
- “No ejecutaré el ardor de mi ira ni volveré a destruir a Efraín, porque Dios soy, no hombre; soy el santo en medio de Ti y no entraré en la ciudad”.
Oseas 11:9.
Dios recuerda al pueblo rebelde y traicionero, la gracia que le ha concedido en el éxodo egipcio. Siendo esclavo en Egipto, Dios lo llamó mi hijo y lo rescató. No obstante, Israel se olvidó de la gracia y el amor de Dios y ofreció sacrificios a Baal y a otros ídolos. De hijo amado, pasó a ser adúltero.
Pero Dios los amó con el corazón de un padre; les enseñó a caminar; los tomó en Sus brazos; les sanó sus heridas. Los atrajo con cuerdas de amor, les suplió en abundancia, y les dio libertad. Habiendo experimentado este gran amor, Israel se apartó de Dios y se negó a volver a Sus brazos. Las consecuencias de haber traicionado a un amor verdadero es el castigo de servir a otras naciones.
El amor de Dios hacia Su pueblo es inmutable y eterno. Dios no desechará para siempre a Efrain. Adma y Zeboim son dos ciudades vecinas a Sodoma y Gomorra que fueron destruidas con azufre y fuego debido a sus pecados (Gn. 14:8). De ninguna manera dejará Dios que Efraín perezca para siempre, ya que Su misericordia y su amor que se inflaman dentro de Él son más grandes que Su justicia e ira.
La gracia y la misericordia infinitas de Dios sobrepasan el entendimiento humano. Cuando Dios ruge como un león para restaurar a Su pueblo, los que están dispersos volverán temblando.

La máxima expresión del amor y la misericordia infinita de Dios es la cruz de Jesucristo.
Israel ignoró la Palabra de Dios y actuó a Su manera, como un hijo que se rebela ante el Padre que le dio vida y lo crió. A pesar de todo, Dios los guía fielmente. A menudo, nosotros también vivimos olvidando al Señor, aunque iniciamos la vida de fe prometiendo creer en Él y vivir acorde a Su Palabra.
No obstante, Dios no nos abandona y espera con ansias a que regresemos a Él. No hay nadie en el mundo que sea como Dios, que se compadece de nosotros y nos vuelve a levantar todas las veces que nos caemos, que perdona y nos acepta a nosotros que somos malagradecidos.
Dios nos ama, a sus rebeldes hijos, hasta el final sin abandonarnos.
Dios les guarde.






