Edicion septiembre 23, 2026

Pacho rivera, el rey que se quedó para siempre en la cuna

José Del Carmen Rivera Vásquez o como cariñosamente le llaman en Villanueva, ‘Pacho’ Rivera.

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Columnista - Hernán Baquero Bracho
Columnista – Hernán Baquero Bracho
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Hay hombres que llegan a un pueblo por las circunstancias de la vida, pero terminan quedándose porque el destino les tenía reservado un capítulo especial. Eso ocurrió con José del Carmen “Pacho” Rivera, un acordeonista de estirpe, un músico de raza y un hombre que terminó echando raíces profundas en Villanueva, la tierra que lleva en su nombre la música y que se convirtió para él en hogar, inspiración y familia.

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Pacho Rivera es de esos acordeonistas que no necesitan presentación porque su acordeón habla por ellos. Sus notas tienen la virtud de contar historias, de despertar nostalgias y de devolvernos a aquellas épocas en que el vallenato era, ante todo, sentimiento, amistad, parranda y autenticidad. Su trayectoria ha trascendido generaciones y su nombre quedó ligado para siempre a la historia musical de Villanueva.

Su camino artístico no comenzó exclusivamente con el acordeón. Como muchos de los grandes músicos de nuestra provincia, Pacho aprendió primero los secretos de otros instrumentos. Pasó por la caja, la tumbadora, la guacharaca, el bajo y los timbales, hasta encontrar en el acordeón el instrumento que terminaría convirtiéndose en la extensión de su alma. Esa formación múltiple le permitió comprender el vallenato desde adentro, desde cada uno de sus ritmos y desde la conversación musical entre sus instrumentos.

La historia de Pacho también tiene raíces familiares. La vena musical la heredó de su padre y de su abuelo José del Carmen Rivera, y junto a sus hermanos Pibe, Genaro y Pedro hizo parte de una familia donde la música no era una profesión cualquiera, sino una manera de vivir. Por eso, cuando Pacho se sentaba frente al acordeón, no solamente interpretaba melodías: estaba prolongando una tradición familiar.

Su nombre aparece desde hace décadas entre los protagonistas de los festivales vallenatos. En 1993, por ejemplo, ya figuraba entre los acordeoneros profesionales que disputaban la corona del Festival Cuna de Acordeones, junto a nombres de reconocida trayectoria. Aquellas participaciones fueron construyendo el prestigio de un artista que nunca necesitó artificios para demostrar la calidad de su digitación.

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Pero la historia de Pacho Rivera tiene un capítulo especial con el Festival Cuna de Acordeones. Su nombre quedó asociado a esa fiesta que representa el alma musical de Villanueva, y posteriormente alcanzó la corona en la categoría Primaveras del Ayer, demostrando que los años, lejos de apagar su talento, habían convertido su interpretación en una escuela de experiencia y sentimiento. En aquella competencia paseó por los cuatro aires tradicionales: paseo, merengue, son y puya.

Pacho no es solamente un rey por una corona. Es rey porque su acordeón ha sobrevivido al tiempo. Las coronas pasan, los trofeos envejecen y las fotografías comienzan a amarillear, pero las melodías permanecen. Y Pacho Rivera ha dejado melodías que siguen viajando de generación en generación, como esos ríos invisibles que atraviesan los pueblos llevando consigo la memoria de quienes alguna vez los hicieron sonar.

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Su trayectoria discográfica también forma parte de esa historia. Junto a Humberto Herrera conformó “Furor Guajiro”, agrupación con la que grabó canciones que alcanzaron gran aceptación popular, entre ellas “Qué hubo, qué tal”, de Diomedes Díaz. También desarrolló proyectos musicales con otros intérpretes y participó en numerosas grabaciones que contribuyeron a mantener viva la esencia del vallenato tradicional.

En la década de los noventa, Pacho también apareció vinculado al llamado Clan Vallenato, junto al cantante Alex Duarte. Aquella agrupación grabó producciones como Abriendo Puertas y posteriormente Clan Vallenato 96, demostrando que el acordeonista villanuevero tenía la capacidad de moverse con solvencia dentro de las nuevas corrientes comerciales sin perder su identidad.

Pero existe una razón mucho más poderosa por la cual Pacho Rivera se quedó en Villanueva: el amor. El corazón, que tantas veces ha sido protagonista de canciones vallenatas, también escribió su propia melodía en la vida del acordeonista. Pacho encontró en Maribeth Sierra Rodríguez a la mujer que terminó convirtiendo a Villanueva en su destino definitivo.

Y Maribeth no era una mujer cualquiera dentro de esa geografía musical. Pertenecía a una familia profundamente vinculada al folclor. Era hermana del inolvidable Tilo Sierra, uno de aquellos grandes guacharaqueros que supieron acompañar con precisión y sabor las mejores parrandas vallenatas; hermana también de Dairo Sierra, uno de los hombres vinculados a los orígenes y la historia del Cuna de Acordeones; de José Galo Sierra, compositor, y de “El Negro” Sierra, entre otros integrantes de una familia que ha dejado huellas en la cultura musical de Villanueva.

