
Durante siglos, en muchas sociedades patriarcales, fue socialmente aceptado que un hombre mantuviera relaciones simultáneas con varias mujeres. Más que una elección individual, era una expresión del orden social de la época. Los derechos civiles negados a las mujeres, la educación de la mujer orientada exclusivamente al hogar y al matrimonio, lo demandaban. La cultura misma le otorgaba valor. Posteriormente, en el imperio del machismo, encontraría pilar esta imposición social y familiar. En el caso de la cultura indígena wayuu, por ejemplo, resulta natural que un hombre pueda tener dos hermanas por mujeres.
En el territorio Guajiro, antaño, un hombre compartía de una a tres mujeres, dada su solvencia y responsabilidad. La principal, aun cuando no fuera la esposa, aceptaba y hasta cargaba con la crianza de alguno(s) hijo(s) del marido. El padre se encargaba de la unión y respeto entre los hermanos y de dejar claro que entre sus mujeres no hubiera peleas o desencuentros. Existía un código no escrito y unas jerarquías sustentadas en la provisión económica, el reconocimiento de los hijos y unas reglas explícitas o tácitas que regulaban la convivencia entre las distintas mujeres. Ese modelo hunde sus raíces en la Antigüedad. Basta recordar el episodio de Tercia Emilia narrado en De las mujeres ilustres, donde aparece la voz combaça para designar a la mujer que compartía el mismo marido. “…pagando la deuda del marido muerto a su combaça”.
La transformación comenzó con los profundos cambios sociales que vivió el Caribe durante las últimas décadas del siglo XX. La bonanza marimbera, el narcotráfico y la creciente autonomía femenina modificaron las antiguas reglas de convivencia.
El hombre en su poder de tenencia y solvencia económica veía a las jóvenes como mercancía. El “rebusque” —la compañera para un rato—se puso a la orden del día. Se cambiaba de mujer como de camisa. También, “la querida”, la que superando la denominación de rebusque consigue un lugar, un reconocimiento como pareja en el contexto de lo público. Algunas deslumbradas, enamoradas o anhelantes del estatus que su pretendiente o compañero le ofrecía, comenzaron a considerarse con derechos sobre su pareja, lo que derivó en rivalidades. Estas rivalidades, que no eran evidentes, anteriormente, por las líneas de juego bien establecidas, fueron construyendo sus propios escenarios. La Concubina, como categoría social —figura que ha acompañado numerosas culturas— abrió camino a la Cumbleza, como categoría afectiva y simbólica. “La otra”, “La rival” “la intrusa”. La que se inmiscuye o interpone en una relación —donde hay derechos jurídicamente reconocidos, o socialmente avalados—
La Biblia nos hace un guiño con la relación sostenida entre Abraham, el patriarca, Sara, su mujer y Agar, su esclava. De quien nace su primogénito. Allí asoma una de las primeras representaciones literarias de esa rivalidad.
Cuando la mujer, “la principal”, la que se asume y es reconocida como esposa, empieza a reivindicar la exclusividad de la relación y su condición de sujeto de derechos, la Cumbleza pasa de ser la coexistente, “la otra”, para convertirse en “la rival”. En tanto emerge la enemistad el término adquiere contenido y espesor tanto emocional como simbólico en el territorio Guajiro y del Caribe colombiano. En este contexto, la Cumbleza, ya no nombra únicamente una condición dentro de una relación poligínica.
La figura de la concubina, ya existía en el ámbito universal, la literatura lo retrata ampliamente. En un contexto cultural distinto, aparece La Cumbleza. La antigüedad del término sorprende.
La historia de la palabra resulta tan interesante como la historia que nombra. Mucho antes de instalarse en el habla cotidiana del Caribe, el vocablo ya circulaba en el español antiguo bajo la forma combaça. Aparece en la traducción castellana de De las mujeres ilustres de Boccaccio (1494) y vuelve a documentarse en La Coronación de Juan de Mena (edición de 1512). Siglos después, la Real Academia Española la registraría como Cumbleza en el diccionario. Pero el Caribe hizo algo que los diccionarios no pueden hacer: le imprimió una biografía emocional.
