
¿Por qué las personas se desplazan por las calzadas y omiten la aparente seguridad de los andenes? Para entenderlo, es preciso conocer esta práctica social que, por la hondura de sus raíces en Riohacha, no puede leerse únicamente como imprudencia o desorden. Obliga a mirar hacia atrás y revisar la percepción de ciudad que sus habitantes han ido construyendo lentamente: una ciudad proyectada como unidad, donde la calle, antes que vía reglamentada, fue durante mucho tiempo extensión natural de la casa y, con ello, lugar de juegos, tránsito libre, conversación y pertenencia.
Poco después de la década de los ochenta, Riohacha era todavía una ciudad de dimensiones contenidas. Tenía algo menos de veinte calles y veinte carreras, muchas de ellas sin calzada definida, sin andenes continuos ni bordillos, y mucho menos con espacios destinados al estacionamiento. El tránsito vehicular era escaso y apenas asomaba el transporte urbano de servicio público, representado entonces por unas cuantas busetas cuya permanencia fue breve. Todos estos elementos se sumaron al imaginario colectivo e hicieron de la vía un espacio propicio para el caminante. La calle pertenecía al de a pie porque casi nada la disputaba.
Riohacha conservó durante largo tiempo su estructura pueblerina y una mentalidad abierta, libre, desprevenida, donde las aceras no parecían necesarias. Tampoco existían presiones suficientes para exigirlas o construirlas. La Guajira, ubicada históricamente entre los últimos lugares en educación y pobreza, alejada de las normatividades y de los beneficios del centralismo, con escasa representación en los estamentos públicos, vio retardado su desarrollo. En medio de esas carencias, los riohacheros hicieron de las calles una prolongación de sus casas. En ellas, los niños corrían, jugaban a “La Lleva”, “la correa escondida”, “La Pelegrina”, “que pase el rey”, boliches, trompo y fútbol con bola de trapo. No faltaban los asiduos grupos de jugadores de dominó, cartas, dama, parqués y siglo. Algunos de esos rasgos tradicionales sobreviven en la cotidianidad de ciertos barrios.
La calle era también celebración. Los carnavales vestían de música, color y diversión los meses silenciosos de enero y febrero, y luego se enlazaban con la Cuaresma y con la celebración mística y religiosa de la Semana Santa. La ciudad se organizaba alrededor de sus fiestas, sus rituales, sus recorridos y sus encuentros. Vivir la calle era, en buena medida, vivir la comunidad.
Los estudiantes transitábamos largos trayectos para ir y venir de los colegios más respetados, aquellos que asumían la formación no solo desde la enseñanza académica, sino también desde la cívica y la urbanidad. La Inmaculada, La Divina Pastora —bajo la regencia de los sacerdotes capuchinos—, La Sagrada Familia, el Liceo Nacional Almirante Padilla y el Sarita de Luque, de carácter privado, hacían parte de ese mapa afectivo y educativo de la ciudad. También deben mencionarse la escuelita de la “Seño Cristina Celedón” y el colegio de “Enriquito Lallemand”, nombres que permanecen en la memoria de generaciones enteras.
Pero los valores inculcados por esa ciudad más pequeña, más reconocible, fueron transformándose con la llegada del progreso y del desarrollo, palabras que no siempre trajeron consigo bienestar ordenado. La ciudad abrió sus puertas a nuevas fuerzas económicas, sociales y culturales. Entre ellas, el narcotráfico, que dejó marcas profundas en lo socioeconómico, en lo político y en lo
simbólico. Riohacha, aquel villorrio situado en el punto más septentrional de Colombia, comenzó a ser conocido también por imágenes de violencia y muerte. Al mismo tiempo, se revelaba como territorio rico en minerales, aunque marcado por algunos de los índices de pobreza y subdesarrollo más altos del país. Luego sobrevino la presencia de la multinacional Cerrejón, y con ella otra manera de leer el territorio, sus riquezas y sus desigualdades.
En la memoria de la ciudad permanecen ciertas prácticas que fueron tejiendo una relación íntima con el espacio: contemplar las ruinas de la cárcel municipal; visitar la plaza Padilla y mirar la efigie del héroe en su pedestal; caminar por el muelle y esperar las embarcaciones que traían pescados de gran tamaño, pulpos, calamares y langostinos; andar hacia el Riíto para pescar, bañarse y compartir un sancocho familiar; buscar jaibas en el mar para llevarlas a casa y ponerlas sobre el fogón de brasas encendidas, entre chispas alegres y vivaces.

