Por: Hernán Baquero Bracho
Escribir sobre Rosendo Romero Ospino, uno de los más laureados compositores de la música vallenata y reconocido socio de SAYCO, es siempre un ejercicio placentero que despierta admiración. El mundo lo conoce como “El Poeta de Villanueva”, un creador que ha convertido sus vivencias, sus amores, sus nostalgias y la contemplación de la naturaleza en un universo de canciones inmortales.
Su obra musical guarda los más íntimos escondites del alma y los misterios del paisaje perijanero. Cada composición parece surgir de una conversación silenciosa con la Serranía del Perijá, escenario donde nacieron muchas de sus inspiraciones. No es casual que afirme con orgullo: “Los perijaleños somos más andinos que costeños; por estar en un departamento costero, somos vallenatos-andinos-costeños”.
Sin haber sido científico, Rosendo Romero retrató los fenómenos de la naturaleza con la sensibilidad de un poeta. Al igual que el inmortal Leandro Díaz, convirtió el viento, la lluvia, los árboles y las montañas en personajes de sus canciones, demostrando que la poesía también puede ser una forma de interpretar el universo.
Su formación comenzó en el Colegio Liceo Colombia de Villanueva, donde el educador Rafael Peñaloza López despertó en él el amor por la literatura y la poesía. Más tarde, en el Colegio Nacional Roque de Alba, su vocación artística terminó de consolidarse. El propio compositor recuerda esa etapa con una frase memorable: “En el Roque fui loco embriagado por el impulso infinito de las musas celestiales en el límite del verso incontinenti”.

El talento le viene por herencia. En sus raíces familiares aparecen su abuelo Rosendo Romero Ospino, su padre Escolástico Romero Villarreal y el legado de Juana Francisca Díaz Villarreal, madre del “Negro Alejo” y de Náfer Durán. Esa estirpe artística alimentó una inspiración que muy pronto encontró su propio camino.
Desde sus primeras composiciones dejó claro que la poesía sería el eje central de su obra. Entre sus primeros trabajos sobresalen “La custodia del Edén” y “La caída”, grabadas en 1972, influenciadas por dos gigantes del romanticismo vallenato: Gustavo Gutiérrez Cabello y Freddy Molina Daza.
En 1975 alcanzó uno de los momentos cumbre de su carrera con “Noches sin lucero”, inmortalizada inicialmente por Jorge Oñate y Colacho Mendoza y posteriormente por Diomedes Díaz e Iván Zuleta. Allí Rosendo demuestra que la muerte, la vida, el amor y la esperanza pueden convivir en una misma metáfora poética.
La sensibilidad social también aparece en su inspiración. “Mensaje de Navidad” es quizá el poema musical más hermoso dedicado al nacimiento del Niño Dios. En él expresa la alegría de la Navidad, pero también el dolor de aquellos niños que no pueden disfrutarla, convirtiendo la canción en un llamado permanente a la solidaridad.
Los versos de Rosendo Romero están impregnados de fe, esperanza y romanticismo. Es un poeta de tiempo completo. En cualquier circunstancia encuentra motivos para escribir, transformando sentimientos cotidianos en melodías que permanecen vivas a través de las generaciones.
Sus canciones constituyen auténticos poemas musicales. En ellas la métrica convive con la libertad creativa, mientras la nostalgia se convierte en un sello inconfundible que identifica buena parte de su producción artística.
Cada canción parece contener un universo propio. En ellas el sol, la luna, los ríos, las montañas, las flores y los amores perdidos adquieren vida gracias a un lenguaje sencillo, elegante y profundamente humano.
Obras como “Fantasía”, inmortalizada por Diomedes Díaz, resumen perfectamente su filosofía artística: un hombre que escribe versos sin perseguir la fama, sino obedeciendo únicamente a la inspiración de su corazón.

Su poesía jamás cae en el exceso. Es sobria, delicada, profunda y llena de imágenes que despiertan la imaginación del oyente sin perder la sencillez que caracteriza al auténtico folclor vallenato.
En canciones como “Cadenas”, interpretada magistralmente por Jorge Oñate, Rosendo revela las contradicciones del amor, mostrando cómo el hombre más libre puede terminar prisionero de sus propios sentimientos.
Su lenguaje está construido sobre metáforas limpias, comparaciones elegantes y símbolos que convierten cada composición en una pequeña obra literaria. Allí radica una de las principales razones por las cuales su repertorio continúa vigente.
Rosendo Romero no solamente es compositor; es un verdadero arquitecto del lenguaje poético dentro del vallenato. Su manejo del verso demuestra una extraordinaria sensibilidad literaria.
Una de sus mayores contribuciones al folclor colombiano es la creación de la Romanza Vallenata, una propuesta estética que enriqueció la estructura poética de este género musical y amplió sus horizontes creativos.
Su repertorio es inmenso. Además de “Noches sin lucero”, “Cadenas”, “Fantasía”, “Mensaje de Navidad” y “Romanza”, figuran obras memorables como “Mi poema”, “Canción para una amiga”, “Villanuevera”, “El amor es un cultivo”, “Despedida de verano”, “Las piedras del río”, “Luna de junio”, “Canto al amor”, “La Zenaida”, “Macumba Yambé”, “Cumbia José Barros” y “Entre tambores y flautas”, entre muchas otras.
Su versatilidad incluso lo llevó a conquistar el primer Festival de Música Ranchera de Villanueva, el 25 de junio de 2006, con la composición “Chaparral”, demostrando que su creatividad trasciende los límites del vallenato tradicional.

La obra de Rosendo Romero ha sido interpretada por los más grandes exponentes del vallenato, quienes encontraron en sus canciones una fuente inagotable de belleza poética y profundidad emocional.
Su legado trasciende las grabaciones. Sus composiciones forman parte del patrimonio cultural colombiano y continúan siendo estudiadas, interpretadas y admiradas por nuevas generaciones de compositores y músicos.
Villanueva encuentra en Rosendo Romero uno de sus hijos más ilustres. Su nombre ya hace parte de la historia grande del folclor colombiano y constituye motivo de orgullo para La Guajira y para toda la región Caribe.
La música vallenata ha tenido grandes compositores, pero pocos han logrado convertir el verso en una expresión tan refinada como Rosendo Romero Ospino, cuya inspiración parece surgir de un permanente diálogo entre la naturaleza y el alma humana.
Cada canción suya confirma que la poesía también puede cantarse y que el vallenato alcanza su máxima dimensión cuando la palabra adquiere la fuerza de la literatura.
Por todo ello, Rosendo Romero Ospino no es únicamente un extraordinario compositor ni un destacado socio de SAYCO. Es un creador que elevó el vallenato a la categoría de arte mayor y convirtió cada pentagrama en un poema destinado a vencer el paso del tiempo. Su nombre permanecerá para siempre entre los grandes maestros que engrandecieron el patrimonio musical de Colombia.






