Edicion agosto 11, 2026

Roberth Ramírez, villanuevero fundador del Museo Villanueva Grande, un sueño hecho realidad

Roberth Ramírez, villanuevero fundador del Museo Villanueva Grande, un sueño hecho realidad

Comparte

Columnista - Hernán Baquero Bracho
Columnista – Hernán Baquero Bracho
Publicidad

Hay hombres que coleccionan objetos. Hay hombres que coleccionan recuerdos. Y hay hombres excepcionales que coleccionan la memoria de todo un pueblo. Roberth Ramírez Rodríguez pertenece a estos últimos. Su gran colección no cabe en una vitrina: está hecha de historias, sonidos, personajes, instrumentos y recuerdos que durante décadas construyeron la identidad de Villanueva Grande.

Publicidad

Lo que comenzó como una inquietud personal terminó convirtiéndose en una empresa cultural de dimensiones extraordinarias. Roberth tuvo un sueño que para muchos pudo parecer una quijotada: crear un museo que recogiera la memoria musical y cultural de Villanueva, El Molino, Urumita y La Jagua del Pilar.

Pero Roberth no es de los hombres que se sientan a esperar que los sueños se cumplan. Es de los que salen a buscarlos. Y así, con paciencia, perseverancia y una profunda devoción por su tierra, comenzó a darle forma al Museo Villanueva Grande.

El 21 de mayo de 2025 quedó como una fecha histórica en esta aventura. Ese día el sueño comenzó a dejar de ser solamente una ilusión para convertirse en una realidad tangible. Nacía un espacio destinado a conservar aquello que el tiempo, inevitablemente, intenta borrar.

Roberth Ramírez nació el 19 de septiembre de 1964. Desde el 7 de febrero de 1986 está vinculado laboralmente al Cerrejón, donde ha construido una trayectoria marcada por el trabajo y la responsabilidad. Pero detrás del trabajador había otro Roberth: el hombre enamorado de su pueblo, de sus raíces y de la música que escuchó desde niño.

Publicidad

Y fue precisamente ese segundo Roberth el que terminó imponiéndose. Porque hay pasiones que no se pueden jubilar. Hay amores por la tierra que no conocen horarios. Y hay sueños que, cuando nacen del corazón, terminan convirtiéndose en una obligación moral.

 ¿Qué encontramos en el Museo Villanueva Grande? Encontramos una respuesta a una pregunta fundamental: ¿de dónde venimos? Encontramos instrumentos que alguna vez estuvieron en manos de músicos, cajas que acompañaron parrandas, guacharacas que marcaron ritmos y acordeones que ayudaron a construir una tradición musical que trascendió fronteras.

Publicidad

 Encontramos también la memoria de una región. Porque Villanueva Grande no es solamente un nombre geográfico. Es una identidad cultural integrada por Villanueva, El Molino, Urumita y La Jagua del Pilar, pueblos que han aportado de manera extraordinaria a la historia de la música de acordeón.

Aquí el acordeón dejó de ser un instrumento para convertirse en lenguaje. Aquí los compositores hicieron de sus vivencias canciones. Aquí los juglares convirtieron las historias de sus pueblos en versos que todavía siguen viajando de generación en generación.

 Por eso el museo tiene una misión que va mucho más allá de exhibir objetos. Su verdadera misión es impedir que el olvido gane la batalla.

Ya han comenzado a llegar piezas de enorme valor sentimental e histórico. Acordeones, guacharacas y cajas empiezan a construir la colección de un museo que todavía está en sus primeros pasos, pero que tiene un horizonte enorme.

Allí están las cajas relacionadas con la dinastía de los Zuleta y con figuras como Chico Bolaños. Cada pieza tiene una historia detrás. Cada objeto puede convertirse en una conversación entre los vivos y quienes ya no están.

 También llegó una pieza relacionada con el inolvidable Egidio Cuadrado, gracias a la generosidad de su viuda. Su presencia dentro del museo representa un puente con una generación de músicos que logró llevar la música vallenata a escenarios nacionales e internacionales.

