Edicion junio 5, 2026

La podemos abrazar pero el Alzheimer nos robó a mi mamá

La podemos abrazar pero el Alzheimer nos robó a mi mamá
Publicidad

Comparte

La historia de una familia que aprendió a vivir entre el amor, el miedo y la tristeza de perder lentamente a quien más ama.

Columnista - Sandra Hernández
Columnista – Sandra Hernández

Nunca imaginé que una sola palabra pudiera cambiar la vida de una familia para siempre.

Alzheimer.

Cuando escuchamos ese diagnóstico, pensamos que entendía lo que significaba. Como muchas personas, creíamos que se trataba de olvidos, de confusiones ocasionales, de una enfermedad relacionada únicamente con la memoria.

Pensamos que sería difícil, pero manejable.
Estábamos equivocados.
Con el tiempo entendimos que el Alzheimer no es una enfermedad de la memoria.
Es una enfermedad que destruye personas.
Y también destruye familias.

Publicidad

Mi mamá era una mujer fuerte. De carácter firme. De esas mujeres que parecían capaces de resolver cualquier problema. Era luchadora, trabajadora, valiente. La clase de madre que se convierte en el pilar de un hogar, en el refugio al que todos acuden cuando la vida se pone difícil.

Por eso duele tanto verla ahora.
Porque el Alzheimer no solo le robó recuerdos.
Le fue robando poco a poco partes de sí misma.

Publicidad

Primero fueron pequeños olvidos.
Preguntas repetidas.
Conversaciones que desaparecían de su memoria minutos después de haber ocurrido.
Objetos perdidos.
Momentos de confusión.
Pensamos que podía ser estrés. Cansancio. Edad.
Pero la enfermedad ya había comenzado su trabajo silencioso.

Después llegaron pérdidas más profundas.
La enfermedad empezó a borrar habilidades que había construido durante toda una vida.
Se le olvidaba comer.
Se le olvidaba beber agua.
Se confundía dentro de su propia casa.
Olvidaba cómo realizar tareas cotidianas.
Necesitaba ayuda para actividades que antes hacía de manera automática.

Y entonces comprendimos una verdad devastadora: el Alzheimer no destruye únicamente recuerdos. Destruye capacidades.Destruye la autonomía.
Destruye la seguridad.
Destruye la identidad.
Destruye lentamente la esencia misma de una persona.

La mujer fuerte que siempre conocimos comenzó a parecer una niña vulnerable frente a la oscuridad.
A veces asustada.
A veces confundida.
A veces triste.
A veces atrapada en una realidad que solo ella parece comprender.

Hay días en que la observo y siento que está perdida en algún lugar al que no puedo llegar para rescatarla.
Y esa impotencia es una de las sensaciones más dolorosas que he experimentado en mi vida.
Porque el cuerpo sigue ahí.
La persona sigue respirando.
Sigue abriendo los ojos.
Sigue sentándose a nuestro lado.
Sigue tomando nuestras manos.
Pero cada día parece estar un poco más lejos.
Como si una parte de ella estuviera desapareciendo lentamente frente a nuestros ojos.

Gracias a Dios, en este camino hemos contado con excelentes profesionales. Buenos médicos y neurólogos que han acompañado a nuestra familia con humanidad y compromiso. En especial la doctora Naila Choles, y al igual que el doctor Carmelo Fuentes y un sinnúmero de profesionales cuya dedicación y apoyo han sido una guía importante en medio de tanta incertidumbre.

Pero incluso con los mejores médicos, con tratamientos adecuados y con una familia entregada por completo al cuidado del paciente, el Alzheimer sigue siendo una enfermedad implacable.

Y esa es una de las verdades más difíciles de aceptar.
Porque esta enfermedad no tiene que ver con cuánto amor recibe una persona.
No tiene que ver con cuánto se esfuerza una familia.
No tiene que ver con cuánto deseamos que mejore.
No tiene que ver con cuánto rezamos.
No tiene que ver con cuántas lágrimas derramamos.
Simplemente avanza.
Y verlo avanzar duele.
Duele todos los días.

También hemos aprendido que cualquier situación puede empeorar las cosas.
Una simple gripa.
Una infección.
Una fiebre.
Una noche difícil.
Algo que para cualquiera sería pasajero puede provocar un deterioro importante en una persona con Alzheimer.

Por eso vivir con esta enfermedad también significa vivir con miedo.
Miedo constante.
Miedo silencioso.
Miedo agotador.
Miedo a cada cambio.
Miedo a cada síntoma.
Miedo a cada mirada perdida en el vacío.
Miedo a cada silencio.
Miedo a cada respiración diferente.
Miedo a cada nueva confusión.
Miedo a despertar cada mañana sin saber qué parte de la persona que amas habrá desaparecido durante la noche.

La vida se convierte en una vigilancia permanente.
Uno aprende a observarlo todo.
Cada gesto.
Cada palabra.
Cada movimiento.
Cada reacción.
Porque cualquier detalle puede ser una señal de que la enfermedad continúa avanzando.
Y junto al miedo aparece otro sentimiento devastador: la sensación permanente de que nada es suficiente.