José Del Carmen Rivera Vásquez o como cariñosamente le llaman en Villanueva, ‘Pacho’ Rivera.
José Del Carmen Rivera Vásquez o como cariñosamente le llaman en Villanueva, ‘Pacho’ Rivera.

Así fue como el amor terminó haciendo lo que ningún contrato artístico podía conseguir: Pacho Rivera se quedó para siempre en Villanueva. La tierra que inicialmente pudo haber sido una estación más de su recorrido musical terminó convirtiéndose en su casa, en el lugar donde formó familia, cultivó amistades y encontró una comunidad que terminó adoptándolo como uno de los suyos.

Por eso resulta imposible hablar de Pacho Rivera sin hablar de Villanueva. Su acordeón se fue mezclando con los sonidos de la plaza, con las parrandas, con las fiestas patronales, con los festivales y con las conversaciones interminables de los juglares. Su música terminó formando parte del paisaje sonoro de una población que tiene el privilegio de haber producido una cantera prácticamente inagotable de acordeoneros.

Pacho también entendió que el verdadero legado de un músico no consiste únicamente en las canciones que graba, sino en los conocimientos que transmite. De allí su trabajo posterior con jóvenes y niños a través de espacios de formación musical. La Fundación Nuevo Horizonte fue una de esas iniciativas mediante las cuales buscó contribuir a que nuevas generaciones encontraran en la música una oportunidad y una forma de preservar nuestras tradiciones.

Y ahí está precisamente la grandeza de un maestro: cuando deja de pensar solamente en su propia gloria y comienza a preocuparse por quienes vienen detrás. Pacho Rivera pudo quedarse con sus triunfos, sus grabaciones y sus recuerdos, pero prefirió compartir experiencias. Cada consejo suyo puede convertirse en una semilla; cada anécdota, en una clase; cada melodía, en una lección de vallenato.

Villanueva, por su parte, le ha correspondido con cariño. En esta tierra donde los acordeones parecen formar parte del patrimonio espiritual de la comunidad, Pacho encontró el reconocimiento que solamente puede ofrecer un pueblo cuando considera a un artista como parte de su propia historia. No llegó simplemente a vivir a Villanueva: terminó convirtiéndose en villanuevero por adopción y por sentimiento.

Es hermoso pensar que detrás de cada acordeón hay una historia de vida. En el caso de Pacho Rivera hay una historia de perseverancia, de aprendizaje, de escenarios, de grabaciones, de triunfos y derrotas, pero también una historia de amor. Su acordeón encontró en Villanueva una segunda casa y su corazón encontró en Maribeth Sierra la razón definitiva para quedarse.

Por eso, cuando se escuchen nuevamente los cuatro aires del vallenato en la tarima Escolástico Romero, habrá que recordar que detrás de cada nota existe una generación de hombres que ayudaron a construir esta tradición. Pacho Rivera es uno de ellos. Su nombre pertenece a esa galería de músicos que hicieron del Cuna de Acordeones mucho más que un festival: lo convirtieron en una declaración de identidad.

Hoy, cuando las nuevas generaciones de acordeoneros buscan abrirse camino en medio de una industria musical transformada por la tecnología y las nuevas tendencias, la figura de Pacho Rivera adquiere todavía mayor importancia. Él representa la memoria de un vallenato en el que la técnica estaba al servicio del sentimiento y en el que cada interpretación debía llevar algo del alma de quien ejecutaba el acordeón.

Pacho Rivera, el rey del Cuna, no necesita que el tiempo lo corone nuevamente. Ya lo hizo la historia. Su verdadera corona está en las melodías grabadas, en los amigos que lo recuerdan, en los músicos que aprendieron de su experiencia, en su familia, en sus hijos músicos y, sobre todo, en ese pueblo que terminó convirtiéndose en su destino.

Porque hay acordeoneros que pasan por Villanueva, tocan, triunfan y se marchan. Y hay otros que llegan, encuentran el amor, forman una familia y terminan convirtiéndose en parte de la esencia del pueblo. Pacho Rivera pertenece a estos últimos. El amor lo atrapó en Maribeth Sierra, pero la música fue la que terminó amarrándolo para siempre a Villanueva.

Y mientras exista un acordeón sonando bajo la luna de la tierra del Cuna, mientras una parranda recuerde las viejas melodías y mientras las nuevas generaciones sigan preguntando quiénes fueron los grandes que construyeron nuestro vallenato, el nombre de Pacho Rivera seguirá sonando. Porque los verdaderos reyes no son solamente los que reciben una corona: son aquellos cuyas notas consiguen quedarse para siempre en la memoria de un pueblo.

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