáritas Diocesana de Orihuela–Alicante. No es menor decirlo: cuando la cooperación se hace con enfoque territorial y confianza en la gente, los resultados se sienten.
El objetivo fue claro y profundamente político en el mejor sentido de la palabra: promover la construcción de paz desde la gobernanza democrática local en La Guajira y el Magdalena, fortaleciendo seis organizaciones en municipios donde la participación suele ser frágil y, muchas veces, ignorada.
En Fonseca, corregimiento de Conejo, organizaciones como la Asociación Juventud Pacífica de Conejo (ASOJUPAC) y la Corporación Social y Cultural Manos a la Paz asumieron el reto de revisar políticas públicas de juventud, género y enfoque étnico con herramientas técnicas, no desde la intuición, sino desde el conocimiento. En Riohacha, la Fundación Arte Somos, FUNEVAS – Fundación Nuestra Esperanza y Vida por una Asistencia Social y Jóvenes por Riohacha demostraron que la juventud organizada puede dialogar con el Estado sin miedo y sin sumisión. En Dibulla, desde el corregimiento de La Punta de los Remedios, FUPROADESA aportó una mirada afrodescendiente y comunitaria que recuerda que no hay democracia sin inclusión étnica real.
Los resultados hablan por sí solos. Estas organizaciones hoy se reconocen como voces representativas en la defensa de derechos; participan en el diseño y seguimiento de políticas públicas locales; contribuyen a la erradicación de la violencia de género y a la transformación pacífica de conflictos; y han fortalecido su comunicación hacia la opinión pública y su articulación con otras redes de sociedad civil. Esto no es retórica: es capacidad instalada para la democracia.

Una de las estrategias más valiosas fue la realización de seis espacios de diálogo directo entre las organizaciones y las alcaldías de Riohacha y Fonseca. Pero antes del diálogo vino lo esencial: formación. Talleres donde jóvenes y mujeres aprendieron a usar herramientas técnicas de análisis para revisar el cumplimiento de políticas públicas. Esto es gobernanza democrática en acción. Esto es demostrar que la labor social de la Iglesia no sustituye al Estado, pero sí fortalece a la ciudadanía para exigirle mejor.
Luego vino un acto profundamente transformador: las organizaciones elaboraron documentos de recomendaciones formales para las alcaldías, insumos serios para mejorar políticas públicas. Allí estuvieron el director del Secretariado Nacional de Pastoral Social, Nelson Ortiz, y el director de Pastoral Social de Riohacha, el padre Yenner Orozco, acompañando no como figuras decorativas, sino como garantes éticos de un proceso que cree en la dignidad de la participación.
La Guajira necesita con urgencia una arquitectura cívica: redes de organizaciones que dialoguen entre sí, que construyan agendas comunes, que ejerzan veeduría, que incomoden con argumentos y que propongan con rigor. No para reemplazar al Estado, sino para obligarlo a funcionar mejor.
La paz, la gobernanza democrática y el desarrollo no se decretan desde Bogotá. Se construyen desde los territorios cuando la ciudadanía se reconoce como sujeto político.
Eso fue lo que vi en este espacio: jóvenes que no piden permiso para participar, mujeres que no aceptan ser escuchadas solo en el discurso, organizaciones afrodescendientes que reivindican identidad y desarrollo sin pedir disculpas.
La Guajira necesita más de esto y menos discursos vacíos. Necesita una sociedad civil formada, articulada y valiente; instituciones que escuchen; iglesias que acompañen sin imponer; cooperación que confíe en el territorio; y ciudadanos que entiendan que la democracia no es un evento electoral, sino una práctica cotidiana.
Salgo de este espacio con esperanza, pero también con responsabilidad. Porque cuando la sociedad civil se une, el poder deja de ser un privilegio y empieza a parecerse a un servicio. Y porque La Guajira no está condenada a la fragmentación: está llamada a ser ejemplo de cómo se construye paz desde abajo, con diálogo, con técnica y con humanidad.
En tiempos donde la polítiqueria está concentrada en tarimas, bailes y parece reducida a trincheras y egos, estos procesos nos recuerdan que la verdadera transformación nace cuando la ciudadanía se organiza y dialoga desde la dignidad. La Guajira necesita más de esto: más formación, más articulación, más confianza en su gente.
Este proyecto no es un punto de llegada. Es un punto de partida.
Una invitación abierta a creer que la paz se construye en los barrios, en los corregimientos, en las aulas comunitarias, en las mesas de diálogo donde la palabra ciudadana pesa.
Que este 2026 nos encuentre entendiendo algo esencial: cuando la sociedad civil se une, la esperanza deja de ser consigna y se convierte en política pública viva.
Y La Guajira tan golpeada como valiente tiene con quién hacerlo.






