Edicion octubre 28, 2026

Los valores se enseñan en casa, no se improvisan en la escuela

Los valores se enseñan en casa, no se improvisan en la escuela

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Columnista - Alcibíades Núñez Manjarres
Columnista – Alcibíades Núñez Manjarres
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La educación de un niño no comienza cuando cruza por primera vez las puertas de una institución educativa, recibe un cuaderno o escucha las explicaciones de su maestro. La verdadera formación empieza en el hogar, donde los padres tienen la responsabilidad de sembrar los principios y valores humanos que acompañarán a sus hijos durante toda la vida. Allí se construyen las bases del respeto, la honestidad, la responsabilidad, la solidaridad y la convivencia ciudadana.

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Sin embargo, resulta preocupante observar cómo algunas familias han trasladado a las instituciones educativas responsabilidades que les corresponden desde los primeros años de vida de sus hijos. Hoy pareciera que ciertos padres esperan que los maestros, además de enseñar matemáticas, lenguaje, ciencias sociales, contabilidad y demás asignaturas, también deban enseñar a saludar, respetar a los mayores, decir la verdad, pedir disculpas y cumplir las normas. La escuela debe fortalecer los valores, pero jamás podrá reemplazar la educación que corresponde brindar en el hogar.

El respeto es uno de los primeros valores que deben inculcarse desde la infancia. Respetar significa reconocer la dignidad de los demás, escuchar opiniones diferentes y comprender que nuestros derechos también implican deberes. Igualmente, la honestidad debe enseñarse mediante el ejemplo, porque no podemos exigirles a nuestros hijos que digan la verdad si nos observan mintiendo o justificando comportamientos incorrectos. La responsabilidad, la solidaridad, la tolerancia, la empatía y la gratitud también deben formar parte de la educación familiar.

Enseñar a los niños a cumplir sus compromisos, reconocer sus errores, ayudar a quienes lo necesitan y respetar las diferencias constituye una preparación indispensable para su vida escolar y social. Estos valores no aparecen espontáneamente cuando el estudiante llega al colegio; se construyen diariamente mediante el acompañamiento, el diálogo y el buen ejemplo. Otro aspecto preocupante es el debilitamiento de la autoridad y de los límites en algunos hogares. En nombre del amor, ciertos padres permiten comportamientos inadecuados, justifican las faltas de sus hijos y, en ocasiones, desautorizan a los docentes cuando intentan hacer cumplir las normas institucionales. Educar con amor no significa permitirlo todo. Los niños necesitan orientación, disciplina, reglas claras y consecuencias justas, siempre mediante el respeto y nunca a través de la violencia o la humillación. En numerosas instituciones educativas de Colombia, especialmente en la región Caribe y el departamento de la Guajira, los maestros enfrentan situaciones que van mucho más allá de sus responsabilidades académicas.

Deben intervenir en conflictos de convivencia, orientar comportamientos y acompañar dificultades familiares que afectan el aprendizaje. No obstante, también es necesario reconocer que la pobreza, la violencia, las extensas jornadas laborales y las dificultades sociales limitan las posibilidades de acompañamiento de muchas familias. Por esta razón, resulta indispensable fortalecer la alianza entre padres de familia y docentes. Los padres no deben acercarse al colegio únicamente cuando sus hijos obtienen malas calificaciones o reciben una citación disciplinaria. Su participación debe ser permanente, mediante el seguimiento académico, la comunicación con los profesores y, especialmente, el ejemplo que ofrecen en sus hogares. También preocupa la influencia de las redes sociales y los dispositivos electrónicos. Muchos niños pasan largas horas frente a las pantallas, expuestos a contenidos que pueden promover el irrespeto, la agresividad y la intolerancia. Aunque la tecnología ofrece importantes oportunidades educativas, jamás podrá sustituir una conversación familiar, un abrazo, una orientación oportuna o el tiempo compartido entre padres e hijos.

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Un padre puede comprarle a su hijo el teléfono celular más moderno, los mejores zapatos o costosos regalos, pero ninguno de esos objetos reemplaza el amor, la atención y la formación en valores. Los hijos aprenden más de lo que ven que de lo que escuchan. Si queremos hijos respetuosos, debemos actuar con respeto; si deseamos hijos honestos, debemos practicar la honestidad; y si aspiramos a formar jóvenes responsables, tenemos que demostrar responsabilidad en nuestras propias actuaciones. La Constitución Política de Colombia, en su artículo 67, establece que el Estado, la sociedad y la familia son responsables de la educación. Por consiguiente, formar ciudadanos íntegros exige un compromiso compartido. No podemos pretender que un maestro corrija en unas pocas horas comportamientos que durante años han sido tolerados en otros espacios. Colombia necesita médicos, ingenieros, maestros, empresarios y profesionales competentes, pero, por encima de todo, necesita seres humanos honestos, solidarios, respetuosos y comprometidos con el bienestar colectivo.

De poco sirve acumular títulos académicos si se carece de principios éticos y sensibilidad humana. Por eso, antes de preocuparnos exclusivamente por las calificaciones de nuestros hijos, deberíamos preguntarnos: ¿saben respetar a los demás?, ¿reconocen sus errores?, ¿cumplen sus deberes?, ¿son capaces de pedir perdón?, ¿agradecen lo que reciben?, ¿ayudan a quienes lo necesitan? Estas preguntas deberían ocupar un lugar fundamental en todos los hogares colombianos. Finalmente, es necesario enviar un mensaje a los padres de familia: no esperen que la escuela enseñe a sus hijos lo que ustedes deben comenzar a enseñarles desde la infancia. Enséñenles a saludar, agradecer, compartir, escuchar, respetar y cumplir sus responsabilidades. Pero, sobre todo, demuéstrenles con sus actuaciones que los valores no son palabras escritas en una cartelera escolar, sino principios que deben practicarse todos los días. Porque la escuela puede enseñar a leer, escribir, resolver ecuaciones y comprender la historia, pero la primera y más importante lección de humanidad debe comenzar en el hogar. Los padres son los primeros educadores, los maestros son sus aliados y la sociedad será el reflejo de los valores que juntos logremos sembrar.

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