Das amor.
Y parece insuficiente.
Buscas los mejores médicos.
Y parece insuficiente.
Acompañas.
Proteges.
Alimentas.
Consuelas.
Rezas.
Te desgastas física y emocionalmente.
Y aun así la enfermedad sigue avanzando.
Entonces aparece una impotencia que duele hasta los huesos.
Porque entiendes que no se trata de falta de amor.
No se trata de falta de cuidado.
No se trata de abandono.
Simplemente estás enfrentando una enfermedad que no tiene compasión.
Una enfermedad que no se conmueve.
Una enfermedad que no negocia.
Una enfermedad que sigue su curso sin importar cuánto sufra una familia.

Pero quizás lo más devastador de todo sea el impacto emocional que deja en quienes aman al paciente.
Porque el Alzheimer no enferma únicamente a quien lo padece.
También hiere profundamente a toda la familia.

Hay hijos que lloramos a escondidas.
Hay nietos que no entienden por qué la abuela ya no recuerda sus nombres. Hay una pequeña bisnieta que no entiende porque esos olvidos y teme que su bisabuela se vaya al cielo.
Hay hermanas que intentan mostrarse fuertes unos frente a otros mientras por dentro se están derrumbando.
Hay familias enteras aprendiendo a convivir con un duelo que nunca termina.
Cada quien carga su tristeza en silencio.
Cada quien llora cuando nadie lo ve.
Porque delante del enfermo todos intentan sonreír.
Todos intentan transmitir tranquilidad.
Todos intentan aparentar fortaleza.
Pero cuando llega la noche y el silencio ocupa la casa, muchas lágrimas aparecen lejos de las miradas de los demás.

El Alzheimer obliga a despedirse lentamente de alguien que todavía sigue aquí.
Y esa contradicción rompe el alma.
Porque puedes abrazarla.
Puedes besar su frente.
Puedes tomar sus manos.
Puedes escuchar su voz.
Y al mismo tiempo sentir que partes de ella se están alejando para siempre.

Por eso escribo estas palabras.
No para despertar lástima.
No para buscar compasión.
Sino para que otras familias sepan que no están solas.
Porque hoy hay miles de hogares viviendo esta misma realidad.
Miles de hijos sintiendo este mismo dolor.
Miles de nietos intentando comprender lo incomprensible.
Miles de cuidadores agotados física y emocionalmente.
Miles de familias sosteniéndose unas a otras mientras enfrentan una enfermedad que parece no tener piedad.

Y a ti, mamá, quiero dedicarte un pequeño homenaje desde estas palabras.
Porque al final este texto no trata sobre el Alzheimer.
Trata sobre ti.
Sobre la mujer extraordinaria que nos dio la vida.

No sé cuánto de nosotros logra llegar hasta donde hoy te encuentras.
No sé si reconoces nuestras voces.
No sé si alcanzas a sentir cada abrazo.
No sé si detrás de esa mirada que a veces parece perdida todavía encuentras el camino hacia nosotros.

Pero hay una certeza que permanece intacta.

Gracias.
Gracias por la vida.
Gracias por los sacrificios.
Gracias por los desvelos.
Gracias por los abrazos.
Gracias por las enseñanzas.
Gracias por cada batalla que libraste para que nosotros pudiéramos tener una vida mejor.

Hoy somos nosotros quienes intentamos cuidarte con una pequeña parte del amor inmenso con el que tú nos cuidaste durante toda una vida.

El Alzheimer ha sido cruel.
Nos ha llenado de miedo.
Nos ha llenado de tristeza.
Nos ha obligado a verte partir lentamente sin que tu cuerpo se marche.
Pero existe algo que esta enfermedad jamás ha podido destruir.
Tu legado.
Porque sigues viviendo en todo lo bueno que sembraste.
En tus hijos.
En tus nietos. En tu bisnieta.
En nuestros valores.
En nuestra fortaleza.
En nuestra manera de amar.

Por eso este escrito no es una despedida.
Es un homenaje.
Es una carta de amor.
Es un abrazo convertido en palabras.
Es la manera de decirte que aquí seguimos.
Que aquí estaremos.
Tomándote la mano.
Acompañándote.
Amándote.
Hasta donde Dios nos permita caminar juntos.

Y aunque algún día olvides quiénes somos, nosotros jamás olvidaremos quién fuiste para nosotros.
Nuestro primer hogar.
Nuestra primera maestra.
Nuestra primera protectora.
El amor más grande que Dios puso en nuestras vidas.

El Alzheimer podrá borrar recuerdos, nombres y momentos.
Pero jamás podrá borrar tu huella de nuestras almas.
Jamás podrá arrancar la gratitud que sentimos por ti.
Jamás podrá destruir el amor inmenso que sembraste en nuestros corazones.
Y mientras ese amor exista, seguirás viviendo en nosotros.
Para siempre.

Publicidad

úLTIMAS NOTICIAS

Noticias Más Leídas

Publicidad