Edicion abril 27, 2026

La inteligencia artificial no dañó la escuela: reveló sus debilidades

La inteligencia artificial no dañó la escuela: reveló sus debilidades
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Columnista - Moisés David Daza Deluque
Columnista – Moisés David Daza Deluque

La inteligencia artificial dejó al descubierto un problema que la escuela arrastraba desde hace años: muchas tareas estaban orientadas más a obtener una nota que a construir conocimiento real. Si hoy un estudiante puede redactar un texto o resolver un ejercicio en pocos minutos con solo escribir un prompt, el problema no está en la tecnología, sino en evaluaciones débiles que, durante mucho tiempo, aceptaron como prueba suficiente trabajos hechos en casa, sin explicación ni socialización. Pero esta dificultad, a mi juicio, venía desde mucho antes de la aparición de esta tecnología, porque esas mismas tareas también podían ser realizadas por los padres, por un profesor particular o por cualquier persona con las capacidades necesarias para hacerlas. La cuestión de fondo ya no es si la inteligencia artificial transformó la escuela, sino por qué la escuela tardó tanto en reconocer que muchas de sus prácticas no estaban evaluando de verdad lo que decían evaluar.

Sin embargo, sería un error señalar la inteligencia artificial como una amenaza. En el campo educativo ya tiene una relevancia concreta y conviene defender su uso en tareas puntuales del proceso de enseñanza-aprendizaje. Puede apoyar la búsqueda inicial de información, ayudar a organizar ideas, ofrecer ejemplos contextualizados, proponer ejercicios de práctica, resumir materiales extensos, aclarar conceptos complejos y, para mí, lo más valioso: adaptar explicaciones a ritmos distintos y dar retroalimentaciones rápidas. Bien utilizada, no reemplaza el aprendizaje, pero sí puede fortalecer momentos específicos del trabajo académico.

La respuesta exige una transformación profunda del trabajo escolar. Es necesario devolverle a la escritura su lugar dentro del aula, allí donde el proceso puede ser observado, acompañado y corregido. Cuando el texto se produce en clase, el docente puede seguir el desarrollo de las ideas, intervenir en el momento oportuno y orientar la construcción del pensamiento. En esas condiciones, escribir deja de ser una tarea aislada enviada a distancia y se convierte en una práctica formativa, visible y compartida.

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Esta lógica no debería limitarse a las áreas de lenguaje o de ciencias sociales. Debe extenderse a todas las áreas del saber, incluidas las numéricas, porque también en matemáticas, física, estadística, por citar algunas, es necesario que el estudiante explique procedimientos, justifique decisiones, argumente resultados y haga visible su razonamiento. Comprender no consiste solo en llegar a una respuesta correcta, sino en poder dar cuenta del camino seguido para alcanzarla.

También es indispensable reconocer el valor de la conversación oral. Si se quiere saber si un estudiante comprende una idea, no basta con revisar el resultado escrito. Una conversación breve permite comprobar si puede explicar sus afirmaciones, sostenerlas con ejemplos, responder preguntas y reconocer los límites de su postura. Ese intercambio fortalece la reflexión, aclara el pensamiento y exige responsabilidad sobre lo que se dice.

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El rediseño de la evaluación también implica organizar el aprendizaje alrededor de preguntas relevantes y actividades con verdadero propósito. Las actividades más valiosas no son las que piden repetir información, sino las que obligan a analizar problemas reales y a construir respuestas propias. Cuando el trabajo escolar se orienta por preguntas auténticas y tareas significativas, los estudiantes dejan de cumplir instrucciones mecánicas y empiezan a comprometerse con problemas que requieren juicio, atención y creatividad.

La tarea de la educación no es prohibir toda herramienta de innovación ni aceptar cualquier recurso sin examen. Su responsabilidad es construir espacios donde el aprendizaje pueda palparse, explicarse y sostenerse con razones. Esa es la base de una escuela más honesta y de una formación intelectual más rigurosa. Solo así la inteligencia artificial podrá ocupar un lugar útil y valioso, pero siempre limitado, dentro de una educación que forme pensamiento crítico.

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