Entre la prisa por condenar y la sorpresa fingida, el debate sobre el presunto acoso y el llamado “peaje sexual” en Caracol Televisión pierde lo esencial: sin pruebas no hay culpables, y describir una realidad no es justificarla.

Con la franqueza que me caracteriza, suelo escribir lo que pienso. Hace poco publiqué en Facebook que el acoso sexual y el llamado “peaje” sexual para escalar en la vida son un fenómeno social que existe y que no podemos ocultar. Decir esa verdad no es justificarla ni aceptarla. No se puede tapar el sol con las manos.
Como era de esperarse, me llovieron rayos y centellas: comentarios a favor y en contra. Todos tienen derecho a opinar, faltaba más. Lo que no es aceptable es que algunos, en actitud de inquisidores morales, pretendan descalificarme como persona, como si reconocer una realidad equivaliera a respaldar lo ocurrido en Caracol Televisión. No. Simplemente hablé de un hecho que, guste o no, forma parte de nuestra sociedad.
El sexo también es poder. ¿Alguien puede negar que, en determinados contextos, se usa como “moneda de cambio” para abrirse camino? Basta mirar a Hollywood, donde no siempre el talento es el único factor que define quién llega y quién se queda en el intento. Hay actores con condiciones de sobra que nunca despegan, mientras otros —hombres y mujeres— logran oportunidades por vías distintas al mérito. Muchos “Óscar” se lograron con sexo.
No se trata de generalizar, sino de reconocer una realidad incómoda: en algunos entornos, el poder y el interés pueden distorsionar las reglas del juego. Y eso no ocurre solo en el cine. También se ve en la música, la política, la justicia, el deporte, la administración pública y la empresa privada. En cualquier ámbito donde uno puede dar y otro necesita recibir, ahí el sexo es un arma de poder.

Que en la justicia hay tráfico de sexo, sí. En el Congreso, también. En gobernaciones y alcaldías, igualmente. En empresas privadas, ni se diga. Es un hecho notorio.
Ahora bien, las personas gozan de libre albedrío: la capacidad de decidir qué aceptan y qué no. Habrá quienes rechacen propuestas indebidas y quienes, por distintas razones, las acepten. Todo depende del contexto, de las aspiraciones personales y, por supuesto, de la formación moral de cada quien. De todo hay en la viña del Señor.
Pero, una vez más, negar lo evidente es refugiarse en una ficción cómoda. En la vida real, muchas cosas tienen un costo, y no todo se rige exclusivamente por el mérito o por las reglas ideales que nos gustaría ver.
Y que no vengan entonces los discursos moralistas a negar lo que salta a la vista: hay casos —no todos, pero sí algunos— en los que personas han utilizado su imagen, su atractivo o su cercanía al poder como un medio para abrirse camino. Decirlo no es atacar a nadie en particular; es reconocer una dinámica que existe.
Primero, por una razón básica: aún no hay responsabilidades establecidas en el caso de Caracol que hoy genera escándalo. En un Estado de derecho, la condena mediática no puede reemplazar las pruebas ni los procesos. Convertir sospechas en sentencias es un atajo peligroso.
Segundo, porque se habla del tema como si fuera una anomalía reciente. No lo es. Estas dinámicas han existido —y siguen existiendo— en múltiples escenarios donde hay poder y aspiraciones de ascenso. Negarlo no es virtud; es desconocer la realidad.
Aquí es donde el debate se desordena: se confunde deliberadamente descripción con apología. Como si reconocer un fenómeno implicara defenderlo. No.

Se puede rechazar el abuso y, al mismo tiempo, aceptar que existen prácticas indebidas asociadas al ejercicio del poder. También se puede exigir investigaciones serias sin caer en el espectáculo del linchamiento.
El ruido actual mezcla dos errores: la prisa por condenar sin pruebas y la pretensión de sorpresa ante algo que la propia sociedad ha tolerado durante años en silencio. Mucha indignación, poca memoria.
Aceptar que algo ocurre no lo hace correcto; cuestionar a quien lo señala tampoco lo soluciona. Convertir opiniones en culpas dice más de quien acusa que de quien opina. Hay mucha hipocresía también.
Al final, para tener enemigos no hace falta declarar una guerra: basta con decir lo que se piensa.






