No se puede llamar progreso a un modelo que ignora la geografía y desprecia la dignidad de su gente. Desde la distancia, mi corazón se inunda con Montería y Riohacha: dos tierras que hoy lloran el mismo abandono estatal.

Cómo duele, a la distancia, ver a gran parte de Montería sepultada bajo las aguas, a la gente sufrir al desocupar sus casas; ver la corriente de agua arrastrando animales y barrios enteros inundados. La desolación producida por la tragedia golpea fuerte mi corazón de cordobés. Es la lucha entre la naturaleza, la vida y la muerte; el rostro del desastre ensañándose con la gente más humilde es lo que hoy padece Córdoba.
Aunque tengo el corazón dividido entre cordobés y guajiro, los lazos que me ligan con aquella tierra jamás se han roto. Allí viven mi familia y mis amigos; allí dejé parte de mi vida y tengo enterrados a mis muertos. Sufro tanto como quienes hoy tienen el agua al cuello, padeciendo los embates de una naturaleza que golpea, inclemente, a una tierra bendita. No es solo un asunto de cifras; es el desmoronamiento del esfuerzo de toda una vida para miles de familias que ven su patrimonio disolverse en el barro.
El paraíso que se ahoga en su riqueza
De niño escuchaba por La Voz de Montería un eslogan que repetía con orgullo: “Los valles del Nilo, el Misisipi, el Támesis y el valle del Sinú: las tierras más fértiles del mundo”. Esa proclama no era una exageración; celebraba una realidad de abundancia. Y es que Córdoba es de las regiones más feraces del planeta, bendecida por el limo de sus ríos. Sin embargo, este paraíso hoy, irónicamente, se ahoga en su propia riqueza hídrica.
Durante décadas, se nos vendió la represa de Urrá como la panacea del desarrollo. Se prometió que la energía traería progreso y el control de inundaciones sería un hecho. Pero la realidad es otra: hoy, la hidroeléctrica es parte del problema. Cuando la presa alcanza niveles críticos y libera aguas, el Sinú busca su cauce natural con fuerza devastadora. Es la consecuencia de la soberbia humana intentando alterar ecosistemas milenarios sin entender su dinámica. A esto se suma un crecimiento urbano miope en Montería, expandido sobre zonas de amortiguación (humedal Berlín). Al pavimentar nuestras “esponjas” naturales, el agua no se filtra e inunda calles y hogares.

Entre el cinismo y el desplante político
Dice el dicho que “no hay cuña que más apriete que la del mismo palo”. Qué profunda pena que un presidente nacido en Córdoba, conocedor del problema, en lugar de traer soluciones llegara al Consejo de Ministros en Montería a señalar culpables y revivir rencillas políticas. En medio del barro, el liderazgo debería ser un bálsamo, no una provocación. Fue tal la actitud que el propio gobernador, Erasmo Zuleta, tuvo que recordarle con decoro al presidente que no era momento de ataques, sino de unidad.
Resulta cínico escuchar discursos sobre corrupción del que nombró a los responsables de saquear la UNGRD. Es inaceptable que una entidad creada para prevenir estas catástrofes fuera convertida en la “caja menor” para comprar apoyos en el Congreso, mientras el pueblo cordobés necesita recursos urgentes para atender la emergencia. Más lamentable aún fue la descortesía con los alcaldes afectados; ver a los líderes locales sentados en el suelo, fuera del recinto, retrató la desconexión del poder central. Y como si la desfachatez no tuviera límites, mientras la gente salvaba lo poco que le quedaba, el mandatario se marchaba a la Isla de Gorgona con su novia, ignorando que el dolor no tiene vacaciones.

Dos tierras unidas por la misma desidia
La tragedia de Córdoba debe dejarnos lecciones que trasciendan la emergencia. La primera es que el agua tiene memoria y siempre reclamará lo suyo. La segunda es que no podemos llamar “progreso” a un modelo que ignora la geografía. Córdoba necesita prevención estructural, no solo camiones con ayudas que llegan cuando ya todo se ha perdido.
Pero si lo de Córdoba es de gran magnitud, en Riohacha el panorama es igualmente desolador. Un frente frío provocó un aguacero torrencial en vísperas del 2 de febrero, día de la “Vieja Mello”, patrona de la ciudad. Lo que debía ser una fiesta de fe se transformó en emergencia sanitaria por el vertimiento de aguas negras. Es el drama recurrente de una capital que sucumbe ante un alcantarillado deficiente.
La bella y acogedora Montería, ciudad de las golondrinas donde me crié, y Riohacha, la tierra que me recibió como a un hijo, hoy se ven hermanadas por la tragedia y el abandono estatal. Aunque las causas técnicas de sus desastres sean distintas, el llanto de la madre que lo pierde todo en el barrio Vallejo de Montería suena igual al de la familia inundada en Riohacha. El dolor es el mismo, y a mí, me duele por igual.







