
Una amiga me escribió hace poco una frase que me dejó pensando durante días: “Las mujeres debemos conquistar el poder. Ya hemos estado mucho tiempo al mando de los hombres y no lo han hecho bien.”
La leí en un contexto particular. En medio de la actual campaña electoral, vemos a mujeres que deciden dar el paso hacia la política institucional: candidatas al Senado, a la Cámara y también liderazgos femeninos que proyectan su voz hacia la Presidencia de la República de Colombia. Mujeres que hoy se exponen, toman decisiones y disputan espacios de poder históricamente negados. Por eso, más que una provocación, entendí esa frase como una invitación urgente: preguntarnos qué tipo de poder queremos ejercer cuando llegamos a él y cómo lo habitamos, especialmente cuando se trata de conducir el rumbo de un país.
No se trata solo de ocupar cargos ni de cambiar nombres en las listas. Se trata de transformar la manera en que se lidera lo público, se toman decisiones y se ejerce la representación.
Hace poco participé en un programa de liderazgo femenino que me permitió poner palabras a muchas intuiciones que ya venía sintiendo. Aprendí que cuando la confianza falta, las conversaciones se vuelven tensas; pero cuando existe, las negociaciones se transforman en oportunidades para construir acuerdos. Liderar personas —en organizaciones, en comunidades o desde lo público— es negociar con propósito, aprender del error y recordar que el autocuidado también es parte de la gestión. Porque no hay liderazgo sostenible sin confianza.
Entendí también que escuchar va mucho más allá de oír. Escuchar es estar presente con la mente, el cuerpo y el corazón. Que liderar implica cuidarse, porque no se puede representar ni inspirar desde el desgaste permanente. Me hizo especial sentido la idea de la fuerza serena: esa manera de liderar sin imponer, sin gritar, sin polarizar, pero con la capacidad real de transformar.
En este proceso, varias mujeres inspiradoras dejaron enseñanzas que me acompañan y que hoy quiero compartir, especialmente con quienes están asumiendo responsabilidades políticas.
La primera, de María Fernanda Suárez Londoño: “Cuando uno se siente grandioso, es porque ya empezó el camino a la mediocridad.” Esta frase me recordó la importancia de no confundir poder con autosuficiencia. En escenarios políticos, donde la visibilidad y la validación externa pueden ser intensas, conservar la humildad es una forma de liderazgo. Creer que “ya se llegó” suele ser el primer paso para dejar de escuchar.

La segunda enseñanza fue esta: “Toda crisis es, en el fondo, una oportunidad para liderar con más claridad, empatía y determinación.” Una idea que me dejo y que también dejo a quienes hoy hacen campaña: las crisis no solo ponen a prueba; también permiten liderar desde lo humano y mostrar coherencia entre el discurso y la acción.
La conversación fue profunda, honesta y aún en proceso de digestión. Hablamos del liderazgo real, del valor de renunciar a tiempo, del propósito, de la maternidad en la vida profesional, del coraje que implica dirigir y de la fuerza que existe en mostrarnos humanas en espacios donde tradicionalmente se ha exigido dureza.
En ese punto apareció con claridad una tensión que rara vez se aborda de frente cuando se habla de mujeres y poder: el cuidado. Porque el cuidado no es un asunto exclusivo de las mujeres. También corresponde a los hombres que comparten su vida y a las redes que hacen posible que una mujer lidere sin cargar sola con todo. Sin embargo, cuando una mujer llega al poder, el juicio es inmediato: se evalúa si es buena madre, si está presente, si alcanza. La suficiencia femenina sigue siendo puesta en duda, mientras la masculina se asume por defecto. Cambiar esta lógica no es un asunto privado, es parte de transformar el poder mismo.
Sol Beatriz Arango Mesa nos dejó una idea que hoy cobra especial sentido: “Liderar es influir en una decisión”, acompañada de una frase que funciona como brújula en lo público: “No sé, pero aprendo.” Luz María Velásquez Zapata nos recordó que no hay liderazgo sin responsabilidad y que “liderar también es tomar decisiones.” Estas enseñanzas están dejando huella en mi forma de liderar, de actuar y de seguir aprendiendo. Y también quiero dejarlas aquí como una invitación abierta a las mujeres que hoy están en campaña, expuestas al juicio público y a decisiones complejas.
Porque en tiempos electorales —y más aún cuando mujeres empiezan a ser consideradas seriamente para liderar el país desde su máxima responsabilidad— vale la pena insistir en esto: no basta con llegar. Importa, y mucho, cómo se ejerce el poder una vez se tiene.
Tal vez de eso se trate realmente conquistar el poder: no de ocupar la Presidencia como un trofeo, sino de habitarla con conciencia, humanidad y responsabilidad. Porque las huellas más profundas no las dejan los cargos ni las campañas, sino la forma en que se cuida lo público que se nos confía.






