Edicion junio 5, 2026

El maíz y el frijol, semillas ancestrales que dignifican tejidos culturales para lograr soberanía alimentaria desde los pueblos de América Latina

El maíz y el frijol, semillas ancestrales que dignifican tejidos culturales para lograr soberanía alimentaria desde los pueblos de América Latina
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Columnista - Yarlin Carolina Diaz Bonilla
Columnista – Yarlin Carolina Diaz Bonilla

Según la ONU, aproximadamente 673 millones de personas, que traduce el 8,2% de la población mundial sufrieron de hambre durante el último periodo evaluado, pero el hambre no es un problema de escasez, el mundo produce comida suficiente para todos, hablar hoy de los Objetivos de Desarrollo Sostenible no debería ser un ejercicio frío de cifras, indicadores y compromisos internacionales, debería ser, ante todo, una conversación cotidiana, entre esos objetivos, el ODS 2, Hambre Cero, toca una de las fibras más profundas de la dignidad humana; el derecho de cada ser humano a alimentarse de manera suficiente, nutritiva, culturalmente pertinente y sostenible. En América Latina, una región rica en biodiversidad y saberes agrícolas resulta doloroso que el hambre, la desnutrición y la inseguridad alimentaria sigan marcando la vida de millones de familias, especialmente en territorios rurales e indígenas.

Considero es un problema de acceso, de desigualdad y de indiferencia, y ahí es donde entra el humanismo; el programa delfín capitulo Colombia a través de la catedra de competencias interculturales para la ciudadanía global y su alianza con las universidades de 9 países; Mexico, Colombia, Costa Rica, Perú, Nicaragua, estados Unidos, Ecuador, Brasil y Panamá; viene desarrollando espacios académicos que abordan problemáticas comunes, gracias a la oportunidad brindada por la Corporación Unificada Nacional de Educación Superior (CUN) hago parte de esta maravillosa experiencia y junto a Yesina, Diana, Angela, Natalia, Deysi, Ana, María y Verónica; unidas por el destino, pero decididas, con ideales claros y apasionadas por la cultura, iniciamos un proyecto social enfocado en el ODS 2, con la asesoría de Keyla Castro se dio  paso a la investigación: nuestro propósito lograr seguridad alimentaria y promover bienestar; la pregunta! ¿el maíz y el frijol? dos granos que han alimentado nuestra historia, nuestra cultura y nuestra identidad; mucho antes de que existieran las fronteras.

Los informes regionales han advertido que, aunque se han mostrado algunos avances recientes, la región aún está lejos de cumplir plenamente el ODS 2. Persisten barreras estructurales como la pobreza, la desigualdad, la crisis climática, el alza en los precios de los alimentos y el abandono histórico del campo, a esto se suma una verdad incómoda, no basta con producir alimentos, también es necesario garantizar el acceso al agua, el cuidado del territorio y el respeto por los conocimientos ancestrales; por eso las huertas familiares, escolares y comunitarias tienen un valor que va mucho más allá de lo agrícola. Una huerta no es solo un espacio donde brotan verduras, granos o frutos; es también una escuela de autonomía, una pedagogía del cuidado y una forma concreta de reconstruir el tejido social, se siembra alimento, pero también memoria, cooperación y esperanza, en tiempos en los que muchas comunidades dependen de mercados inestables y costosos, las huertas representan una alternativa cercana para fortalecer la soberanía alimentaria, mejorar la nutrición y recuperar la relación respetuosa con la tierra.

En este punto, América Latina tiene mucho que aprender de sus pueblos indígenas, en diversas comunidades de México y Colombia persiste una visión del alimento no como mercancía aislada, sino como vínculo espiritual, cultural y comunitario; el maíz y el frijol, presentes en tantas cocinas y territorios del continente, no son simples semillas; son herencia, identidad y sustento, preservar estas semillas es defender la diversidad cultural de nuestros pueblos. En La Guajira, el pueblo Wayuu encarna con fuerza esa relación profunda entre territorio, alimento y dignidad; en medio de condiciones históricamente adversas, agravadas por la escasez de agua, la defensa de las semillas y de las prácticas agrícolas propias adquiere un sentido urgente. El maíz y el frijol pueden leerse no solo como cultivos nutritivos, sino como símbolos de resistencia y permanencia cultural, son semillas sagradas en la medida en que sostienen la vida, convocan la memoria de los mayores y afirman que la soberanía alimentaria también es el derecho de los pueblos a decidir qué siembran, qué comen y cómo cuidan su territorio.

La lucha por el alimento digno está íntimamente unida a la defensa de la cultura, del territorio y de la vida comunitaria, por eso, escuchar a estos pueblos no es un gesto folclórico; es una necesidad ética y política para imaginar un desarrollo verdaderamente sostenible. Si de verdad queremos cumplir los ODS, debemos dejar de pensar el desarrollo solo desde los escritorios y empezar a mirarlo desde las manos que siembran, el ODS 2 en América Latina no se alcanzará únicamente con políticas escritas, sino con comunidades fortalecidas, agua garantizada, agricultura sostenible, protección de las semillas nativas y respeto por los saberes ancestrales. Apostarle a una huerta, en una escuela, en una ranchería, en un barrio o en casa, puede parecer un gesto pequeño; sin embargo, en ese acto humilde hay una enorme declaración de humanidad.

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Sembrar alimentos es también sembrar justicia, cuando una comunidad protege su maíz, conserva su frijol y cultiva su huerta, no solo enfrenta el hambre; resguarda su memoria, fortalece su autonomía y defiende su derecho a decidir sobre su propio destino, por eso, la soberanía alimentaria no es un asunto menor, sino una expresión de dignidad, resistencia y transformación social.
Desde esa perspectiva, el proyecto de apropiación social Desierto maíz y frijol: una siembra que dignifica el tejido Cultural de Colombia y Mexico; trasciende datos estadísticos con el ODS 2, Hambre Cero, su valor radica en visibilizar un tejido intercultural que une a Colombia y México a través de saberes, prácticas y alimentos que sostienen la vida; el maíz y el frijol, más que cultivos, son herencia, identidad y una afirmación concreta de que la alimentación también es un derecho y un patrimonio compartido.

Para nuestros pueblos indígenas, el maíz no era comida; era vida, era el cuerpo del hombre según los mayas y el regalo de Bochica para los muiscas; el frijol, su compañero inseparable en la milpa, la tierra es más fuerte cuando se comparte, por eso, hablar del ODS 2: Hambre Cero desde el maíz y el frijol es hablar de nosotros, es recordar que la solución al hambre no está en inventar el futuro, sino en volver a valorar la sabiduría de nuestro pasado; en este camino también resiste el pueblo wayuu, para quien el maíz sigue siendo base de su alimentación y de su memoria, mientras el frijol kapeshuni, conocido como frijol guajiro, representa una herencia ancestral de adaptación, resiliencia y cuidado de la semilla en medio de las duras condiciones climáticas de La Guajira.

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Implementar las huertas comunitarias es promover bienestar, soberanía alimentaria que nace del territorio, del conocimiento ancestral y de la relación espiritual con la madre tierra, nuestra misión es visibilizar este proyecto, la tarea sembrar dignidad; con sentimiento Cultural y de pueblo mi opinión para ti.

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