Edicion septiembre 2, 2026

Nando Marín, el hombre que convirtió la vida en canción

Nando Marín, el hombre que convirtió la vida en canción

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Columnista - Hernán Baquero Bracho
Columnista – Hernán Baquero Bracho
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Hoy, primero de septiembre, el calendario se viste de nostalgia para recordar el cumpleaños de un hombre que hizo de la música una prolongación de su propia existencia: Hernando “Nando” Marín Lacouture,el sanjuanero que engrandece a su tierra y al Festival Nacional de Compositores. Si estuviera entre nosotros, seguramente habría una guitarra buscando sus manos, un acordeón conversando con el viento y una parranda encendiendo la memoria de quienes tuvimos el privilegio de conocer su obra. Nando no solamente compuso canciones: convirtió la vida cotidiana en poesía y dejó en cada verso una fotografía del alma de su pueblo.

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Nando Marín fue un compositor de muchas estaciones. Su universo musical no cabía en una sola categoría porque su inspiración tenía la libertad de los pájaros. Fue costumbrista, romántico, protestador, burlón, campesino y parrandero. Su pluma podía pasar de la ternura de un amor juvenil a la sonrisa provocada por una ocurrencia, y de allí a la denuncia social. Era como un río de montaña: unas veces sereno y cristalino, otras veces impetuoso, pero siempre llevando consigo la memoria de su tierra.

Su grandeza estuvo precisamente en esa capacidad de mirar la existencia desde diferentes ventanas. Para Nando, una historia del pueblo podía convertirse en canción; un amor perdido podía transformarse en melodía; una injusticia podía encontrar refugio en una estrofa y una anécdota de vecinos podía terminar convertida en una pieza llena de picardía. Tenía el don de descubrir música donde los demás apenas veían acontecimientos cotidianos.

En esa inmensa geografía de su creación nació “Villanueva mía”, una de sus obras más emblemáticas y una verdadera declaración de amor a la tierra que lo vio crecer. La canción, solicitada por su hermano del alma, Juan Carlos Cao Mendoza, terminó convirtiéndose en mucho más que una composición: es una bandera sentimental de Villanueva y, con el paso de los años, en el himno folclórico del Festival Cuna de Acordeones.

“Villanueva mía” tiene algo de campana que repica desde la memoria. Cuando sus notas comienzan a sonar, Villanueva parece reconocerse en el espejo de su propia historia. Sus calles, sus casas, sus acordeones, sus compositores y sus gentes aparecen en la imaginación como un desfile de recuerdos. Nando logró lo que solamente consiguen los grandes creadores: convertir un territorio en sentimiento.

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Pero aquella canción no nació solamente de la inspiración de un compositor. Nació también de la fraternidad. Juan Carlos Cao Mendoza, su hermano del alma, fue quien le pidió que escribiera esa declaración musical a Villanueva. Y Nando respondió con la generosidad de quien conoce el lenguaje secreto de su tierra. Por eso “Villanueva mía” no es solamente una canción: es un abrazo prolongado entre dos amigos y entre un compositor y su pueblo.

Otro de sus hermanos del alma fue el compositor José “Casquita” Mazeneth, quien conserva como un tesoro la guitarra de Nando Marín. Ese instrumento, más que madera, cuerdas y clavijas, es una reliquia sentimental. En sus cuerdas quedaron suspendidos acordes, pensamientos, nostalgias y posiblemente algunos de aquellos versos que después emprendieron vuelo para convertirse en canciones.

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La guitarra de Nando es, de alguna manera, una pequeña máquina del tiempo. Basta imaginarla en las manos de su dueño para regresar a aquellas parrandas donde la noche parecía no tener final. Cada cuerda representa una página de su historia y cada rasgueo imaginario devuelve el eco de un hombre que entendió que la música también es una forma de conversar con la eternidad.

Como hombre de campo, Nando conoció de cerca la vida sencilla, el trabajo, los caminos polvorientos, las faenas y las conversaciones de los campesinos. De ese universo surgieron canciones como “Campesino parrandero” y “La Guareñita”, composiciones en las que aparece la autenticidad de quien no necesitaba inventarse un mundo para escribir: le bastaba con mirar alrededor.

En Nando Marín el campo no fue un paisaje decorativo; fue una escuela de sensibilidad. Allí aprendió que el amanecer tiene sonidos, que el silencio también cuenta historias y que una tarde guajira puede contener más poesía que una biblioteca entera. Por eso sus canciones costumbristas tienen aroma a tierra, a camino, a corral, a parranda y a conversación bajo la sombra de un árbol.

Pero también estuvo el Nando enamorado. El hombre que alguna vez sintió que el corazón podía convertirse en acordeón y que una mirada podía tener la fuerza de una canción. De esa etapa de su juventud quedó “El Mocoso”, una muestra de ese compositor romántico que convirtió sus propias experiencias y sentimientos en materia prima para la creación.

