
Mi abuelita a veces me mira como si fuera un desconocido. Hay días en los que no sabe dónde está, en los que pregunta lo mismo una y otra vez, y otros en los que simplemente guarda silencio. El Alzheimer ha ido borrando poco a poco partes de su memoria, pero no ha logrado borrar lo que significa para nosotros. Vivir esta enfermedad en casa nos ha enseñado que la salud mental no es solo un diagnóstico médico, sino una experiencia que atraviesa a toda la familia.
Enfermedades como el Alzheimer, el Parkinson o la depresión suelen explicarse con términos clínicos, pero rara vez se habla de lo que provocan en la vida cotidiana. No se habla del cansancio acumulado, de las rutinas que cambian, de los planes que se posponen ni del peso emocional que se aprende a cargar en silencio. Cuando una de estas enfermedades llega a la familia, nada vuelve a ser igual.
Con el Alzheimer de mi abuelita hemos tenido que hacer sacrificios que nunca imaginamos. Ajustar horarios, renunciar a descansos, reorganizar la vida alrededor de sus necesidades. Hemos aprendido a estar atentos todo el tiempo, a repetir con paciencia, a cuidar incluso cuando el cuerpo y la mente ya están agotados. Amar, en este contexto, también significa cansarse, frustrarse y aun así quedarse.
Hay momentos en los que la desesperación aparece. Momentos en los que duele ver cómo alguien que fue tan independiente ahora necesita ayuda para cosas básicas. Momentos en los que la impotencia pesa más que las palabras. A veces perdemos la paciencia, a veces nos sentimos culpables por querer escapar un instante de esta realidad. Nadie nos prepara para aceptar la sentencia más triste: que esta enfermedad no va a mejorar, que no existe una cura, que el camino no es hacia adelante sino hacia una despedida lenta y silenciosa.
Aceptar esa realidad es una de las partes más duras. Entender que lo único que podemos hacer es acompañar. No podemos devolverle los recuerdos, no podemos detener el avance del Alzheimer, pero sí podemos estar. Podemos tomar su mano, hablarle con cariño, respetarla incluso cuando ya no entiende. Acompañar se convierte en un acto de amor profundo, aunque esté lleno de tristeza.

Y aun así, en medio de todo esto, mi abuelita sigue siendo la persona más fuerte que conozco. Aunque esté perdiendo sus capacidades, aunque su memoria falle, aunque su mundo se vuelva confuso, sigue enfrentando cada día con una fortaleza silenciosa. Hay una dignidad inmensa en la forma en que continúa, incluso sin comprender del todo lo que sucede. Su resistencia no está en las palabras ni en los recuerdos, sino en su simple existencia.
Esta experiencia nos ha enseñado que las enfermedades mentales no definen a la persona. Mi abuelita no es su Alzheimer. Sigue siendo madre, abuela, historia y amor. Nos ha enseñado que la verdadera fuerza no siempre se ve en grandes actos, sino en seguir adelante aun cuando todo se va desvaneciendo.
Hablar de salud mental desde la experiencia es necesario. Porque detrás de cada persona con Alzheimer, Parkinson o depresión hay familias que aman, que se cansan, que se desesperan y que, aun así, continúan. Hay historias que no aparecen en los libros, pero que merecen ser contadas.
El Alzheimer puede quitarnos los recuerdos, las palabras y el tiempo compartido, pero no puede borrar lo que se construyó durante toda una vida. Mi abuelita sigue aquí, incluso cuando su memoria ya no está. Y mientras nosotros la sigamos mirando con amor, cuidándola con paciencia y acompañándola hasta el final, su historia no se pierde.
No podemos curarla ni devolverle lo que la enfermedad se ha llevado, pero podemos quedarnos. Podemos ser su memoria cuando la suya falle, su calma cuando el miedo aparezca y su hogar cuando todo se vuelva confuso. Acompañarla es nuestra forma de amarla, incluso cuando duele.
Mi abuelita está perdiendo muchas cosas, pero no su valor. Cada día que despierta y sigue adelante, aun en la confusión y el silencio, es un acto de valentía inmenso. En su fragilidad hay una fuerza que nos enseña a resistir, a amar sin condiciones y a entender que la verdadera fortaleza no está en recordar, sino en seguir existiendo con dignidad.
Tal vez llegue el día en que ya no recuerde ningún rostro, ninguna historia, ningún nombre. Pero mientras respire, mientras esté con nosotros, seguirá siendo la persona más fuerte que conozco. Porque perderlo casi todo y aun así seguir aquí es una forma de valentía que pocas veces se reconoce.
El Alzheimer avanza, sí, pero el amor también. Y cuando la memoria se apaga, el amor se convierte en la forma más pura de resistencia.






