
Contarán un día de una ciudad de historias que fue cruce antes de ser frontera. La que se fue perdiendo en los caminos polvorientos de la memoria. En la que sus calles, antaño gloriosas, perecieron ante el salitre del olvido. Igual sus casas, imponentes en su arquitectura y sueños guardados. No ocurrió de un día para otro: se fue soltando… como del árbol la brisa desprende las hojas. Primero los nombres, luego las paredes, los muros… y finalmente… quedan relatos como jirones.
Los Tres Infantes, La Reventazón, El Carmen (calle 10), La Platería, Los Almendros (calle 5), San Antonio (calle 9), La Libertad, el 14 de Mayo, la calle del Alambique (calle 8). Cada nombre abría una escena, una forma de convivir, una manera de decir la ciudad. Hoy, reducidas a nomenclaturas alfanuméricas, parecen haber ganado precisión, pero extraviado su voz, al costo de olvidarse.
También hubo muros, sostén de identidad. El Castillo de San Jorge, los Portales, la antigua cárcel frente al mar. Espacios que definían una imagen compartida. Su desaparición no dejó vacíos físicos: dejó huellas en sus silencios.
Aunque el pasado hable quedo, como contando secretos, la memoria no se da por vencida.

Se ha sostenido en los apellidos que aún circulan como ecos de otros mundos. Rutas, trayectos, mezclas: Ricciulli, Pugliese, Smith, Scot, Ruz, Van Grieke, Van Leenden, D’Zopola, Lallemand, Freigtac, D’Kon. Algunos nombres que llegaron con el comercio, con el mar, con la fiebre de las perlas, con la historia y que todavía se sostienen —en el silencio—de una ciudad abierta al tránsito y al intercambio.
Riohacha aún guarda sus contenidos, pero ha ido extraviando sus significantes.
La modernización, empujada por una lógica que consume lo irrepetible, ha ido difuminando algunas huellas materiales y simbólicas. Quedan de ciertos referentes que dieron forma a la ciudad: estructuras demolidas, espacios arrasados, silencios donde antes hubo identidad. Y, sin embargo, algo persiste. Persiste la presencia del tiempo sedimentado.
La arquitectura republicana, aún viva, en su lenguaje de piedra guarda algo más que técnica: guarda tiempo. Casas antiguas, aún en pie, que se erigen como archivos. En sus balcones, se cantaron formas de habitar.
La casa Lallemand Weber y la de Emilio Vence (construidas en 1900), la Fuentes Dann con su aire antillano, la de Vladimiro Pérez (construida en 1906), la de Juancho Pinedo (edificada en 1890), la de Luque Pinedo (construida en 1874) … todas ellas siguen sostenidas por ciertos espíritus que no las dejan desaparecer, perviven en la forma en que ocupan el espacio.

Porque los espacios dialogan. Aun aquellos que, en su desgaste o desaparición, siguen narrando la grandeza de un territorio.
Como el Teatro Argelia —ya ausente— y el Teatro Aurora, construido en 1938 e inaugurado en 1940 —vencido por el abandono—, que aún proyecta sombras de lo que fue. Quedan en sus anécdotas fragmentos de imágenes de un relato que se superpone a su existencia física. También la laguna salada, el mar abierto, el riito que serpentea en el espejo de esta ciudad que es arena y agua, contienen historias que no caben en los registros. Lugares que retratan la ciudad sin necesidad de nombrarla.
Y están los edificios que aún sostienen la narración: la Casa de la Aduana (construida entre 1910 y 1920), la Capilla de la Divina Pastora, el antiguo convento de los Capuchinos (construidos en 1913), el Palacio Municipal (construido para 1910), la Catedral de Nuestra Señora de los Remedios (construida entre 1815 y 1855). Espacios donde lo religioso, lo político y lo cotidiano se entrelazan, dejando marcas que el tiempo no logra destruir.

La Avenida Primera —calle del 14 de Mayo— guarda, como cicatriz luminosa, la vivencia de un hecho (14 de mayo 1663) que resuena en la tradición. Allí, la ciudad no solo transita: respira su pasado. Porque el espacio no es únicamente lugar. No es solo superficie. Es vínculo. Es memoria instalada. Placa donde se inscriben relaciones, intercambios, tensiones.
Y en esa relación —entre quien habita y lo habitado— se construyen la pertenencia, la identidad, la posibilidad misma de hallarse en lo que se mantiene.
La tradición, esa, no se borra fácilmente.
En el carnaval, en los embarradores, en ese gesto colectivo de cubrirse de barro para irrumpir en la ciudad, algo del pasado se actualiza. No como representación exacta, sino como persistencia simbólica.
El cuerpo recuerda lo que la ciudad olvida.






