
Desde la candidatura de Evaristo Sourdís en 1970, el Caribe colombiano no había estado tan cerca de ver a uno de los suyos disputar con verdadera opción la Presidencia de la República. Han pasado más de cinco décadas de ilusión, de intentos fallidos y, sobre todo, de resignación. Hoy, ese ciclo parece romperse con Abelardo de La Espriella.
Durante años, la Región Caribe se acostumbró —o la acostumbraron— a mirar hacia afuera en busca de liderazgo. Se votó por otros, se respaldaron proyectos ajenos y, en ese proceso, muchas veces se postergó la confianza en lo propio. Mientras tanto, el Caribe siguió aportando cultura, riqueza y talento al país, sin recibir el protagonismo que merece en las grandes decisiones nacionales.
Pero algo distinto está ocurriendo. Se siente en las calles, en las caravanas, en la conversación cotidiana. Hay un orgullo renovado, una conciencia creciente de identidad y de pertenencia. No es solo una coyuntura electoral; es un despertar colectivo, una reafirmación de lo que somos y de lo que podemos llegar a ser como región.
El Caribe reúne más de 8,6 millones de ciudadanos habilitados para participar en las urnas este 21 de junio. Una cifra que, por sí sola, debería ser determinante. Sin embargo, la realidad insiste en recordarnos otra cara: desempleo cercano al 12,3%, informalidad por encima del 55%, y niveles de pobreza urbana que alcanzan hasta el 47,5% en algunas ciudades. A esto se suma un deterioro de la seguridad, marcado por economías ilegales, microtráfico y extorsión que afectan la cotidianidad. Las cifras no mienten. Y son alarmantes.

¿Cómo se explica que una región con semejante peso humano y económico siga atrapada en estos indicadores? La respuesta no está únicamente en el centro del país. Está también en las decisiones —o indecisiones— que se han tomado desde la propia región durante décadas. Porque el problema del Caribe no es solo lo que le han hecho, sino lo que ha permitido.
Hoy el ambiente es distinto. Se percibe en las calles, en el lenguaje, en la conversación pública. Ya no hay tanta resignación, sino incomodidad. Y esa incomodidad es peligrosa para el statu quo, porque obliga a pensar, cuestionar y —sobre todo— asumir responsabilidades.
El Caribe enfrenta un momento que no admite ambigüedades. No es una elección más. No es una coyuntura pasajera. Es una prueba de madurez política. O se rompe el ciclo de la dispersión y la falta de visión común, o se perpetúa la misma historia: la de una región determinante en lo simbólico, pero marginal en lo decisivo. Las regiones no son lo que dicen ser. Son lo que logran consolidar. Y el Caribe, hoy más que nunca, está frente a un espejo incómodo: su mayor desafío no está afuera, sino adentro. En su capacidad de actuar con criterio, con conciencia y con sentido histórico.
La historia no absuelve la indiferencia. Tampoco premia la pasividad. Este es un punto de inflexión. O defendemos nuestra voz y nuestro liderazgo, o aceptamos seguir siendo la región que pone presidentes, pero nunca elige uno propio. La decisión está en nuestras manos.






