Edicion febrero 18, 2026

Cuando el planeta empezó a poner límites

Cuando el planeta empezó a poner límites
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Columnista - Gonzalo Raúl Gómez Soto
Columnista – Gonzalo Raúl Gómez Soto

La primera entrega examinó el crecimiento económico desde un marco temporal peculiar: doce mil años. Notamos que, durante la mayor parte de la historia humana, la economía creció lentamente y sin perturbar gravemente los equilibrios del planeta. También notamos cómo en los últimos doscientos años, ese crecimiento se ha acelerado casi verticalmente.

En este punto, la pregunta central no es si el crecimiento es bueno o malo. Ese debate es ideológico y estéril. Una pregunta mucho más relevante es: ¿qué sostiene ese crecimiento materialmente?

Durante décadas, el pensamiento económico se centró en variables definidas endógenamente del sistema social: productividad, empleo, inversión, inflación, consumo. Las decisiones humanas, los incentivos, el mercado y las discusiones de políticas fueron amplias. Pero la discusión sobre una condición sustentadora previa, y quizás la más crítica, la base de recursos naturales que sostiene la actividad económica era mínima. No como una preocupación moral, o un paisaje de la naturaleza, sino como algo utilitario, material.

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Para capturar esta dimensión, aunque sea brevemente, se justifica una perspectiva antropocéntrica. No porque sea la más filosóficamente completa, sino porque es la más instrumental para el discurso público.

Supongamos que somos indiferentes a la naturaleza por su valor intrínseco. Supongamos que solo la valoramos por lo que nos da.

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Y nos da mucho. La naturaleza filtra el aire que respiramos y el agua que bebemos. Regenera los suelos que son necesarios para producir alimentos. Poliniza los cultivos. Regula los ciclos de lluvia. Ayuda a controlar enfermedades. Mantiene equilibrios químicos y biológicos que, sin ellos, no habría ciudades, ni salud pública, ni economía organizada. Estos procesos son lo que los especialistas llaman servicios ecosistémicos. En términos simples, son las funciones básicas que el planeta nos proporciona para vivir.

La pregunta empieza a hacerse más concreta. ¿Es posible que el tamaño en constante crecimiento de la actividad humana provoque el deterioro de estos servicios?

En caso de que la respuesta sea sí, una pregunta adicional es imperativa. ¿En qué marco temporal ocurre ese deterioro?

En las últimas décadas, para abordar estas preguntas, la ciencia del sistema terrestre ha propuesto un marco que es imposible de ignorar: los límites planetarios.

El uso de este enfoque se remonta a un grupo de científicos de distintas partes del mundo liderados por Johan Rockström en 2009. Desde entonces, ha sido utilizado en gran medida en el estudio de investigación del medio ambiente y la ciencia del clima.

Desde ya, es importante aclarar que un límite planetario no es una prohibición política, una declaración ambiental o una especie de consigna de estas. Más bien, se trata de un concepto con base científica. Es decir, que un límite planetario se refiere a un umbral biofísico, por lo tanto, se trata de un umbral a partir del cual un proceso esencial que regula e influye en el funcionamiento del planeta puede experimentar un cambio abrupto o el planeta puede entrar en un nuevo equilibrio que resulte menos favorable para la existencia de la humanidad.

Evolución del marco de límites planetarios. Fuente: Stockholm Resilience Center Licencia CC BY-NC-ND 3.0.
Evolución del marco de límites planetarios. Fuente: Stockholm Resilience Center Licencia CC BY-NC-ND 3.0.

La idea es sencilla, aunque sus implicaciones sean profundas: el planeta funciona gracias a ciertos procesos que mantienen condiciones relativamente estables. Cuando esos procesos se presionan más allá de ciertos umbrales, el sistema deja de comportarse como antes. No colapsa necesariamente de inmediato, pero sí cambia de régimen.

Este marco identifica nueve dimensiones clave del funcionamiento del sistema Tierra. Nueve procesos que, en conjunto, delimitan lo que los científicos llaman un “espacio operativo seguro” para la civilización humana. Uno de ellos es el cambio climático, pero no es el único. Y aquí aparece un punto crucial: reducir la crisis ecológica únicamente al clima es una forma de simplificar un problema que es mucho más amplio.

Sin embargo, junto al clima hay otras dimensiones igualmente decisivas: cambios en el uso del suelo (la transformación masiva de ecosistemas a agricultura, ciudades o infraestructura), pérdida de biodiversidad (la reducción de especies y vida silvestre que se acelera rápidamente), desequilibrio de flujos biogeoquímicos (nitrógeno y fósforo alterados debido al uso masivo de fertilizantes), presión sobre las aguas dulces, contaminación química, acidificación oceánica y otros procesos que rara vez ocupan titulares y, sin embargo, sostienen lo que normalmente llamamos “normalidad”.

¿Es legítimo este enfoque? No se trata de alguna teoría marginal o moda académica. Surge de décadas de investigación interdisciplinaria y actualmente se está utilizando para evaluar riesgos sistémicos a escala global. No es una opinión, sino más bien un intento de organizar sistemáticamente la evidencia con el fin de comprender un problema complejo.

Lo que preocupa es que este marco no se limita a la afirmación de que hay límites. Sugiere que algunos de esos límites ya están siendo tensados e incluso superados.

No significa que el mundo se ‘acabará’, sino algo más cogente y serio: que la estabilidad medioambiental que mantuvo la civilización humana durante miles de años ya no se puede dar por sentada.

En este punto, vale la pena amplificar sobre algo fundamental. Hablar de límites planetarios no es hablar de la naturaleza como un tema aislado de la vida social. Es hablar de las subestructuras físicas de los sistemas que suministran agua, comida, salud, economía y bienestar. Es hablar del suelo invisible que sostiene la vida colectiva. Cuando ese suelo comienza a agrietarse, lo que se está dañando no es una idea ambiental, sino la propia posibilidad de seguir viviendo como si nada estuviera sucediendo.

En la próxima entrega, abordaremos un aspecto que tiende a cambiar todo el sentido de la discusión: qué sucede cuando los sistemas no responden de manera proporcional, el significado de cruzar umbrales y por qué el llamado punto de no retorno no es una metáfora alarmista, sino una categoría científica con serias implicaciones.

Aquí comenzamos a entender por qué los límites del planeta no se expresan con suavidad, y por qué confiar en la idea de ‘siempre habrá tiempo para corregir’ puede ser una de las ilusiones más peligrosas del presente.

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