
(Negrindio)
El ciclista “Cochise” Rodríguez, gloria nacional del deporte, soltó alguna vez una verdad incómoda: “En Colombia se muere más la gente de envidia que de cáncer”. La frase retrata a la perfección ese vicio de sufrir por el bien ajeno.
El deporte favorito colombiano es criticar y destruir al otro con la lengua para ocultar la incapacidad propia o la falta de audacia para intentar lo que otros sí logran. Más que un asunto biológico, la envidia parece un mal cultural arraigado en nuestro ADN, que, como un virus silencioso, nos intoxica el alma y nos condena a la ruina.
El pueblo decidió en las urnas que Abelardo de la Espriella sea nuestro presidente y le otorgó el mandato de gobernar para todos, tanto para los que votamos por él, como para los que optaron por el disenso. La figura presidencial simboliza la unidad nacional, un mandato que exige actuar bajo la brújula del bien común. Terminada la contienda electoral, el camino responsable es rodear la institución y desearle el mejor de los éxitos, pues de su suerte depende el futuro del país.
No oculto mi tristeza, y me produce vergüenza y dolor ver cómo, tanto en primera como en segunda vuelta, el nuevo mandatario no obtuvo el respaldo de la costa Caribe, a diferencia del apoyo mayoritario que recibió de Antioquia, el centro y el oriente colombiano. Que Córdoba, su tierra, y el resto de los departamentos de la costa le hayan negado el apoyo a un hijo suyo, a un costeño, me genera una gran decepción. No estuvimos a la altura para sobreponer el interés de nuestra región por encima de cualquier diferencia política.
Córdoba, desde su creación, ha sido un departamento gobernado por las mismas familias. Hasta 1993, el poder político lo controlaban el senador conservador Amaury García Burgos (hoy casa burguista) y la familia liberal de los López (Mayorías Liberales). Ellos se turnaban la Gobernación, la Alcaldía de Montería y las curules en el Congreso, manteniendo un control absoluto donde nada se movía sin su bendición política. Eran, en sentido figurado, los dueños del departamento. Tras el homicidio del doctor Amaury García Burgos, las banderas las recogió su hija, Nora García Burgos (baronesa electoral), que hoy manda en la Alcaldía de la capital y tiene en el Senado a su hijo, Marcos Daniel Pineda Burgos, nieto del patriarca Amaury García Burgos.
La casa Burgos mantiene intacta su influencia, no así los López, que han ido perdiendo protagonismo. De 1990 hacia acá surgieron nuevos apellidos como los Jattin o los Nader, y al círculo de poder se colaron otras castas como los “Ñoños” Elías, los Besaile, los Bechara y los Calle. Todo el poder público y las influencias en Córdoba pasan por esos clanes familiares.

Abelardo de la Espriella no pertenece ni viene de la casta política tradicional en Córdoba. Su padre, Abelardo de la Espriella Juris, tampoco, a pesar de haber sido candidato a la gobernación en 1994 por el Nuevo Liberalismo, derrotado por Carlos Buelvas Aldana, el candidato de la coalición tradicional López-Burgos. Por eso el hoy presidente decía en campaña que él pertenecía a “los nunca”: los que nunca han gobernado, ni él ni su padre.
Córdoba, a pesar de tener el mayor número de senadores elegidos para el próximo periodo, no se unió en torno a de la Espriella. Tal vez —digo yo— porque ese círculo tradicional de poder no lo quería dejar entrar. Lo veían como un extraño que se les podía colar, alcanzar poder y relegarlos. Los celos, o quizás la envidia, los llevó a no apoyarlo decididamente para evitar que se convirtiera en una nueva fuerza política. No le hallo otra explicación a la actitud de la clase dirigente, principalmente la de su terruño. Yo, que soy de allá, sé lo difícil que es entrar a los aposentos y afectos de la clase política tradicional cordobesa.
Qué pena decirlo, pero nos comportamos con nuestro paisano como el Caín de la historia bíblica; no lo matamos, pero era la intención política. No se puede ser tan “mala leche” con otro costeño. No nos distinguió la hermandad de la tierra con quien tenía una oportunidad histórica para representarnos. ¡Qué egoístas, por no decir más! En nada nos parecemos a argentinos, mexicanos o brasileños, donde lo suyo siempre es lo primero.
Ahí están las cifras de la derrota en la Costa. En Córdoba me dolió más, con el agravante del aumento de más de 150 mil votos a favor de Cepeda en la segunda vuelta; y en Montería, igual situación. Ni hablar de Barranquilla, ciudad desagradecida que le debe su transformación al alcalde Áxl Char y no al gobierno de Petro, que le quitó los Juegos Panamericanos y la privó de una carrera de la Fórmula 1.
Definitivamente “nadie es profeta en su tierra”. Las castas políticas costeñas que no lo apoyaron tendrán ahora que ir a pedir audiencia en la Casa de Nariño.
Quedó demostrado que “costeño no vota costeño” y que si Antioquia resiste, Colombia se salva. Gracias a ese gran departamento —ellos sí nacionalistas— tenemos presidente costeño. Desde hoy, me declaro “costeantioqueño”.