En su faceta burlona apareció otro Nando: el hombre de la sonrisa fácil, del ingenio rápido y de la capacidad para encontrarle el lado pintoresco a la vida. “La vecina de Chavita” pertenece a ese universo donde el humor se convierte en música y la cotidianidad termina retratada con una picardía que provoca sonrisa y complicidad.

Porque Nando entendía que el vallenato también nació para contar historias con gracia. La burla, cuando está acompañada de talento y sensibilidad, no destruye: retrata. Y él sabía hacerlo. Sus canciones burlonas eran como espejos traviesos en los que la sociedad podía reconocerse sin necesidad de solemnidades.

También hubo en su obra un compositor comprometido con las causas sociales. “Los maestros” es una muestra de esa faceta de canción protesta que dignificó la labor de los docentes. La inspiración estuvo ligada a su amistad con Caco Coronel, quien era docente, y desde esa cercanía Nando comprendió que enseñar es sembrar futuro, muchas veces sin recibir en vida la cosecha de aquello que se ha sembrado.

 En esa canción Nando levantó la voz por quienes levantan diariamente una tiza, un libro o una palabra para abrirles caminos a las nuevas generaciones. Su protesta no necesitó gritos: bastaron sus versos. Porque la verdadera canción protesta no es la que solamente acusa, sino la que consigue que una sociedad mire hacia quienes merecen reconocimiento.

Nando Marín también fue un compositor que llevó su talento más allá de las fronteras íntimas de la parranda. Su participación en el Festival de la Leyenda Vallenata con “Canta conmigo” demuestra que su creatividad tenía vocación de escenario. Allí estaba el compositor dispuesto a medir sus versos con otros creadores, llevando en su equipaje el orgullo de Villanueva y la fuerza de una tradición musical que nunca dejó de defender.

Y entonces aparece la dimensión más difícil de medir: sus cientos de composiciones. Son tantas las canciones, tantos los versos y tantas las historias que resulta imposible encerrar su producción en una sola página. Cada obra es una pieza del gran mosaico de su existencia. Algunas tienen nombre propio; otras permanecen en la memoria de quienes las escucharon en una parranda y las hicieron suyas.

Nando fue un cronista sin periódico y un historiador sin archivo. Su máquina de escribir fue la guitarra; su tinta, las cuerdas; y su periódico, la memoria colectiva. Allí quedaron registrados amores, personajes, costumbres, alegrías, tristezas, reclamos y ocurrencias. Por eso su obra tiene el valor de un documento vivo de una época y de una manera de entender el vallenato.

Su legado, afortunadamente, no terminó con su partida. La semilla que sembró continúa germinando en sus hijos, especialmente en *Deimer y Juan Pablo, quienes han recibido no solamente la sangre del compositor, sino también la responsabilidad hermosa de mantener encendida una tradición familiar. En ellos, Nando sigue conversando con las nuevas generaciones.

Un padre compositor no entrega únicamente canciones a sus hijos; entrega una manera de mirar el mundo. Deimer y Juan Pablo llevan consigo ese patrimonio intangible: la sensibilidad para escuchar una historia, la capacidad de convertirla en verso y el compromiso de conservar una herencia musical que pertenece a toda una región.

Hablar de Nando Marín es hablar de San Juan del Cesar y en especial de El Tablazo donde nació pero también de Villanueva, porque su obra tiene raíces profundas en esa tierra de compositores, acordeoneros y poetas. Villanueva no fue su lugar de nacimiento o de residencia: fue su musa permanente. La llevó en los ojos, en la guitarra, en las conversaciones y, sobre todo, en el corazón.

Su música es como un árbol frondoso sembrado en el patio de la memoria. Sus ramas alcanzan el costumbrismo, el romanticismo, la protesta y el humor; sus hojas son las canciones; sus frutos son las generaciones que todavía las cantan. Y mientras exista alguien que interprete una de sus composiciones, ese árbol seguirá dando sombra.

Hoy, en el día en que cumpliría años, la mejor manera de celebrarlo no es solamente recordar su fecha de nacimiento, sino volver a sus canciones. Escucharlas es abrir las ventanas de una casa antigua y permitir que entre nuevamente el viento de aquellos tiempos. Es sentir que los muertos no desaparecen completamente cuando dejan una obra capaz de sobrevivirlos.

Nando Marín Lacouture pertenece a esa estirpe de hombres que hicieron del vallenato una forma de contar la vida. Su legado no está solamente en los escenarios ni en los festivales; está en la memoria de los pueblos, en las guitarras que todavía guardan sus acordes, en las voces que entonan sus canciones y en sus hijos que continúan la ruta musical trazada por él.

Hoy, primero de septiembre, Villanueva debería escuchar su nombre como quien escucha una vieja canción en una tarde de nostalgia: con el corazón abierto y la memoria despierta. Feliz cumpleaños, Nando, allá donde seguramente las parrandas son eternas y las guitarras nunca se desafinan. Tu música sigue caminando por los caminos de La Guajira, como una brisa que nadie puede detener. Porque los grandes compositores mueren solamente en el calendario; en sus canciones, en cambio, aprenden el secreto de la eternidad.

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