
34. “Pero uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua”.
Juan 19.
Entre los que desconfían de la resurrección de Jesús, están los que desconfían también de su muerte. Ciertamente Jesús murió en la cruz, y fue sepultado. Los soldados romanos que estuvieron a cargo de su ejecución, llevaron a cabo el castigo de la cruz a la perfección. Los judíos pidieron corroborar la muerte de Jesús para pedir su cuerpo, y su muerte era tan evidente, que era innecesario que los soldados quebraran su pierna.
Uno de ellos abre el costado de Jesús, y todos los que están allí ven que sale sangre y agua. Todo esto fue registrado con detalles a fin de dar a conocer el cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento (Sal. 34:20; Zac. 12:10). El plan salvífico de Dios fue diseñado desde antes de la creación del mundo.
La muerte de Jesús fue en beneficio de toda la humanidad. Algunos discípulos de Jesús, eran pobres, menospreciados; mientras que otros, eran ricos y respetados por la sociedad. Hubo algunos que siguieron a Jesús activamente, pero otros, lo hacían ocultamente, por temor a lo que dirán los demás. José de Arimatea, quien pidió el cuerpo de Jesús, era miembro del a Sanedrín, al igual que Nicodemo, con quien sepultó al Señor, que era un líder de los judíos.

Habían seguido secretamente a Jesús, sin embargo, luego de su muerte, tuvieron el valor para dar a conocer su fe. No hay hombre, mujer, niños, ancianos, ricos o pobres que no se arrodillaran ante Jesús, quien cargó con la cruz a fin de salvar al hombre del pecado.
Todo lo que sucedió tras la muerte de Jesús nos demuestran que ocurrieron tal como Dios lo había planeado, bajo su perfecta providencia, para salvar a la humanidad. La injusta muerte de Jesús quien vivió con rectitud, predicando solo la verdad, fue la oportunidad de pasar al lugar de la fe, venciendo al miedo, para quienes lo seguían a escondidas.
Si conocemos a Jesús que nos renueva, saldremos a la luz y confesaremos que Él es el Salvador.
Dios les guarde.






