
Por años, la palabra “cero” en La Guajira fue un espejismo, una promesa técnica que se disolvía entre el polvo del desierto y el llanto silencioso de las rancherías. Para quienes llevamos más de una década recorriendo la Alta Guajira, denunciando ante estrados nacionales e internacionales que nuestros niños se morían de hambre frente a la indolencia de un país centralista, el número cero no es una cifra estadística: es el milagro de la voluntad política convertido en vida.
Hoy, con el corazón ensanchado y la voz firme, Astrid Caceres manifestó que lo que era un sueño, se convertía en una realidad, celebramos que, por primera vez en la historia reciente de nuestro departamento, las muertes de niños guajiros asociadas a la desnutrición han caído a cero este mes de enero del 2026. Es el destino planeado; es, sin lugar a dudas, el mayor logro social del gobierno de Gustavo Petro. Es la prueba fehaciente de que cuando el Estado decide que la vida es sagrada, las estructuras del olvido comienzan a derrumbarse.
Una lucha de diez años contra la indiferencia
Hace diez años, hablar de desnutrición en La Guajira era hablar de una tragedia aceptada con resignación estúpida. Recuerdo las jornadas extenuantes de líderes sociales y defensores incansables, como Javier Rojas y su asociación Shipia Wayuu, denunciando que el hambre no era un fenómeno natural, sino el resultado de una corrupción sistémica y una desconexión estatal criminal. En aquel entonces, las cifras eran lápidas, decenas de niños morían cada mes, enterrados en el anonimato de la arena, mientras los recursos para su alimentación terminaban en los bolsillos de los mismos políticos.

Denunciar fue un acto de resistencia y valentía. Fuimos señalados, estigmatizados y, en muchas ocasiones, ignorados. Pero persistimos porque sabíamos que cada niño que perdíamos era una herida abierta en la dignidad de nuestra nación. Ver hoy ese tablero estadístico en blanco, sin nuevas víctimas que lamentar, es la reivindicación de una lucha que muchos creyeron perdida ante un Dios que todo lo puede.
El engranaje de la esperanza: Un trabajo articulado
Este hito histórico no habría sido posible sin un cambio de paradigma en la ejecución de las políticas públicas. El gobierno de Gustavo Petro entendió que a La Guajira no se le ayuda con pañitos de agua tibia, sino con una intervención estructural y humana.
El ICBF, bajo esta nueva directriz, dejó de ser una entidad de oficina para convertirse en una fuerza de territorio. Sus equipos extramurales han llegado a los rincones más profundos de la península, identificando el riesgo antes de que se convierta en fatalidad. A esto se suma el compromiso renovado de las EPS, que finalmente comprendieron que su deber no es solo administrativo, sino vital, agilizando traslados y tratamientos que antes se perdían en la burocracia.

Es justo reconocer también el papel de las alcaldías locales, que han servido de puente necesario, y de las fundaciones, médicos como Abudi Dasuki han sido gladiadores del humanismo, han sido el termómetro real de las necesidades de nuestras comunidades. Los líderes sociales, que durante años fuimos los centinelas de esta tragedia, hoy somos los veedores de una esperanza que camina. Este resultado es la suma de muchos esfuerzos, pero sobre todo, es el resultado de una orden clara desde la Casa de Nariño: en La Guajira no se puede morir ni un niño más por causas evitables.
Lograr el “Cero” significa que hoy hay cientos de madres que no tienen que llorar sobre una tumba pequeña. Significa que el ciclo de la muerte por hambre se ha roto. Sin embargo, como líder social, sé que este logro es apenas el punto de partida. Mantener este número requiere que la inversión en agua potable, soberanía alimentaria y salud preventiva no se detenga.
El presidente Petro ha demostrado que se puede gobernar para los “nadies”, para aquellos que el mapa de Colombia solía ignorar. Este éxito rotundo silencia las críticas de quienes prefieren los indicadores macroeconómicos sobre la vida humana. No hay PIB, ni tasa de cambio, ni acuerdo comercial que valga más que la sonrisa de un niño Wayuu que hoy tiene la certeza de que llegará a la edad adulta sin pasar hambre.







