
¿Quién mejor que un parque cuenta la historia silenciosa de una ciudad, revela su vida colectiva, retrata sus necesidades y configura la noción de espacio público?
Históricamente, los parques de Riohacha han respondido a las urgencias de cada época. Primero fueron plazas concebidas para el encuentro ciudadano, la contemplación y el diálogo de frente al mar. De allí surgieron las emblemáticas plaza Almirante Padilla y la Nicolás de Federmann, conocida esta última como parque de los Cañones. Más tarde, con el crecimiento urbano, aparecieron parques orientados al ocio, la recreación y la vida barrial, como el Simón Bolívar, Coquivacoa, Entre Ríos, San Rafael, Jorge Pérez y otros espacios que hoy se complementan con corredores lineales, zonas de juegos y áreas deportivas distribuidas por la ciudad.
Los parques son espacios que se transforman constantemente. En esta premisa han emergido variadas tipologías que representan formas distintas de pensar el parque. Las más populares se orientan a promover la cohesión social y apuntalar procesos socioambientales bajo el precepto de sustentabilidad urbana, con el objetivo de mejorar el bienestar social.
Adentrándonos en la sociología del espacio, es decir, en esa intersección donde los individuos y la sociedad intercambian significado como colectividad, se aprecia la influencia que ejerce el espacio en los individuos. Cómo las subjetividades de uso, nacidas de la experiencia urbana, y las relaciones de poder, producto de estas dinámicas sociales, establecen nexos entre el espacio material que es el parque y las prácticas que allí concurren. De este encuentro nacen las ideologías de pertenencia: quiénes usan y quiénes se apropian del parque como espacio público. El habitar concentra la adquisición de significado.
¿Cuál es mi percepción del parque? ¿Cómo lo concibo? ¿Qué representa para mí? Como plantea Henri Lefebvre, el espacio no es únicamente una realidad material, una construcción de cemento, bloques y algunos árboles. Es, sobre todo, una elaboración de sentido; por eso, su producción nace de la cotidianidad. Las ideas que suscita, las experiencias que despierta y los recuerdos a los que nos remite son los que permiten comprender cómo un parque puede conservar sus bancas, sus senderos y, sin embargo, haber perdido su sentido más profundo: la función para el cual fue creado.

Las formas como una sociedad se organiza termina definiendo las necesidades, los propósitos y las prácticas que dan sentido a sus espacios públicos. Es justamente por ese camino como comienza a desdibujarse la noción de bien común.
Aunque sea una decisión colectiva la configuración y reconfiguración del territorio urbano, es el modo en que se experimenta la vida urbana quien tiene la última palabra.
Al analizar los espacios urbanos en su contexto social y espacial, ha de precisarse que los parques urbanos son referentes de la vida social, política y cultural. Mas, ahora, los parques que son lugares para sentarse y conversar, han comenzado a convertirse en territorio de disputa por intereses particulares.
Tal como afirma Kurí Ramírez, los parques son lugares donde se alienta la vida pública y la interacción social para actividades recreativas, físicas y necesidades de ocio como la relación con la naturaleza, la contemplación estética y el escape del estrés cotidiano. En el parque también se piensa. Se busca el fortalecimiento de vínculos familiares y el sentido de pertenencia e identidad con el lugar.
En el contexto del territorio urbano, se entienden como espacios de representación y presencia social, hecho desde el cual se ponen de manifiesto las problemáticas de la ciudad y de la urbanidad.
Vivo a pocos metros del parque San Rafael, ubicado en la calle 17 entre carreras 7B y 8, esquina, y no he visto, corríjame si me equivoco, otro bien de uso común donde el distintivo principal sea transgredir el propósito para el cual fue creado: el disfrute de la comunidad.
Y por disfrute no se entiende, como a lo largo de los años lo han concebido algunos: hacer paseos de olla, donde lo que falta es el río; asados, o lugar de parrandas; espacio familiar para el consumo de licor o lugar de fiestas, individuales o grupales; zona particular para escuelas de música y danza o colegios, que no disponen áreas propias para sus prácticas culturales y artísticas, en la necesidad del servicio que comercialmente ofertan o convertir el parque en extensión de la casa.

Cada propietario contribuye, mediante sus impuestos, a sostener esos espacios. No pagamos únicamente por un jardín o unas bancas; financiamos una forma de convivencia. Cuando el parque pierde su vocación pública, también se devalúa la inversión colectiva que lo hizo posible.
Para lo que menos estamos utilizando este bien, es para VALORIZARNOS como sector. Ya que, al tomarlo, además, como vertedero de desechos sólidos domiciliarios, le restamos valor de uso. Apagamos la principal luz ambiental de nuestro sector.
Asimismo, al convertirlo en vía de circulación, siendo frecuente el tránsito y el estacionamiento de motocicletas y carretillas dentro del área de recreo y ocio, le quitamos importancia. Le robamos vida a nuestro sector y, con ello, a la ciudad.
Tener claridad que los parques nunca son obras terminadas, que se transforman al tiempo que la ciudad, la gente que la habita y la manera como conviven, da pie a que cada época produzca una idea distinta de parque y, con ella, una forma diferente de comprender el espacio público. No obstante, priman los mismos principios de interés y beneficio colectivo.
Confundimos con demasiada frecuencia lo común con aquello que carece de dueño. Pero lo público no pertenece a nadie precisamente porque pertenece a todos. No contempla el sentido de apropiación indebida, el uso cuestionable. Tampoco el dejar hacer y el dejar pasar. Su fuerza reside en ese delicado equilibrio entre el derecho de usarlo y el deber de conservarlo. Su correcta utilización es fundamental para garantizar el beneficio y disfrute por parte de la comunidad que lo comparte.
Así como este bien de uso colectivo, en Riohacha, los bulevares, esas zonas pensadas y construidas para la libertad del transeúnte, para el paseo de a pie y la movilización segura, se devalúan, al convertirlos en estacionamientos de vehículos o en zonas de comida, poniendo en riesgo el tránsito de las personas.
Una ciudad comienza a deteriorarse mucho antes de que se noten los síntomas o aparezcan las grietas en sus calles. Como un cáncer, la enfermedad empieza manifestarse en el mutismo y la indiferencia, cuando sus ciudadanos dejan de reconocerse en el espejo de los lugares que comparten. Allí donde el bien común no es una responsabilidad compartida, la ciudad pierde su cualidad de proyecto colectivo para convertirse apenas en una suma de intereses individuales. Y una ciudad que no cuida lo que es de todos termina por ser de nadie. Ahí, en ese punto quebradizo, se desvanece, verdaderamente, la posibilidad de habitarla.