También hacía parte de las costumbres de fin de semana ir al “Patrón” a cazar tortolitas que, después de desplumadas, se atravesaban en una varita y se ponían al fuego. Así, la vida familiar fluía. Más tarde, con la modernidad, llegarían otras formas de prepararlas, incluso rellenas al horno. Visitar el mercado —hoy viejo mercado—, atravesar el round point y llegar al parque de La India eran prácticas habituales que marcaban recorridos, pertenencias y fronteras invisibles dentro de la vieja ciudad.
Estos espacios han sido, y siguen siendo, prácticas sociales: representaciones de ideologías, saberes y formas de apropiación del espacio que marcaron distancia entre el centro y la periferia. Durante mucho tiempo, pocos residentes del centro de la ciudad traspasaban el mercado. Hasta ahí llegaba Riohacha. Y para muchos habitantes de mentalidad antigua, para ciertos grupos “rancios” de la ciudad, todavía pareciera seguir siendo así.
El mercado viejo, en la actualidad, se levanta como una especie de monumento sin distingo de clases. Allí confluyen ricos y pobres en la oferta y la demanda de bienes. Es un espacio donde se cruzan necesidades, jerarquías, voces, oficios, olores, mercancías y recuerdos. Bajo su aparente desorganización se sostienen líneas de poder y de fuerza que atraviesan todo orden socioeconómico y todo desorden sociocultural.
En los ojos del pasado permanece también el “callejón del crimen”, nombre siniestro con el que se conoció a un pequeño sector del mercado viejo donde se concentraban bares y prostíbulos con sus “mujeres de la vida alegre”, frecuentados mayoritariamente por cachacos, y donde los asesinatos parecían sucederse a diario. Permanecen, además, las carboneras: zonas donde proliferaba la venta de carbón vegetal, usado en tiempos en que el gas propano no era de uso general y el gas natural aún no llegaba como servicio domiciliario. Algunas de esas ventas sobreviven en pequeña escala, como vestigios de una historia que se resiste a desaparecer por completo.
La calidad de vida de aquella Riohacha no se compadecía con el crecimiento que la ciudad alcanzaría después. Nuevas estructuras sociales fueron dando un giro a una sociedad que, al mismo tiempo, se negaba a ser desplazada, mezclada o confundida. El barrio Centro se consolidó como sinónimo de élite y distingo familiar. Aunque en lo estructural no siempre existieran diferencias profundas, permanecía un soterrado rechazo hacia la periferia. La ciudad se dividía no solo por calles, sino por imaginarios; no solo por distancias, sino por formas de nombrar y valorar a quienes la habitaban.
No hay proceso sin historia, como diría Lefebvre. Por eso es preciso descifrar los códigos que facilitan la comprensión del espacio y de sus transformaciones. La Riohacha urbana actual crece sin medida, ahora rumbo al sur. Nuevas masas y conglomerados sociales arrastran su propia fuerza, visible incluso en los comicios electorales. La ciudad se ensancha, se desplaza, se reconfigura. Con ese crecimiento aparecen otros espacios, otras prácticas y otras percepciones del espacio público, así como nuevas formas de construirlo, disputarlo y transformarlo.
En síntesis, es la existencia social la que da origen a las relaciones sociales, en tanto estas existen espacialmente. Son esas relaciones las que se proyectan sobre el espacio y, al mismo tiempo, lo producen. El espacio, entendido como trayecto o como lugar, genera sus propias contradicciones: provienen del tiempo, emergen de la historia y se multiplican en su propio reflejo. Algunas reducen su efecto; otras lo intensifican. Así, en lo contradictorio se adquieren nuevos sentidos, surgen otras designaciones y se anuncia otro modo de producción de la vida urbana.
Toda realidad es contradictoria. Riohacha también lo es. En sus calles conviven la memoria pueblerina y el crecimiento desbordado; la nostalgia del centro y la fuerza de la periferia; la calle como juego y la calle como peligro; el mercado como encuentro y como frontera; el progreso como promesa y como fractura. Por eso, comprender sus prácticas del espacio exige mirar más allá de la norma y del trazado urbano. Exige escuchar la historia que camina en sus esquinas, avenidas y bulevares: la ciudad que todavía recuerda con los pies, la comunidad que, aun en medio de un aparente caos, sigue escribiendo sobre el suelo su peculiar manera de existir.






