
- Después oí la voz del Señor, que decía: “¿A quién enviaré y quién irá por nosotros?”. Entonces respondí yo: “Heme aquí, envíame a mi”.
Isaías 6.
Dios es el Rey de reyes, que gobierna al mundo desde Su trono celestial. En el año que murió el rey Uzías, Isaías vio desde el Templo al Señor, sentado sobre un trono alto. En esa época, abundaba la corrupción en Judá, y sufrían la amenaza de un posible ataque de parte de Asiria. En estas circunstancias, Isaías ve al verdadero Rey, a Aquel que gobierna el mundo entero desde Su trono celestial, y a los serafines que ministran en Su presencia. Ante la presencia del Dios Santo, siente mucho temor al ver su propia inmundicia, y confiesa que merece morir por haber visto la santidad de la Majestad. Cuando tenemos un encuentro personal con Dios, no podemos dejar de reconocer que somos pecadores.
Dios concede gracia a los que se acercan a Él en arrepentimiento y les da un llamado. Uno de los serafines se acerca a Isaías, todavía conmovido por el encuentro con Dios, purifica su boca con un carbón encendido y declara que su culpa es quitada y limpia de pecado. Llamado a ser profeta que anuncia la Palabra de Dios, necesitaba recibir purificación de su boca. Luego de haber recibido la gracia de la redención y la pureza de sus pecados, obedece inmediatamente el llamado divino con disposición.

Dios llama a Isaías a declarar juicio antes que salvación. Aún sabiendo que era un camino de poco reconocimiento humano, se consagra enteramente al llamado. Una persona que se consagra para el santo llamamiento, se transforma en “la simiente santa” en medio de la corrupción, para perpetuar la historia de la redención de Dios.
La maldad del hombre sale a la luz ante la presencia de Dios. Así, Isaías confiesa que es inmundo de labios al ver a Dios en el Templo.
Sin embargo, una vez recibe el perdón de los pecados y es purificado delante de Él, queda listo para el ministerio. El llamado es esencial para Dios y Él determina el propósito de nuestras vidas. La respuesta de Isaías diciendo: ”Heme aquí, envíame a mi”, nos muestra claramente que nuestra respuesta debe ser inmediata y devota. El llamado es un privilegio y un deber. Por más que sea diferente a nuestras expectativas, si es la Palabra de Dios, debemos obedecer.
Una vez que conocemos la presencia de Dios, nos arrepentimos profundamente y respondemos inmediatamente a Su llamado.
Dios les guarde.






