La elección que enfrenta el país es definitiva: o salvamos la institucionalidad democrática en las urnas o entregamos el porvenir de Colombia a un modelo comunista que solo ha dejado miseria y opresión.

(Negrindio)
Este domingo voto por Colombia, mi patria y único partido. Aquí está lo que más quiero: mi hogar, mi familia y el recuerdo de mis muertos; aquí también volverán mis cenizas. Quiero una Colombia libre, en paz y con una democracia plena que garantice una vida digna y un mejor futuro para nuestros hijos.
Aunque hay tres nombres sobre la mesa, solo dos disputarán la segunda vuelta. Si pudiera, dividiría mi voto entre Abelardo “El Tigre” de la Espriella y Paloma Valencia; ambos representan mis ideales de orden, seguridad, libertad, familia y propiedad privada. No voto por un partido, sino por la institucionalidad y el porvenir del país.
El peligro de la otra orilla
En la otra orilla está el candidato “progresista”, eufemismo con el que la izquierda se disfraza para engañar incautos. Es el heredero del régimen actual y de su fracasada “paz total”, una política aliada con la ilegalidad que desarma la moral de la fuerza pública y fortalece a los criminales para entregarles el Estado.
Eso está en juego el próximo domingo: o salvamos la democracia o entregamos el país al comunismo. Nos enfrentamos a un candidato adoctrinado en la Bulgaria de la Cortina de Hierro que pretende imponer un modelo político-económico comunista fracasado; un sistema que solo deja muerte, miseria y desplazados donde se implantó, como en Cuba, Venezuela y Nicaragua.
Cepeda es el mismo que recibió al guerrillero Jesús Santrich como a un héroe a su salida de la cárcel, abrazándolo frente a las cámaras. También es quien aparece señalado como colaborador de las FARC en los computadores de Raúl Reyes y el padre intelectual de la fracasada “Paz Total”, una estrategia gubernamental que ha cosechado más violencia que paz. Estamos ante un personaje solapado que rehúye el debate y no da la cara; un “sepulturero” —como bien lo bautizó el “Tino” Asprilla— que pretende enterrar nuestra democracia. Su vena antidemocrática es clara: ya anunció que, de llegar al poder, eliminará el Consejo de Estado, una de las cortes fundamentales para el control de los actos del gobierno.
¿Entregaremos el país a un aliado de las FARC y protector de criminales como Santrich, Reyes y alias “Iván Márquez”? Este personaje, admirador de Castro y Chávez, consolidará el comunismo para someter a la sociedad. Es un hombre peligroso, movido por el odio heredado por la muerte de su padre y una obsesión contra Álvaro Uribe Vélez, a quien busca destruir a cualquier costo.

Un voto de estricto pragmatismo
Muchos miran el tarjetón con apatía, cansados de las peleas políticas. A ellos les digo: esta vez el voto no es por simpatías, sino por estricto pragmatismo. No buscamos un candidato perfecto, sino frenar la amenaza que se cierne contra Colombia. Abstenerse o votar en blanco favorece al extremismo comunista que ya tiene sus votos amarrados. Si le preocupa el empleo, la seguridad o el futuro de su familia, su voto no puede quedarse guardado. Este domingo, votar es activar un seguro de vida para el país.
Ya pasó en Venezuela con Hugo Chávez y Nicolás Maduro, quienes impusieron el castrochavismo y arruinaron a una potencia petrolera que tenía el mayor nivel de vida per cápita de Latinoamérica. El socialismo destruyó la economía, se fue el capital extranjero, las fábricas cerraron y con ello vino el desempleo y la miseria.
¿Prefiere usted vivir en libertad o emigrar ante un gobierno que replicará el modelo comunista? ¿Quiere que nuestra patria pierda su democracia y caiga en una tiranía que controla vidas y castiga la protesta con la muerte? ¿Quiere para sus hijos el yugo absolutista y vivir de limosnas estatales como los CLAPS de Venezuela para mitigar el hambre, o prefiere —como yo— vivir en libertad bajo un Estado de derecho que nos proteja?

El espejo de la historia
Nuestro voto debe ser reflexivo, pensando en lo mejor para Colombia. Ese camino es la democracia: el único sistema que, pese a sus imperfecciones, es “el menos malo”, como decía Churchill, y el único que nos garantiza la vida y demás derechos fundamentales.
Es fácil perder la democracia al elegir mal, pero sumamente difícil recuperarla. Cuba lleva 67 años de dictadura; Venezuela, 27 años destrozada por el castrochavismo; Nicaragua, sometida por Ortega; Corea del Norte, con 78 años de totalitarismo: países que viven bajo la esclavitud de tiranías comunistas.
El voto es nuestra única defensa para no arriesgar la democracia. Elegir bien es un deber moral porque defendemos lo más valioso: la libertad. Salgamos a votar con la firme convicción de proteger el país y salvaguardar el mañana de nuestros hijos. ¡Sí a la libertad, jamás a la tiranía!
Vargas Llosa dijo: “Los pueblos a veces se equivocan y a menudo lo pagan caro”. Este domingo no te equivoques al votar para no pagarlo caro; recuerda que tu voto contra Cepeda salva a Colombia del comunismo.






