Por Erika Patricia Romero Monterrosa
Hay pueblos que protestan por promesas incumplidas. Otros lo hacen por oportunidades perdidas. En Albania, La Guajira, la comunidad salió a las calles por algo mucho más básico: el agua.
Durante seis días, decenas de habitantes permanecieron frente a la Alcaldía Municipal exigiendo respuestas a una crisis que, según denuncian, se ha convertido en una constante para cientos de familias. La imagen fue contundente: ciudadanos inconformes, actividades administrativas paralizadas y una población reclamando algo que debería ser elemental para cualquier ser humano.
Pero entre todas las voces que surgieron durante esos días, hubo una frase que llamó especialmente la atención. La alcaldesa manifestó que ella también tenía sed. Que también entendía el clamor de la comunidad que incluso se sumaba a ese sentimiento de impotencia que hoy comparten miles de habitantes del municipio.

Más allá de las interpretaciones políticas que puedan hacerse de esa afirmación, el mensaje deja una reflexión de fondo: cuando gobernantes y ciudadanos coinciden en el mismo reclamo, es porque el problema ha superado las fronteras de una discusión local. Es una señal de que la solución requiere el compromiso de todos los niveles del Estado.
Hoy la protesta ya terminó. Los acuerdos alcanzados permitieron recuperar la normalidad institucional y abrir una nueva ruta de diálogo. Sin embargo, sería equivocado pensar que con ello se resolvió la crisis. Lo que se levantó fue la manifestación; lo que permanece es el problema de fondo.
Las familias siguen necesitando agua. Los barrios continúan esperando soluciones estables. Y la incertidumbre persiste sobre cuándo llegará una respuesta definitiva para una situación que no es nueva y que, por el contrario, se ha repetido durante años.

Quizás esta crisis también deba servir para algo más que encontrar soluciones inmediatas. Debe invitarnos a reflexionar sobre el verdadero valor del agua. Solemos recordar su importancia cuando falta, cuando se convierte en motivo de angustia o cuando una comunidad entera debe salir a las calles para exigirla. Sin embargo, el agua no debería ser noticia por su ausencia. Debería ser una garantía permanente para todos los ciudadanos.
Lo ocurrido en Albania también debería ser un llamado para que el país vuelva la mirada hacia este rincón de La Guajira.
Porque detrás de las cifras, los informes y las reuniones institucionales hay personas que esperan respuestas concretas a una necesidad básica.

Albania es La Guajira. Y La Guajira también es Colombia.
Por eso lo que sucede aquí no puede seguir viéndose como un problema distante.
Es una responsabilidad colectiva que exige atención, inversión y decisiones que trasciendan los anuncios y los compromisos temporales.
Porque cuando una comunidad debe salir a las calles para exigir agua, el problema no es únicamente de Albania. Es un recordatorio de las deudas que Colombia aún tiene con parte de su territorio.
La protesta terminó. La sed, lamentablemente, sigue esperando una solución definitiva….






