
Si los grandes proyectos pueden proyectarse a treinta o cincuenta años, ¿por qué no proyectar también el futuro de las comunidades que habitan sus territorios?
Hay conversaciones que terminan cuando se cierra el teléfono y otras que se quedan dando vueltas en la cabeza. Hace unos días, una de esas conversaciones me llevó a una pregunta que considero inevitable: ¿quién está diseñando el futuro de La Guajira?
La pregunta surgió después de leer una reflexión sobre los pueblos indígenas y el capitalismo. Se decía que las comunidades indígenas mantienen formas económicas propias, que el progreso está necesariamente ligado al capitalismo y que, para participar en él, hay que aprender sus reglas, desarrollar espíritu empresarial y formar mano de obra capacitada.
Hay algo de razón en ello. La capacitación es necesaria. La formación empresarial es necesaria. Los jóvenes Wayuu necesitan acceder a educación superior, tecnología, conocimientos financieros y herramientas para competir en una economía que cambia rápidamente.
Pero hay una pregunta que casi nunca se formula: ¿Quién está planificando que los Wayuu puedan participar realmente de esa riqueza?
Porque mientras las grandes empresas imaginan una Guajira energética, llena de parques eólicos, líneas de transmisión y proyectos capaces de transformar durante décadas el mapa energético del país, yo quisiera que, en esos mismos escritorios, en esas mismas hojas de cálculo y en esos mismos planes de inversión apareciera otro capítulo:
el desarrollo de las comunidades que habitan esos territorios.
No como una compensación. No como una obligación adicional y no como una obra social para mostrar en un informe, como parte del proyecto.
La comunidad Wayuu no es una sociedad detenida en el tiempo ha cambiado y sigue cambiando, muchos jóvenes han salido de sus territorios para estudiar, hay profesionales Wayuu en diferentes campos, personas con capacidades y conocimientos que pueden aportar al desarrollo regional.
Pero también es cierto que buena parte de ese capital humano ha tenido que salir porque dentro de las propias comunidades no siempre existen las oportunidades para desarrollarlo.

Entonces resulta paradójico que, cuando llegan grandes proyectos, se diga que no hay suficiente mano de obra capacitada y que por eso es necesario traer trabajadores de otras regiones. La pregunta es: ¿y quién debía formar esa mano de obra?
Si un proyecto empresarial se proyecta para treinta o cincuenta años, ¿por qué no empezar desde hoy a formar a los jóvenes que trabajarán en él dentro de diez, quince o veinte años?
Si se necesitan técnicos, formemos técnicos. Si se necesitan ingenieros, demos becas para formar ingenieros. Si se necesitan administradores, preparemos administradores.
Si se necesitan empresarios, construyamos empresas locales. Si se necesita investigación, financiemos investigación en La Guajira. Eso sería planificación.
Y aquí aparece una propuesta que considero urgente: que los grandes proyectos que llegan al territorio incorporen dentro de su planificación una estrategia de formación y desarrollo de capital humano local, especialmente de las comunidades indígenas.
No se trata únicamente de capacitar para conseguir empleo, se trata de formar para participar en toda la cadena de valor. Que un joven Wayuu pueda ser empleado, sí, pero también proveedor, empresario, investigador, administrador, profesional y, por qué no, socio. Porque hay una diferencia enorme entre preparar a una comunidad para trabajar en un proyecto y prepararla para participar de la riqueza que ese proyecto produce.
Ese es el verdadero debate. La Guajira ha sido históricamente un territorio de enormes riquezas y profundas necesidades, hemos conocido el carbón, el gas y ahora vivimos el auge de las energías renovables y siempre aparece el mismo interrogante: ¿cómo es posible que un territorio tan rico continúe teniendo comunidades con tantas necesidades básicas?
No basta con decir que el problema es la falta de capacitación de la gente o que las regalías terminan perdiéndose en estructuras políticas. También debemos preguntarnos qué responsabilidad tienen quienes durante décadas han llegado al territorio a desarrollar grandes proyectos.
Porque el desarrollo no puede medirse solamente por lo que sale de La Guajira.También debería medirse por lo que queda.
¿Queda educación? ¿Queda conocimiento? ¿Quedan empresas? ¿Queda infraestructura?
¿Quedan profesionales? ¿Queda capacidad instalada? ¿Quedan oportunidades para los jóvenes? ¿Queda una comunidad más fuerte que antes?
Esa debería ser la nueva pregunta.
Pienso, por ejemplo, en Albania y en la transformación que la actividad minera produjo alrededor de este municipio. Con todas las discusiones, impactos y críticas que puedan existir alrededor de la explotación carbonífera, sería injusto negar que la presencia de Cerrejón estuvo asociada a procesos de transformación e infraestructura en el territorio.
