Edicion octubre 13, 2026

¡Oh!, Y ahora, ¿quién podrá defendernos?

¡Oh!, Y ahora, ¿quién podrá defendernos?

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Columnista - Betsy Barros Núñez
Columnista – Betsy Barros Núñez
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Quién no recuerda al Chapulín Colorado con sus antenitas de vinil, su saltadito contagioso y especialmente la frase que identifica a este personaje representado, tan originalmente, por Roberto Gómez Bolaños.

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Y es que el Chapulín, no es solo una figura de la comedia, un personaje gracioso o parte de un programa entretenido. Más allá de las risas, el mensaje siempre fue relevante y digno de ser analizado, aunque para algunos pudiera pasar inadvertido.

Los artefactos de apoyo del Chapulín —el chipote chillón, la chicharra paralizadora o las pastillas de chiquitolina— constituían una suerte de fuerza para este hombrecillo torpe, miedoso y sin superpoderes, pero sobre todo y sin lugar a dudas, héroe. La idea era la ejemplaridad, vencer los miedos y sacar de apuros a quién lo necesitaba.

Si de miedos y problemas se trata, ¿quién podrá escapar de ellos? Hasta los más valientes se rajan. Por eso los padres, los maestros, los superiores en ambientes laborales de cualquier índole, han de ser Chapulines Colorados para sus hijos, educandos y subalternos: super héroes y heroínas, sin poderes, pero dispuestos a dar lo mejor de sí. Especialmente en esa etapa difícil de la adolescencia cuando todo cambia, y los adolescentes se tornan independientes, rebeldes, poco comunicativos y parecieran romper los lazos con los padres.

Los padres creen conocer a sus hijos. Sin embargo, existe una parte de sus vidas que ocurre a kilómetro de su vista: en el colegio, con sus amigos, en las redes sociales, en conversaciones que ignoran y en experiencias que muchas veces prefieren callar.

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Hace unos días terminé de leer el libro de relatos de Lo que sabe la señorita Kim, de la escritora surcoreana Cho Nam-joo. El penúltimo relato que se titula “Y la niña creció” aborda una situación de acoso sexual en el entorno escolar.

Lo perturbador no es solamente el acoso. Lo perturbador es descubrir cuánto puede ignorar una madre sobre la vida de su hija cuando la comunicación se rompe.

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El entorno escolar, que debiera ser lugar seguro, no siempre lo es. El grupo de compañeros y amigos, en ocasiones no es espacio confiable. Los profesores que deberían ser guardianes, guías, ejemplos a seguir, también tienen sus sombras. Hay tanta cercanía entre unos y otros y, sin embargo, mucho es lo que se desconoce de ellos y entre ellos.

¿Cómo saber, si existen las máscaras, esas que ocultan los verdaderos rostros, las almas, las intenciones profundas? Detrás de ciertas conductas pueden existir historias y circunstancias incluso experiencias traumáticas durante la niñez. No obstante, las conductas de violencia y abuso no responden necesariamente a una única explicación, ni existe un perfil que permita identificar de manera anticipada un agresor.

Los adolescentes se enfrentan a situaciones que escapan al conocimiento de los padres. Por eso, perder la conexión con los hijos puede resultar peligroso. Especialmente cuando están sujetos a la autoridad y al poder característico del sistema educativo.

Se torna cotidiano el tema de la violencia sexual: violaciones, agresiones, abuso y acoso. Una preocupación especial que surge en los entornos escolares, donde las relaciones de confianza, disciplina y autoridad otorgan a los docentes una posición de poder que puede ejercerse directa o indirectamente.

Por su edad, experiencia, jerarquía y conocimiento, los profesores disponen de mucha información sobre sus educandos. En ocasiones, pueden llegar a conocer sus gustos, preferencias, inclinaciones; observar sus actitudes y aprovecharse de la cercanía. Y es entonces cuando puede producirse el tocamiento: tocar simulando comprensión, empatía o agrado. Aparecen los comentarios incorrectos, las insinuaciones y contacto físico no consentido. Todo ello deja al adolescente, niño o niña, en situación de desventaja.

