Edicion agosto 4, 2026

Prefiero un Tigre de rodillas que un Jaguar endemoniado

Prefiero un Tigre de rodillas que un Jaguar endemoniado

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Columnista - Hernán Baquero Bracho
Columnista – Hernán Baquero Bracho
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Hay presidentes que llegan a la Casa de Nariño con economistas, juristas y estadistas. Otros parecen llegar con una agenda donde nunca falta un gurú, un chamán o algún iluminado dispuesto a descifrar los misterios del universo.

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Gustavo Petro se declaró ateo. Es un derecho que nadie puede discutirle. Lo curioso es que, mientras decía no creer en Dios, el país terminó discutiendo más de rituales, energías y simbolismos que de reformas exitosas.

La contradicción es tan grande que ni el mismísimo García Márquez se habría atrevido a escribirla. Habrían dicho que exageraba.

Los colombianos esperaban un gobierno del cambio, pero por momentos parecía un gobierno del sahumerio.

La Casa de Nariño dejó de inspirar solemnidad para convertirse, en el imaginario de muchos, en un escenario donde el incienso parecía tener más protagonismo que los indicadores económicos.

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Mientras el dólar subía y bajaba, las dudas crecían y el país buscaba certezas, la conversación pública terminaba atrapada entre bastones ceremoniales, símbolos ancestrales y toda clase de interpretaciones.

No es pecado respetar las tradiciones espirituales de los pueblos. Lo que sí resulta peligroso es que la política termine pareciendo una competencia de misticismo.

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Los problemas de Colombia jamás se resolverán con humo aromático si primero no se despeja el humo de la improvisación.

Un país necesita ministros que lean informes, no adivinos que interpreten señales invisibles.

Los mercados no reaccionan a los conjuros. Reaccionan a la confianza.

Los inversionistas no consultan el tarot. Consultan las cifras.

Los desempleados no necesitan limpias espirituales. Necesitan oportunidades.

Los hospitales no se construyen con rezos ni con velas; se construyen con presupuesto, transparencia y buena administración.

La delincuencia tampoco le teme a los espíritus. Le teme a una justicia que funcione.

La ironía mayor consiste en que un presidente que se proclama enemigo del oscurantismo haya terminado rodeado de debates sobre asuntos esotéricos en lugar de resultados concretos.

La política deja de ser seria cuando la percepción ciudadana comienza a pensar que las decisiones importantes podrían depender más del ambiente que del análisis.

Por eso la frase cobra sentido: prefiero un tigre de rodillas que un jaguar endemoniado.

Porque un tigre de rodillas conserva su fuerza, pero reconoce límites.

Un jaguar fuera de control, en cambio, arrasa con todo lo que encuentra a su paso, incluso con el sentido común.

El poder sin autocrítica termina creyéndose infalible.

Y cuando un gobernante se convence de que siempre tiene la razón, ya no necesita contradictores: le basta con los aplausos.

La democracia necesita menos misticismo y más institucionalidad; menos símbolos para la fotografía y más soluciones para la realidad cotidiana.

Los colombianos no eligieron un espectáculo permanente. Eligieron un presidente para gobernar un país lleno de problemas urgentes.

Porque al final, ningún ritual reemplaza un buen gobierno, ningún amuleto corrige una mala decisión y ningún acto simbólico puede ocultar que la verdadera magia de un gobernante consiste en producir resultados. Por eso, entre un tigre que se arrodilla ante la prudencia y un jaguar dominado por sus propios impulsos, la historia siempre termina inclinándose por el primero.

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