Edicion febrero 23, 2026

Cuando el daño deja de ser proporcional

Cuando el daño deja de ser proporcional
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Columnista - Gonzalo Raúl Gómez Soto
Columnista – Gonzalo Raúl Gómez Soto

Hay una creencia profundamente arraigada en nuestra forma de pensar sobre la relación entre la humanidad y nuestro planeta en lo que respecta a los impactos de nuestras acciones, que parece ser contingente, proporcional y, en última instancia, corregible. Que el daño avance paso a paso y, por lo tanto, siempre habrá tiempo para reaccionar. El problema es que los sistemas naturales no operan de esa manera.

Los procesos que sustentan la estabilidad de nuestro planeta —el clima, los ecosistemas, los ciclos del agua y los nutrientes— son sistemas complejos. Y los sistemas complejos no se deterioran de manera lineal, porque dependen de múltiples interacciones, retroalimentaciones internas y equilibrios dinámicos que no responden en proporción a las presiones externas. Pueden “absorber” perturbaciones durante largos períodos, parecer resilientes y luego, sin una señal proporcional, cambiar abruptamente a un estado diferente.

Este es uno de los problemas centrales más inquietantes del concepto de límites planetarios: no se describe un deterioro suave y reversible, sino la posibilidad de saltos repentinos a nuevos equilibrios menos favorables para la vida de la manera en que estamos acostumbrados en el planeta.

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Un ejemplo ayuda a entender esto. La actividad humana desde la Revolución Industrial ha liberado CO₂ a la atmósfera, resultando en el calentamiento global. Sin embargo, los océanos han funcionado como un amortiguador, han absorbido la mitad del CO₂ liberado, lo que les ha costado un aumento en la acidez del agua.

El ecosistema marino tiene la capacidad de adaptarse a los cambios en el ambiente, pero las condiciones que experimentan no son infinitas. Cuando los océanos sobrepasan ciertos niveles de acidez, los efectos tienen un impacto devastador. Los corales no forman estructuras, los moluscos no pueden calcificar, las tróficas colapsan, los ecosistemas colapsan. El cambio en la química del océano tiene un impacto biológico que ocurre de forma abrupta.

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El impacto describe un aumento abrupto en los ecosistemas que sobrepasan umbrales. Este patrón de comportamiento no lineal también se observa en otras dimensiones del sistema terrestre. Con esta última, la falta de linealidad de la respuesta describe la incidencia. Los ecosistemas pueden tolerar un aumento en el rango de condiciones hasta un límite; cuando se sobrepasan las condiciones límite, la respuesta describe una aceleración en el daño.

El aumento de la retroalimentación puede considerarse positivo en ciertos contextos y negativo en otros. Los distintos límites planetarios se refuerzan y no operan de forma aislada.

Si ocurren cambios en una dimensión, ocurren cambios en otras. El calentamiento global causa incendios forestales más intensos; los incendios forestales destruyen bosques; los bosques quemados dejan de capturar carbono; el carbono liberado acelera el calentamiento. El daño se encadena y amplifica dentro del sistema. El impacto total ya no es en estos contextos la suma de daños individuales, sino el resultado de su interacción. El problema, por lo tanto, no es solo cuánto daño se hace, sino cómo ese daño se propaga y amplifica dentro del sistema.

La tercera característica es la más decisiva: puntos de inflexión. Hay procesos naturales que, una vez alterados más allá de un cierto umbral, no se reinician incluso si se eliminan las presiones que los causaron. No es que sea difícil revertirlos; es que ya no es posible.

La selva amazónica ilustra esto bien. Su equilibrio depende de una masa crítica de bosque que recicla la humedad y sustenta las lluvias. Si la deforestación supera un cierto porcentaje, ese ciclo se rompe. El bosque restante comienza a secarse, incluso si no se corta. En ese punto, replantar no significa nada: sin lluvia, los árboles no sobrevivirán. El sistema cambia de estado.

Estos puntos de inflexión son particularmente preocupantes porque no están acompañados de señales claras y graduales.

No hay advertencia que lo haga cierto: “este es el último paso seguro”. El problema no es solo ecológico, también es epistemológico. No sabemos con precisión dónde están los umbrales, mientras todavía tengamos tiempo para evitarlos. Más a menudo de lo que quisiéramos, los umbrales se identifican cuando ya ha ocurrido un cambio de estado en el sistema, y ​​el espacio para revertir ese cambio se ha cerrado.

Por primera vez, la presión humana no es constante. La economía global sigue creciendo, el consumo de energía y materiales sigue expandiéndose, y año tras año el sistema recibe una carga mayor que antes. Nunca hemos tenido esta escalada de operación antes.

Debido a esto, la idea de “siempre habrá tiempo para hacer ajustes” se vuelve ilusoria. El riesgo no está en el daño que ya ha ocurrido, sino en el momento en que el sistema deja de responder como siempre lo ha hecho.

Esta es una aproximación de primer orden y no implica que veremos una catástrofe inmediata. Pero sí tenemos que abandonar la creencia profundamente arraigada de que no hay límites a cuánto podemos crecer como civilización. Los límites del planeta no son una metáfora alarmista.

Es una advertencia sobre cómo operan los sistemas que permiten nuestra propia estabilidad.

En la siguiente entrega, examinaremos qué sucede cuando estas dinámicas dejan de ser abstractas y comienzan a expresarse en números, territorios y transformaciones concretas de la vida material.

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