Y allí está también la trompeta de Reyes Torres, otro testimonio de una historia musical que no puede contarse únicamente desde el acordeón. La cultura de esta región es mucho más amplia, y el museo tiene la oportunidad de mostrar esa riqueza.

Roberth ha tenido además la fortuna de encontrar aliados que han entendido la trascendencia de su proyecto. El maestro Beto Murgas ha sido uno de sus principales orientadores y asesores, aportándole conocimiento y experiencia en la preservación de la memoria del acordeón.

También ha contado con el apoyo del folclorista y exalcalde Beto Barros, de Ricardo Gutiérrez Gutiérrez, director de Música Sin Fronteras, del exgobernador Luis Felipe Ovalle Isaza y del empresario Alfonso Chijo Orozco. Son nombres que han comprendido que la cultura necesita aliados para sobrevivir.

Roberth cuenta además con 25 reconocimientos que reflejan una vida de compromiso. Pero hay reconocimientos que se reciben en una placa y otros que los entrega la historia. Este último podría ser el más importante: que algún día se diga que fue él quien tuvo la visión de crear un lugar donde Villanueva Grande pudiera contemplarse a sí misma.

Hay que decirlo sin rodeos: lo de Roberth tiene algo de locura. Pero de esas locuras necesarias. Porque todos los grandes proyectos comienzan cuando alguien se atreve a imaginar lo que todavía no existe.

Tiene algo de Don Quijote, porque decidió enfrentarse a molinos mucho más grandes que sus propias fuerzas. Y tiene algo de Antonio Machado, porque entendió que el camino no estaba hecho: había que construirlo andando.

Cada donación es un paso. Cada instrumento recuperado es un triunfo. Cada historia conservada es una batalla ganada contra el olvido.

Por eso el Museo Villanueva Grande debe ser apoyado, fortalecido y proyectado. Las instituciones públicas, los empresarios, los músicos, los compositores, las familias y los ciudadanos tienen allí una oportunidad extraordinaria de aportar a la conservación de nuestra memoria.

Imagino el día en que un niño de Villanueva entre al museo y descubra frente a sus ojos un acordeón que perteneció a uno de sus ídolos. Imagino su pregunta: “¿Quién tocó este acordeón?”. Y entonces comenzará la magia, porque alguien tendrá que contarle la historia.

 Esa historia será mucho más que una anécdota. Será identidad. Será pertenencia. Será orgullo. Y quizás ese niño, años después, termine convirtiéndose en músico, investigador, compositor o historiador precisamente porque un día Roberth decidió guardar aquellos recuerdos.

 Por eso Roberth Ramírez Rodríguez merece ser reconocido como un verdadero emprendedor de la cultura y guardián de la memoria de Villanueva Grande. Su museo es una obra de amor. Una obra que nació en Villanueva, pero que pertenece a todos los que entendemos que un pueblo sin memoria corre el riesgo de perder su identidad.

Y cuando pasen los años, cuando Roberth ya no tenga que explicar qué soñó aquel 21 de mayo de 2025, cuando las salas estén llenas de instrumentos, fotografías, historias y visitantes, alguien seguramente preguntará quién comenzó aquella aventura. Entonces habrá que decirlo con orgullo: fue Roberth Ramírez Rodríguez, un villanuevero que trabajó durante décadas para construir su vida y que decidió dedicar parte de ella a construir la memoria de su pueblo. Fue un soñador que se atrevió a desafiar lo imposible. Un quijote sin armadura. Un caminante sin mapa. Un hombre que entendió que los pueblos no mueren cuando desaparecen sus hombres, sino cuando desaparecen sus recuerdos. Y él decidió que los recuerdos de Villanueva Grande no morirían.

Publicidad
guajiranews_bienestarfamiliar_jul2026_2

úLTIMAS NOTICIAS

Noticias Más Leídas

Publicidad