Entonces pregunto: ¿Por qué los nuevos proyectos, que se presentan como proyectos futuristas y de larga duración, no pueden proyectar también un futuro de largo plazo para Uribia y para las comunidades Wayuu? ¿Por qué no pensar en una gran estrategia de becas para los jóvenes indígenas? ¿Por qué no fortalecer los colegios de las comunidades? ¿Por qué no crear centros de formación técnica relacionados con la transición energética? ¿Por qué no desarrollar programas para que los emprendimientos Wayuu puedan convertirse en proveedores de estas grandes empresas? ¿Por qué no construir mecanismos reales de participación económica?
Y hay una pregunta que me atrevo a plantear con mayor ambición: ¿Por qué no pensar en una universidad para La Guajira que fortalezca y articule el capital humano del departamento y responda a las necesidades del nuevo modelo económico que se está construyendo?

Si tenemos empresas capaces de proyectar inversiones multimillonarias durante décadas, también deberíamos ser capaces de imaginar una institución universitaria que forme a los profesionales que esa nueva economía necesitará.
No necesitamos que el mundo llegue a La Guajira únicamente a buscar nuestros recursos, necesitamos que llegue también a construir capacidades, porque los Wayuu no le tenemos miedo al cambio, nuestra historia demuestra precisamente lo contrario.
Hemos resistido, nos hemos adaptado y hemos incorporado transformaciones sin desaparecer culturalmente. Podemos aprender nuevas tecnologías, estudiar ingeniería, administrar empresas, participar en mercados nacionales e internacionales y desarrollar emprendimientos sin dejar de ser Wayuu.
La identidad no es enemiga del progreso, el problema aparece cuando se pretende que para progresar tengamos que abandonar nuestra identidad y adoptar completamente una visión externa del desarrollo. El verdadero desafío es construir un modelo que permita dialogar entre conocimiento ancestral y conocimiento contemporáneo. Y aquí también tenemos una responsabilidad como pueblos indígenas y como autoridades, nuestros gobernadores, alcaldes, diputados, congresistas y autoridades tradicionales deben cambiar también la manera de negociar. No podemos sentarnos únicamente a preguntar cuánto será la compensación. Tenemos que preguntar: ¿Qué van a construir con nosotros durante los próximos treinta años? Esta pregunta cambia completamente la conversación.
Porque una negociación verdaderamente equilibrada debería incluir desde el principio las necesidades de la comunidad: educación, agua, salud, conectividad, formación, empleo, emprendimiento, infraestructura, investigación y participación económica, debería quedar expresado en compromisos verificables, no basta con una fotografía de una donación, no basta con una obra aislada, o basta con un empleo temporal. El desarrollo necesita continuidad.
Por eso mi reflexión también está dirigida a los grandes empresarios que hoy miran hacia La Guajira como uno de los territorios energéticos más importantes del futuro. Sueñen con La Guajira, pero sueñen también con los guajiros.
Cuando calculen los megavatios que producirán, calculen también cuántos jóvenes podrán formar, Cuando proyecten las ganancias de sus proyectos, proyecten también cuánto capital humano quedará en el territorio, cuando calculen la vida útil de un parque eólico, calculen también qué comunidad quieren encontrar cuando ese proyecto cumpla treinta años.
Porque no sería justo construir un futuro energético extraordinario sobre un territorio donde sus habitantes continúen esperando el futuro. La transición energética no puede ser solamente energética, tiene que ser también educativa, Social, empresarial, tecnológica y humana.
La Guajira no necesita que le digan que debe aprender capitalismo para poder progresar. Necesita oportunidades reales para decidir cómo participar de la economía que está llegando a su territorio. Sí, tenemos que capacitarnos.
Sí, necesitamos fortalecer nuestro espíritu empresarial, sí, debemos aprender nuevas herramientas. Pero quienes llegan también tienen que aprender que el territorio no es únicamente un espacio físico donde se instala una infraestructura.
Es memoria, es cultura, es identidad, es comunidad. y para el pueblo Wayuu, es también una forma de vida, por eso esta no es una reflexión contra el desarrollo, es una reflexión a favor de un desarrollo diferente. Un desarrollo donde los grandes empresarios puedan cumplir sus sueños futuristas y las comunidades puedan construir los suyos, un desarrollo donde el indígena no sea visto solamente como beneficiario, empleado o propietario que debe ser compensado, sino como actor económico, empresario, profesional, socio y protagonista. Porque si el proyecto va a durar treinta años, pensemos qué comunidad queremos encontrar dentro de treinta años.
Si vamos a construir el futuro energético de Colombia desde La Guajira, construyamos también desde aquí el futuro de los guajiros.
No queremos que nos preparen solamente para trabajar en el futuro de otros.
Queremos estar preparados para construir nuestro propio futuro.
Y quizá esa sea la verdadera transición que La Guajira está esperando.