Por mucho tiempo la Cumbleza, con una fuerza connotativa diferente a la actual, fue parte del paisaje familiar. Durante siglos, la cultura occidental exaltó la resignación femenina como virtud. La sociedad creó un modelo de feminidad: la esposa sometida, paciente y abnegada, capaz incluso de tolerar la existencia de la otra mujer y de dispensarle protección. Un ideal moral que la literatura celebraba. No resulta extraño, entonces, que en muchas regiones del Caribe colombiano sobreviviera, hasta bien entrado el siglo XX, este modelo de mujer y madre. Una visión normalizada bajo un orden patriarcal.
Luego, la Cumbleza, designó un espejo diferente de la misma realidad. La palabra seguía siendo la misma, pero, cambió el mundo que la pronunciaba. Una prueba de que las palabras no solo conservan la memoria de una cultura: también revelan sus transformaciones históricas.
La mujer, en su generalidad, no solo, ya no estaba dispuesta a compartir, sino que rechaza de plano la agresión sentimental, la traición. Comenzó por primera vez a negarse como objeto y reclamar sus derechos como sujeto. Y he ahí, donde aparece la afrenta, el fastidio, la molestia, el ardor, “la rasquiñita”; cuando ya consciente de la noticia, ve a la fulana. Se la encuentra acompañada del hombre, que pensó suyo. O, el destino le ofrece la ocasión de tenerla al frente.

En este escenario son muy frecuentes los reclamos y peleas entre mujeres ante la mirada pasiva, indiferente o displicente del macho en cuestión.
El lugar no importa, la plaza, el mercado, el centro comercial, un bulevar o el espacio público. Ahí se ventilan todo tipo de asuntos, convirtiendo la situación en teatro callejero, en el cual los espectadores son parte activa del drama.
La perequera, inicia. O a veces una sátira da pie al rebote. La que se cree con más derechos, con los brazos en jarra, reclama. La otra responde al insulto y seguido vienen los agarrones. Se echan en cara lo sonsacadora. Porque el tipo es un “santo”. Entre jalones y mechoneos, a trompicones golpes van, golpes vienen.
El público se va arremolinando y como en un cuadrilátero animan a las luchadoras: ¡Despelúcala! Pégale su esgarnatá.
Si el hombre aparece en la escena, por demás, en temple y “ensopao” de sudor y se queda viendo el intercambio de golpes sin intervenir, con una sonrisita socarrona dibujada en la comisura de los labios, la mujer agraviada viendo que el marido no la defiende lo manda a la porra. En el desparpajo propio del costeño, tan hecho para el humor y la picardía, entre los espectadores salta el comentario: Está “jovachao”.
Si el objeto en disputa en un hombre chiquito: “¡Quién viera a este medio hombre, con dos mujeres! ¡Si no es más que un ripiñú!” La sentencia no falta: “Hay que atezarle las clavijas, porque la hizo boja”.
Sin embargo, aunque podría pensarse que este tipo de escenas son propias de gente de barriada, de bajo estatus social, educativo o económico, la realidad no distingue clases. Y aunque son cada vez menos frecuentes estos relatos, tal vez, porque la vida ha encontrado su cauce, su equilibrio, las redes sociales están llenas de noticias en videos donde dos mujeres se enfrentan a golpes e insultos por un hombre. Surgen preguntas: ¿qué permanece?, ¿qué cambió?
Permanece, quizá, la dependencia. Lo que desapareció fue el pacto silencioso que durante décadas reguló su existencia. Hoy el conflicto ya no permanece entre las paredes de la casa: sale a la calle, circula por las redes sociales y se convierte en espectáculo. Cambiaron las reglas, cambió el lugar del hombre y, sobre todo, cambió el lugar de la mujer. La palabra Cumbleza siguió siendo la misma. Cambió el mundo donde latía.






