
A mí no me ha dado tanto miedo las amenazas que he sufrido como lo que les voy a contar a continuación, ¡fue horrible!, todavía hoy me levanto en las noches gritando y todo sudoroso por aquella horrible experiencia. Lo repito… ¡Fue horrible!
Mi encuentro con una de ellas fue, para serles sincero, una experiencia casi aterradora. Iba yo tranquilamente en mi Toyota Sequoia 2026 (Renault toye), con el aire acondicionado a todo dar y la radio sintonizada en un alegre vallenato, disfrutando de la tarde veraniega maicaera. Me aproximaba a una esquina, iba en mi vía, pero ese instinto de viejo mi hizo pensar (sin más allá) que frenara antes de llegar a la esquina y me dispuse a hacer el alto correspondiente sin todavía saber el porqué. Fue entonces cuando, de la nada, como un espectro surgido del mismísimo averno, apareció Ella.
No, no era un ángel, ni un demonio, era una “Chica Ofero” en todo su esplendor. Con una melena al viento que desafiaba las leyes de la aerodinámica y una expresión de absoluta propiedad sobre el universo, se lanzó a toda velocidad y se voló la escuadra. Su moto eléctrica (que debía tener la potencia de un secador de pelo) parecía surcar el pavimento a una velocidad que, calculé después con terror, superaba los treinta kilómetros por hora. Pero lo más alucinante no era la velocidad, sino la naturalidad con la que lo hizo, no hubo un mínimo de duda, ni un destello de temor en sus ojos. Para ella, el aviso de “PARE” era tan invisible como el agua en el desierto de la Guajira. Se voló la escuadra con la gracia y la certeza de quien está en la sala de su casa, moviendo la cabeza al ritmo de la brisa y, probablemente, pensando en qué parte se iba a pintar las uñas más tarde.

El mundo se congeló por un segundo. Mi pie, que instintivamente buscó el freno a fondo, se convirtió en una estatua de mármol. Los conductores a mi alrededor, en un acto reflejo casi coreográfico, hicieron lo mismo. El rugido de los motores se apagaron y solo se escuchó el zumbido eléctrico de su nave espacial, burlón y desafiante. Ella, imperturbable, siguió su camino, esquivando por milímetros mi parachoques y el guardabarros del mototaxi que venía por la otra vía, como si estuviera jugando a la ruleta rusa con nosotros. Hasta tuvo tiempo de ajustar el espejo retrovisor mientras se perdía en el horizonte, dejando tras de sí una estela de polvo amarillento, ahora, vivo con resignación y la certeza de que en Maicao, las nuevas dueñas de la vía no piden permiso, toman lo que quieren y dejan el pelero.
Así son las Chicas Ofero, un fenómeno social que desafía el machismo, la lógica y cualquier código de tránsito conocido, convirtiendo cada viaje en una aventura única, donde los que debemos “parar” somos nosotros por instinto de preservación, los simples mortales que aún tenemos ese pavor de verlas salir de la nada y para colmo… sin frenar.