La inocencia, el desconocimiento o la escasa experiencia dificulta que las víctimas comprendan lo que sucede, puedan reaccionar a tiempo o encuentren la manera de defenderse. Bajo el temor, la coerción y el ejercicio del poder y la fuerza, acaecen muchas cosas que los padres y la escuela ignoran o que, en ocasiones, algunos deciden omitir para proteger el buen nombre de la institución.

Para un niño, el profesor es alguien cercano, no simplemente un adulto. En su realidad, lo interpreta como alguien que sabe, manda, puede premiar y castigar. Alguien a quien sus padres han confiado no solo su formación, sino también su seguridad. Por eso, desde esta perspectiva, el abuso resulta particularmente grave y, desde todo punto de vista, cuestionable. En este contexto, un agresor revestido de autoridad representa un peligro inminente.

Algo semejante puede ocurrir en otros escenarios: el jefe frente al empleado, el comandante frente al subordinado, el funcionario frente al ciudadano o el político frente a quien depende de sus decisiones.

Los ambientes laborales, con sus relaciones de poder y autoridad, deberían sostenerse sobre los pilares de la confianza y el respeto mutuo. Sin embargo, pueden tornarse escenarios de abuso donde prima el miedo y el silencio, que muchas veces se esconde detrás de las persianas.

Parecen normalizarse cada día estas situaciones. Basta con leer la prensa, ver la televisión o recorrer las redes sociales para encontrarnos, una y otra vez, con noticias e historias de violencia sexual: acoso, abuso o violación. Y no se trata de una realidad circunscrita a un solo país. Aparece en Corea del Sur en España, en Colombia y, seguramente, en tantos otros lugares donde las víctimas enfrentan se enfrentan al mismo miedo, el mismo silencio y, a veces, las mismas dificultades para ser escuchadas

El lugar puede variar, pero el riesgo permanece latente en la casa, familia, el trabajo, la escuela, la universidad, la calle o incluso el transporte.

En algunas circunstancias, las víctimas denuncian los hechos ante sus superiores, los sistemas de control o las autoridades competentes, pero sus declaraciones son desatendidas o no escuchadas. Se amparan las jerarquías, el rango o nivel de poder del acusado. En el ámbito militar, por ejemplo, no es casual que se traslade a las personas involucradas o se remueva al subalterno o subalterna victimizado, mientras el asunto termina enterrado.

En el silencio se incuba el abuso de poder. Y el abuso sexual es una de sus expresiones más dolorosas.

Pero quizá una de las pesadillas más crueles sea la que ocurre puertas adentro, en el hogar. Es difícil comprender el dolor que puede infligir la propia sangre mediante el sometimiento, la tortura, la degradación y la explotación sexual. Se trata de una de las formas más abusivas de poder, en las que la autoridad, el parentesco y la dependencia se convierten en instrumentos de sometimiento.

Gabriel García Márquez lo recrea magistralmente en La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada: una adolescente de apenas catorce años, que, bajo el dominio de su abuela, es sometida a la explotación sexual. La figura que debería protegerla termina convirtiendo la relación familiar en mecanismo de sometimiento y degradación.

La realidad supera toda ficción.

En 2024, la Procuraduría general de la Nación informó sobre un caso en Pitalito, Huila, en el que una niña de 9 años habría sido obligada por su madre a mantener relaciones sexuales con su padrastro, bajo amenaza de ser expulsada de la casa. La entidad intervino para solicitar información sobre las medidas de protección y atención a la menor.
Ese mismo año, la Procuraduría se pronunció sobre el caso de una niña de trece años, en La Guajira, que habría sido entregada por sus propios padres a un hombre de cincuenta y cinco años. Según la información divulgada, el hombre habría pagado siete millones de pesos a la familia para llevársela a Santander, donde presuntamente abusó sexualmente de ella.

Al parecer, ningún espacio es totalmente seguro cuando quien debería proteger es quien somete. El riesgo salta las paredes, atraviesa las puertas y, aún en lugares destinados a salvaguardar atrapa a su presa. El miedo carcome. Y el silencio le pone mordaza al delito.

La desprotección frente a las denuncias y las investigaciones inconclusas, fallidas o sin resultados concretos se traduce en impotencia para quienes denuncian los agravios y en pérdida de credibilidad de la sociedad en el sistema de justicia. Esto supone sufrimiento y persecución para muchas víctimas. Y entonces, en la boca queda ese sabor amargo que nada apacigua.

Un caso emblemático ocurrió en España con Ismael Álvarez, entonces alcalde de Ponferrada, condenado en 2002 por acoso sexual contra la concejala Nevenka Fernández.

La película Soy Nevenka nos revela con crudeza este drama. Se trata de la producción española de corte biográfico, estrenada en cines en 2024. La película retrata a la concejala de Hacienda Nevenka Fernández, quien sufre la persecución sentimental y profesional del alcalde. Nevenka decide denunciarlo y, para ello, debe pagar un alto precio: La falta de apoyo de su entorno social y el juicio público al que la someten los medios de comunicación.

El caso Nevenka nos permite mirar el escenario de la política, donde las relaciones de poder pueden convertir en terreno fértil el abuso y donde las jerarquías, los intereses y el prestigio institucional pueden llegar a pesar más que las denuncias de una víctima.

En Colombia, la Corte Suprema de Justicia condenó en 2025 al general retirado Yuber Armando Aranguren Rodríguez por acoso sexual e injuria contra una subalterna, por hechos ocurridos en 2018. En diciembre de 2025, la Sala de Casación Penal confirmó la condena.

En otro caso conocido en Bogotá, un trabajador de un jardín infantil del ICBF fue judicializado por presuntos abusos sexuales contra menores…

Asimismo, se han conocido denuncias de presuntos hechos de violencia sexual contra menores estudiantes en los que los señalados agresores han sido profesores de escuelas de El Paso Cesar, Meta y Maicao, La Guajira.

En tal sentido, muchas escuelas, jardines e instituciones educativas deberían revisar con mayor rigor sus procesos de selección, evaluación y seguimiento del personal que trabaja con niños, niñas y adolescentes. Aunque esto, por sí mismo no garantiza que la violencia sexual desaparezca, pues no existe un único perfil que permita identificar anticipadamente a todo posible victimario.

También se precisan mecanismos de evaluación confiables y eficaces en el entorno laboral para asegurar un clima de trabajo basado en el respeto mutuo, así como un sistema de justicia comprometido con las víctimas, frente a la problemática social que exige atención y respuestas efectivas.

No puede etiquetarse a un agresor sexual como enfermo mental. Las heridas personales de un agresor pueden ayudar a explicar una conducta, pero jamás podrán justificarla. El dolor propio, cualquiera sea el origen, no concede licencia para destruir la vida de otro.

Ante el grito de ayuda… ¡Oh!, y ahora, ¿quién podrá defendernos?

Quizás no aparezca nadie con antenitas de vinil, chipote chillón, o pastillas de chiquitolina. Lastimosamente, en la vida real no contamos con estos recursos. Pero sí podemos contar con padres atentos que escuchan; maestros comprometidos que protegen; compañeros leales que no callan; una sociedad que no da la espalda a las víctimas; instituciones que investigan y autoridades que cumplen con su deber.

En estas circunstancias, el agresor, cualquiera sea este, no mostrará sus colmillos con descaro. Porque quizá de algún lugar inesperado salte un Chapulín Colorado que, cargado de satisfacción, exclame:

«¡NO CONTABAN CON MI ASTUCIA!»

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